De cuando fuimos a por cañones y volvimos con babas de lobo

Avanzaba el último cuarto del siglo XVIII en el Reino de España, y Carlos III estaba frito: justo ahora, cuando más crítico resultaba el control de las fronteras y la expansión territorial, los cañones fabricados en Cantabria, con los que se equipaban todos los barcos de la marina española, reventaban como melones maduros.

Wolframio. Laboratorium Bergara Zientzia Museoa

El rey sabía que los mejores cañones del mundo se fabricaban en la Carron Company de Escocia, con una técnica innovadora de vaciado en hueco. Pero España y Gran Bretaña se habían pasado los últimos años (y todavía se pasarían una buena parte de los siguientes) a torta limpia por el control de los territorios en diferentes partes del mundo, así que pedirles cañones a los escoceses no parecía una opción viable.

Tampoco el Reino de España estaba muy puesto en las ciencias útiles: la Inquisición Española, enemiga acérrima de la Ilustración, campaba a sus anchas por el país, constituyendo una barrera al desarrollo de las matemáticas, la física, la química, las ciencias naturales y, en general, a cualquier conocimiento de vanguardia que le hubiera podido proporcionar al monarca alguna pista útil para solucionar el problema de sus cañones.

Pero Carlos III era un hombre de recursos. Contactó con Pedro González de Castejón, Secretario de la Marina y le encargó el desarrollo de un Plan de Espionaje Científico-Tecnológico por Europa, para conocer y traer a España la tecnología más moderna de fabricación de cañones. El Secretario llamó al bilbaíno José Vicente de Mazarredo, capitán de navío con el que había coincidido en Argel unos años antes, y le hizo un encargo curioso: encontrar un par de hombres vizcaínos, que fueran hábiles, instruidos, no vulgares, conocedores del hierro y del inglés, y capaces de introducirse en la Carron Company y traer a España el conocimiento necesario para fabricar los mejores cañones del mundo. Con esa petición, Mazarredo supo exactamente a dónde dirigirse: a la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País (RSBAP), la primera sociedad económica creada en España para fomentar las ciencias y las artes, y que tenía su sede en Azkoitia.

Para la RSBAP esta petición fue un golpe de suerte: podían proporcionarle al rey los hombres que necesitaba y, a cambio, obtendrían financiación de la Corona para crear dos cátedras nuevas en Química, y en Mineralogía y Metalurgia. Con el compromiso real de mantener la financiación al menos durante diez años más, la RSBAP pudo impulsar el Real Seminario de Bergara contratando profesores de la talla de Joseph Proust (química) ,François Chavaneau (química), Thunborg (mineralogía), Jerónimo Mas (matemáticas) o el propio Fausto Elhuyar, y montando uno de los laboratorios de química más avanzados de la Europa de la época.

A cambio, la RSBAP designó a Juan José Elhuyar y a Ignacio de Montalbo como espías (el segundo fue tan bueno que no queda ni una foto suya), y los envió a Europa con instrucciones muy secretas y muy claras: debían ir a París para activar contactos con otros ilustrados del continente y conocer los principales textos de metalurgia y de química; de allí pasarían a Alemania, donde se formarían en las mejores escuelas del mundo y aprenderían un alemán tan bueno como para hacerse pasar por alemanes cuando entraran en Escocia; luego viajarían a Austria, Hungría y Eslovaquia para conocer las mejores técnicas de metalurgia del continente, antes de pasar a Suecia, donde visitarían las fábricas y conocerían a los mejores químicos que entonces investigaban en Europa, y finalmente, con toda esa información, entrarían en Carron para espiar el proceso de fabricación de sus mejores cañones. Además, la comunicación con España sería continua y se haría en euskera para cifrar los mensajes y evitar que la información cayera en manos no deseadas.

La aventura tuvo un éxito más bien discreto. Cinco años después de que Ignacio y Juan José salieran de Bergara, la misión se suspendió. En 1783 murió el Secretario de la Marina, terminó la guerra y, para entonces, los cántabros ya habían hecho algunos progresos con los cañones españoles, así que la Corona consideró que la misión ya no tenía valor para el país. Sin embargo, a esas alturas, Ignacio había logrado llegar hasta Escocia, y Juan José había aprendido las técnicas más punteras de metalurgia y de química de la mano de los mejores científicos del mundo.

Cuando volvió a Bergara junto a su hermano Fausto, Juan José traía una idea en la cabeza que, a la postre, sería uno de los mayores descubrimientos científicos de la época: el aislamiento del elemento químico que denominaron wolframio, porque ese nombre “le corresponde mejor que el de tungsteno que pudiéramos darle en atención a haber sido la tungstene o piedra pesada la primaria materia de la que se ha sacado su cal por ser el volfram un mineral que se conocía mucho antes que la piedra pesada”.

El nombre (babas de lobo) procede de una leyenda medieval alemana, según la cual los mineros creían que el demonio habitaba en el fondo de la mina en forma de lobo, y que era el culpable de corromper con sus babas el estaño, corroyéndolo y dando como resultado la wolframita. Gracias a la RSBAP pudieron publicar su descubrimiento y darle repercusión internacional en su escrito: “Análisis químico del wolfram y examen de un nuevo metal que entra en su composición”, que rápidamente fue traducido al inglés y al alemán contribuyendo aún más a su difusión. A día de hoy el wolframio está considerado por la Comisión Europea como una materia prima crítica y es un mineral estratégico a nivel mundial; tiene los puntos de fusión y ebullición más altos de todos los metales conocidos y solo el diamante tiene una dureza mayor. Está presente en blindajes, en municiones, en las cabezas de los cohetes y en los teléfonos móviles, y su precio se dispara día a día.

Esta historia es un perfecto ejemplo de misión, doscientos años antes de la famosa misión Apolo que llevó el primer hombre a la Luna. Es un gran ejemplo de las externalidades positivas que se derivan de las misiones (nadie pensó en aislar el wolframio cuando planeaban ir a espiar a los escoceses) y contiene muchas de las claves de éxito que deberíamos tener en cuenta hoy, casi 250 años después para planificar nuestra política tecnológica.

Todos los agentes implicados en la historia entendieron que la solución a su problema pasaba por la ciencia y por la tecnología. Diseñaron un proyecto con unos objetivos y unos hitos perfectamente planificados (direccionalidad), con una gobernanza compleja y transversal que incluía agentes de dentro y de fuera del país, versados en disciplinas muy diferentes (conocimiento de idiomas, de física, de metalurgia, de química, hasta de técnicas de espionaje internacional), establecieron un sistema de comunicación y de difusión eficientísimo, y le dotaron de los mejores recursos materiales (laboratorios), personales y financieros (financiación a largo plazo garantizada).

Si estos días de vacaciones tenéis un ratito, os sugiero que os deis una vuelta por la Villa de Bergara. En el palacio Errekalde encontraréis el Laboratorium, que contiene una maravillosa colección de más de tres mil piezas, algunas de ellas verdaderas obras de arte, que ayudaron a impulsar la ciencia y la tecnología dentro y fuera de Euskadi. Si bajáis hacia la plaza del ayuntamiento, encontraréis el Real Seminario de Bergara, donde se formaron y dieron clase algunas de las mentes más brillantes de Europa. Y un poco más al sur, en la pastelería Larrañaga, os recomiendo probar un par de woframitos (wolfram goxoa) creados por el Basque Culinary Center.

Mientras paseáis por las calles de Bergara mordisqueando las virutas de chocolate, sintiendo la dulzura de las yemas y de la crema, y disfrutando de los palacios, de los escudos de armas y de la historia, recordad que entre esas piedras sigue vivo el secreto que nos permitirá avanzar en la creación de conocimiento, y que quedan todavía muchos retos donde Euskadi escribirá la historia con la tinta de las ciencias, de las letras y de la innovación.

Y un último consejo: si apreciáis en algo vuestra vida, por nada del mundo, jamás de los jamases oséis pronunciar la palabra prohibida (tungsteno) entre los muros de la villa que albergó el mayor descubrimiento de la ciencia vasca.

Nota: este artículo fue publicado en su origen en el Blog de Tecnalia

Lecciones del pasado para construir un país de futuro.

Vannebar Bush.

Durante la Segunda Guerra Mundial, el presidente Roosevelt dio luz verde a la creación de una oficina de investigación científica y tecnológica encargada de desarrollar soluciones que permitiera inclinar la balanza de la guerra hacia el lado de los Aliados. Puso en la dirección a un científico, Vannevar Bush, e hizo que la oficina dependiera directamente de presidencia, sin intermediarios. A pesar de las reticencias de los militares y de las críticas hacia los «investigadores de laboratorio», bajo la dirección de Bush se desarrolló el radar y proyectos como Manhattan, que, sin duda alguna, tuvieron un papel determinante en el desenlace de la guerra. Al finalizar esta y fallecer el presidente Roosevelt, Vannevar Bush escribió un informe para el nuevo presidente, Truman, explicando la importancia que tenía la ciencia y la tecnología en tiempos de paz para apoyar el crecimiento económico y para incrementar el bienestar de su país.

El informe de Vannevar se tituló «Science: the endless frontier» y aunque lo escribió también un mes de julio, pero de hace 74 años, muchos de sus consejos siguen siendo muy valiosos hoy, que estamos a las puertas de ver una Estrategia Española de Ciencia, Tecnología e Innovación 2021-2027. ¿Qué podemos aprender del pasado para construir el futuro de España?

Science can be effective in the national welfare only as a member of a team, whether the conditions be peace or war. But without scientific progress, no amount of achievement in other directions can ensure our health, prosperity and security as a nation in the modern world.

España es uno de los países europeos que más ha reducido su inversión en I+D en los últimos años, y por si fuera poco, de cada 2 euros presupuestados, 1 no se ejecuta. Hacer trampas con esto igual nos deja las cifras del déficit preciosas, pero en breve nos va a llevar a la precariedad y a la ruina. Si no asumimos esto, todo lo demás es papel mojado. La única forma de generar conocimiento que luego pueda ser la base de productos innovadores con la marca España es apostar por la I+D en serio, de forma continuada y sin hacernos trampas al solitario. Sin ciencia no hay futuro. Ninguno. Nunca.

In 1939 millions of people were employed in industries which did not even exist at the close of the last war (…). New manufacturing industries can be started and many older industries strengthened and expanded if we continue to apply new knowledge to practical purposes.

Las empresas no asumen el conocimiento por ciencia infusa. Necesitan capacidad de absorción y un entorno favorable donde puedan probar, equivocarse y volver a intentarlo sin que se les caiga el mundo encima. Cuando uno está pensando en pagar a tiempo las nóminas y las facturas de los proveedores, no tiene el cuerpo para experimentos. El esfuerzo empresarial en I+D en España cae sin parar desde el año 2008, con una inversión que no llega ni a la mitad de la media de UE-28 y un nivel de ejecución también muy por debajo de la media. Y además, las que se baten el cobre son las pequeñas, las que más arriesgan y las que más tienen que perder.

Para involucrar a las empresas españolas con la I+D es imprescindible activar políticas de demanda desde lo público. Instrumentos como la compra pública de soluciones innovadoras y cambios en el marco regulatorio que aseguren la protección de la propiedad, la agilidad de los trámites y la flexibilidad en la operativa de las PYMEs son algunas opciones que permitirán tener una demanda más receptiva al conocimiento científico-tecnológico y más dispuesta a seguir dejándose la piel para hacer país.

Government initiative and support for the development of newly discovered therapeutic materials and methods can reduce the time required to bring the benefits to the public.

Bush conocía muy bien el concepto de misión. Manhattan es una de las primeras misiones tal y como las conocemos hoy. España necesita definir respuestas a los grandes retos sociales que tendrá que enfrentar en los próximos años: envejecimiento, inmigración, cambio climático, protección del ecosistema marino, desigualdades sociales…y estas respuestas serán complejas, multidisciplinares y con multitud de agentes implicados. Las misiones son una oportunidad para España. Dotar de direccionalidad a la política de ciencia, tecnología e innovación permitirá además solucionar algunas de las debilidades estructurales del sistema de innovación español, creando espacios donde las empresas tengan que colaborar y donde los agentes del sistema de innovación trabajen conjuntamente.

The training of a scientists is a long and expensive process (…). There are talented individuals in every part of the population but with a few exceptions, those without the means of buying higher education go without it.

Un tercio de los trabajadores y trabajadoras en España tienen un nivel educativo bajo, y existen más personas con educación superior que puestos de trabajo que requieran de esas capacidades. Ambas ineficiencias apuntan a una polarización peligrosa del mercado laboral que, además, no será capaz de cubrir las necesidades reales ni de la oferta científica ni de la demanda empresarial. Para identificar las necesidades educativas – tecnológicas y no tecnológicas- y formar a los perfiles necesarios será necesario un trabajo en colaboración entre el sistema educativo, la formación profesional, la formación universitaria, los agentes de la oferta tecnológica y la empresa. Y esto, que parece tan obvio, implica un ejercicio de colaboración y de generosidad política importante y necesaria.

Después del repaso que nos ha dado el Índice Europeo de Innovación, tenemos una nueva oportunidad de oro para establecer una dirección clara, y seguirla. Y es que a veces, para encontrar respuestas a las preguntas del futuro, es bueno tener en cuenta las lecciones que aprendimos ayer.

Del índice regional de innovación a los proyectos de país.

– ¿Podrías decirme, por favor, qué camino tengo que seguir para salir de aquí?

– Eso depende del sitio a dónde quieras llegar -dijo el gato.

– No me importa el sitio -contestó Alicia.

– Entonces no importa mucho el camino que tomes -respondió el gato.

-…siempre que llegue a alguna parte -añadió Alicia a modo de explicación.

– Siempre llegarás a alguna parte si caminas lo suficiente.

(Alicia en el país de las maravillas. L. Carrol. 1865)

Los índices europeo y regional de innovación acaban de ver la luz. Estos indicadores son importantes porque sabemos que casi dos tercios del crecimiento económico de Europa en los últimos años pueden explicarse gracias a la innovación. Los resultados apuntan a que Europa mejora de manera visible su perfil innovador, hasta el punto de dejar atrás a los poderosos Estados Unidos, aunque sigue perdiendo posiciones frente a otros gigantes domo Japón, Corea del sur y China. Bajando la lupa hasta el nivel regional, el podium está en manos de Suiza, con dos de sus regiones -Zürich y Ticino- a la cabeza del ranking de innovación. En este punto encontramos la primera evidencia: Europa se mueve, y se mueve rápido; de las 238 regiones estudiadas, 159 han mejorado su perfil innovador en los últimos 10 años.

El País Vasco ha mejorado su perfil innovador un 8.8% desde los resultados de 2011, pero a pesar de todo, ha dejado de estar en grupo de las regiones fuertemente innovadoras para pasar al grupo de las moderadas. Aunque muchas y muchos ya lo estábamos avanzado desde que en la edición de 2017 nuestro país se situara en la frontera de las regiones por encima del 90% de la media europea (91.4%) , no por esperado deja de ser menos decepcionante. El 79.8% de esta edición no deja lugar a dudas: hemos abandonado las posiciones de cabeza en el índice para unirnos al pelotón.

Regional Innovation Scoreboard 2019. Source: European Commission.

¿Qué ha pasado?

El País Vasco cae de la posición 110 a la 132, arrastrado por las caídas en los indicadores de patentes, colaboración entre PYMEs innovadoras, productos y procesos innovadores, publicaciones público-privadas, inversión en I+D (privada y pública) y en el número de PYMEs innovadoras.

En relación a Europa tenemos debilidades claras en aplicación de diseños, patentes y marcas y en la generación de innovación en cualquiera de sus modalidades (proceso, producto, mercado y organización), así como en el número de PYMEs que innovan y en la inversión pública en I+D. Respecto a la edición anterior del indicador (RIS2017) hemos perdido posiciones en cuanto a publicaciones citadas, PYMEs innovadoras y colaboración entre PYMEs.

Estamos, eso sí, entre las mejores 40 regiones en cuanto a la cantidad de población con educación terciaria, en educación continua a lo largo de la vida y en venta de innovación como porcentaje del volumen de negocio de las PYMEs.

Perfil del País Vasco en relación a Europa (azul) y a España (naranja) en el RIS2019 y en el RIS2017. Fuente: Comisión Europea.

¿Es el índice regional de innovación el faro que debemos seguir?

Aunque los resultados acaban de salir, ya he comenzado a leer los «ya os lo dije» y los «esto se veía venir«. Pero es importante que antes de hablar, pensemos. Hay muchos y conocidos puntos de mejora en el perfil innovador del País Vasco, por lo tanto, está claro que tenemos margen de mejora y una responsabilidad con la ciudadanía actual y la futura. Sin embargo, los índices de innovación no tiene por qué marcar nuestra ruta. Si invirtiéramos un esfuerzo importante en formar a más personas, o incrementáramos de manera sustancial la inversión en I+D pública, mejoraríamos seguro nuestra posición dentro del ranking. Pero, ¿esto garantiza mejores resultados? No. No los garantiza en absoluto. Un incremento en los recursos no garantiza que mejoremos la productividad del sistema y que obtengamos más riqueza y más bienestar. Necesitamos mejorar nuestro nivel de eficiencia y de productividad; necesitamos mejorar el proceso de convertir los recursos en resultados, y esto no tiene un reflejo inmediato en el índice de innovación. Si convertimos el indicador en un objetivo final nos estamos equivocando. Los indicadores NO son objetivos finales. Son una señal de que caminamos, pero no son una garantía de que hemos elegido el buen camino.

Y ahora, ¿qué hacemos?

Lo que tenemos que hacer es elegir el camino. Como ya he comentado en ocasiones anteriores, definir una política de innovación orientada a los resultados y a la especialización inteligente es necesario pero no es suficiente. Es necesario definir una política orientada a impacto. Los grandes proyectos de país, liderados entre el gobierno y el sector empresarial serán los que nos impulsen en el camino de la competitividad. Los grandes proyectos de país serán los que nos lleven a una mayor colaboración entre empresas, a ser un país de producto propio, a salir de la carrera de ratas de los indicadores aislados.

Hace unos años, cuando los datos del informe PISA nos sacaron los colores, un amigo cercano que conoce muy bien el sistema vasco de innovación me dijo una frase que está resultando ser peligrosamente cercana a la verdad: «lo que nos ha pasado con la educación nos pasará en breve con la innovación. Es el resultado de querer vivir de las rentas«. Yo no me atrevo a decir que vivimos de las rentas porque eso sería despreciar el trabajo y el esfuerzo de las miles de personas que se esfuerzan día a día para construir país desde las empresas y desde el gobierno, pero sí que creo (y lo he dicho) que nos estamos durmiendo en los laureles, que estamos olvidando lo que fuimos y la responsabilidad que tenemos con el futuro. Como le pasa al Conejo Banco del cuento de Carrol, para mantener nuestras posiciones de bienestar y de calidad de vida, toca correr.

Construyendo el futuro de Euskadi: de las auzolanak a las misiones

En Amézaga de Zuya (Álava), los vecinos se reúnen al menos una vez al año para trabajar en tareas que tienen que ver con el pueblo: se desbrozan algunas zonas, se monta una parrilla detrás del txoko, se pintan paredes, se habilitan zonas de juego para niños y niñas.

A cambio de este esfuerzo no hay ningún tipo de compensación, más allá de disfrutar de la cercanía de los demás y de reforzar el orgullo de pertenecer al pueblo. En casa le llamamos a eso ir a la vereda. Es una tradición tan profundamente arraigada en la sociedad rural vasca que hasta tiene una palabra propia en euskera: auzolan (trabajo vecinal). 

Con los países pasa un poco como con los hijos, que a veces estás tan ocupada dándoles lo que tú no tuviste, que se te olvida darles todo lo bueno que tuviste. Estamos tan ocupados pensando en todo lo que tenemos que cambiar, que se nos olvida lo que tenemos que conservar. La sociedad vasca es una sociedad que lleva la colaboración en su ADN. No solo los auzolanak, también el modelo cooperativista es una parte importante de nuestra historia, y la política de clústers, que se implantó hace más de treinta años y sigue siendo un caso de éxito que se estudia en las mejores universidades del mundo.

Somos un país que sabe jugar en equipo, y estamos de suerte porque la colaboración es uno de los factores claves de éxito del futuro. Cuando Einstein presentó su teoría de la relatividad en 1916, la ciencia se hacía en grupos pequeños y poco conectados. La primera fotografía de un agujero negro tomada en el 2019, y que vino a confirmar esa teoría, se logró con el trabajo conjunto de investigadores de más de cuarenta países.

La ciencia y la tecnología ya no son actividades aislada. Europa lo sabe y por eso, ha apostado por una política orientada a misiones. Y eso es algo que, a nosotros en Euskadi, nos abre una ventana enorme de oportunidades. ¿Por qué? Porque llevar a Euskadi a un modelo energético sostenible, desarrollar soluciones para la movilidad eléctrica, mejorar la calidad de vida de la ciudadanía vasca, digitalizar nuestras empresas, o cambiar el modelo de utilización de los materiales en nuestros procesos productivos nos hará más innovadores, nos llevará a crear nuevas empresas con nuevos modelos de negocio, nos ayudará a crear nuevos y mejores trabajos, nos posicionará como proveedores globales de soluciones tecnológicas. En definitiva, nos hará más fuertes, nos hará mejores.

Además, las misiones son el nuevo contrato social. En una época de efervescencia científica y de negacionismo científico, las personas se emocionan contemplando la primera foto de un agujero negro, pero acuden a las redes sociales en busca de terapias alternativas contra el cáncer y se niegan a vacunar a sus hijos. Es más importante que nunca que todos y todas entendamos que la respuesta a lo que nos preocupa está en la ciencia. Cuanto más apoyo reciba la ciencia por parte de la sociedad, más probabilidades tendremos de sostener nuestras apuestas en el tiempo y de encontrar soluciones a los retos globales.

A veces hacemos autocrítica y decimos que en este país somos muy conservadores, que no somos curiosos, que no nos gusta el riesgo. Pero no es verdad. Somos el país de Fausto y Juan José Elhuyar, de Joaquín María de Eguía, de Manuel Ignacio de Altuna, de Xabier María de Munibe. Somos el país de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, del Real Seminario de Bergara. Somos el país que a principios de los años 80, con una industria hundida y dos terceras partes de los trabajadores sin formación fue capaz de diseñar e implantar una reconversión industrial que nos ha llevado a ser un foco de alta innovación con uno de los ratios más altos de Europa en población con formación superior. Hemos sido curiosos. Y audaces. Y sabemos asumir riesgos inteligentes.

Asumir riesgos inteligentes no implica no equivocarse nunca. Nos vamos a equivocar. Siempre se pone la misión Apolo como un ejemplo de éxito, pero al pensar en ella todo el mundo tiene en mente el Apolo 11, que fue la misión tripulada que aterrizó con éxito en la Luna.

En realidad, la primera misión del proyecto fue un terrible fracaso, que terminó con la vida de toda la tripulación y con una cápsula calcinada que nunca llegó a despegar. Hicieron falta veinte meses de investigación para entender los errores cometidos, y más de dos años de trabajo exhaustivo hasta que llegó el éxito. Equivocarse no es fracasar; fracasar es conformarse, no hacer nada. Fracasar es pensar que ya estamos bien y que es mejor no tocar nada.

Dentro de unos años habrá en Euskadi varios premios Nobel, nuestros investigadores habrán contribuido a entender mejor el Alzheimer, la depresión y el cáncer. Dentro de unos años las empresas vascas serán un centro de peregrinación de empresarios de todo el mundo que vendrán a estudiar nuestro modelo de industria 4.0. Dentro de unos años, nuestros hijos trabajarán en las mejores universidades y centros de investigación del mundo… y al salir se tomarán una cerveza en Pozas, en la Virgen Blanca o en la Parte Vieja de Donosti.

Y será gracias a que hoy sabemos quiénes fuimos, y a que no tenemos miedo de imaginar todo lo que podremos ser.

Nota: este artículo fue inicialmente publicado en el blog de TECNALIA.

Asamblea General de Innobasque 2019

Esta semana he tenido el enorme placer de formar parte de la mesa redonda que la Agencia Vasca de Innovación – Innobasque ha organizado para celebrar su Asamblea General anual. He compartido reflexiones sobre el futuro de Euskadi en un contexto marcado por la dualidad China – EEUU, con el profesor Rafael Yuste, de la Universidad de Columbia, con Lourdes Moreno, CEO de Bolueta Engineering y con José María Luzarraga, confundador de la Team Academy de Grupo Mondragon.

He publicado un pequeño artículo en el blog de Tecnalia con algunas de las ideas que compartí durante el evento. Mientras tanto, os dejo un resumen: