Hoy el diario económico Cinco Días publica mi artículo de opinión sobre la necesidad de impulsar en España una política industrial que sirva como punta de lanza para reforzar y mejorar la posición competitiva de todo el tejido productivo español.

Hoy el diario económico Cinco Días publica mi artículo de opinión sobre la necesidad de impulsar en España una política industrial que sirva como punta de lanza para reforzar y mejorar la posición competitiva de todo el tejido productivo español.

Hoy he tenido el placer de presentar el último policy paper que hemos elaborado en colaboración entre el Real Instituto Elcano y TECNALIA, con el objetivo de proponer razones de peso para apoyar el diseño y la implantación de una política industrial en España, siempre necesaria, y todavía más en la recta final de esta pandemia, que ha cambiado una parte importante de nuestra realidad.
El documento completo puede descargarse aquí
La primera y única vez que he usado un Prius fue hace seis años. Era un coche de flota de Tecnalia y me hacía una muchísima ilusión conducir ese monísimo híbrido automático. No cabía en mí. La ilusión me duró exactamente el tiempo de sentarme al volante: no sabía encenderlo, no encontraba las luces, no entendía los mandos y no tenía tiempo para leerme el enorme manual de instrucciones de la guantera. Durante el viaje estuve a punto de romperme los dientes varias veces hasta acostumbrarme a no tener embrague. Pero la vergüenza suprema vino a la vuelta, cuando paré para echar gasolina (sí, el maldito necesita gasolina, como todo hijo de vecino) y pasé tanto tiempo dando vueltas que, al final, tuvo que venir el de la gasolinera muerto de risa para enseñarme cómo abrir el depósito. No he vuelto a reservar un Prius nunca más, y cada vez que veo uno por la calle se me ponen los pelos de punta.

Desde hace varios meses, cuando hago una presentación sobre el concepto de políticas orientadas a misión (mission oriented policies) la subtitulo: “el diablo en los detalles”. Con las misiones pasa como con el Prius: son atractivas, sostenibles y glamourosas, pero no puedes conducirlas aplicando lo que has aprendido con tu viejo diésel. Las misiones están orientadas a dar soluciones a los grandes retos globales (Sustainable Development Goals); necesitan direccionalidad, intencionalidad y visión estratégica, y están estrechamente unidas a las Tecnologías Facilitadoras Esenciales (KETs) y a las Estrategias de Especialización Inteligente (Smart Specialisation Strategies-S3).
Las KETs son fundamentales para dar respuesta a los grandes retos globales porque nos permiten romper las fronteras actuales del conocimiento y facilitan la creación de nuevas soluciones. Las Estrategias de Especialización Inteligente por su parte, desvelan las fortalezas sobre las que podemos construir la respuesta y dotan a las regiones y a las ciudades de un papel relevante dentro de las políticas orientadas a misión. Las convierte en lugares que importan (places that matter), y constituyen en sí mismas un ejemplo interesante de lo que supone ser una política orientada a misión.
La implantación de las políticas orientadas a misión se encuentra siempre con dos barreras insalvables: la gobernanza y la participación social. Ambas, como la muerte y hacienda, son inexorables. La única forma de desarrollar una misión es hacerlo a través de un sistema coordinado de gobernanza múltiple horizontal y vertical. Las misiones, por su propia naturaleza requieren de la participación de numerosos agentes, sectores y tecnologías. Esto implica la necesidad de coordinar diferentes ministerios, agencias públicas, agentes financieros y agentes privados. Para desarrollar una política industrial basada en misiones no vale con el ministerio de industria, es necesario también pensar en qué tipo de energía moverá la industria, qué impacto tendrá sobre el cambio climático, cómo serán los empleos, de dónde se recaudarán los impuestos, qué venderán las nuevas empresas, qué tipo de formación se demandará. Y esto hay que replicarlo a todos los niveles: local, regional, nacional, e incluso supranacional. Para un responsable público esto es una pesadilla. Lo único bueno que puede decirse es que no hay forma de ejecutar una política orientada a misión sin un sistema de gobernanza integrado. Siguiendo el símil anterior, la gobernanza es como la muerte: no hay forma de eludirla.
El tema de la participación ciudadana se parece más a Hacienda. Que es inexorable, pero menos. Aunque la teoría nos dice que es imprescindible desarrollar las políticas orientadas a misión con la participación de la sociedad, son anecdóticos los casos en los que esto se hace de una forma rigurosa. En el estudio realizado hace dos años para la Comisión Europea, en el que participó el equipo de Políticas de Innovación de Tecnalia, analizamos cientos de casos de misiones sin apenas encontrar ejemplos de participación ciudadana. Participación ciudadana no es hacer encuestas preguntando a la gente qué opina sobre el cambio climático, ni tampoco hacer documentales o contar noticias en el telediario de la noche. El objetivo es buscar la involucración de la ciudadanía de una forma mucho más estrecha, que participen de forma activa en el ciclo de diseño e implantación de las políticas públicas. Y entonces surgen las preguntas inevitables ¿Qué es ciudadanía? ¿Cualquier persona puede opinar sobre cualquier tema? ¿Qué criterios debería cumplir un/a ciudadano/a para considerar que su opinión es válida? ¿Y quién decide esos criterios? Ya veis que el tema se complica.
¿Cuál es el riesgo? Que podemos hacer trampas y saltarnos este requisito. No sabemos cómo involucrar a la ciudadanía, así que metámonos las manos en el bolsillo y pasemos silbando y mirando al techo. Creemos un comité con expertos de la universidad, de las grandes empresas y del sector público, y que ellos decidan. Podemos diseñar misiones sin tener en cuenta a la ciudadanía, al fin y al cabo, lo llevamos haciendo toda la vida.
El problema es que cuando la ciencia le da la espalda a la sociedad, la sociedad hace lo mismo con la ciencia. La sociedad no se rasga las vestiduras si el Gobierno de España ejecuta menos de la mitad de lo presupuestado en I+D. La sociedad no se preocupa si Portugal nos adelanta por la derecha en innovación. A la sociedad le da igual si en los últimos años tenemos una brecha histórica de inversión en I+D respecto a la media de Europa (de China ya, ni hablamos). Cuando hablamos de hacer políticas de innovación transformadoras, la sociedad nos sacaría la lengua, si supiera qué son y si le importaran. No podemos transformar la sociedad sin la sociedad. Y las consecuencias las volveremos a pagar: caídas del PIB del más del 10% y caídas del empleo por encima del 5% solo en este 2020. Es el precio que hay que pagar por construir nuestro bienestar sobre sectores vulnerables (construcción, turismo) y olvidarnos de las fortalezas (S3) y de las palancas de desarrollo competitivas (KETs). Es lo que pasa cuando vives en la era de los Prius, pero te empeñas en conducir como si llevaras un Seat Panda.
Pero todavía tenemos una oportunidad: la Investigación y la Innovación Responsables (Responsible Research and Innovation-RRI), que busca el maridaje de la innovación y de la sociedad a través de un compromiso social completo, de la integración de todos los colectivos, y del impulso a una sociedad educada y comprometida. Una sociedad formada e informada capaz de sostener y de demandar apuestas a largo plazo que configuren un tejido productivo sólido y resiliente ante las crisis. La RRI es la pata que nos falta para que esta mesa de tres patas deje de cojear: Tecnologías Facilitadoras Esenciales (KETs), Políticas orientadas a Misiones (MOP), Estrategias de Especialización Inteligente (S3) e Investigación e Innovación Responsables (RRI).
Por muchas tecnologías que desarrollemos, por muchas estrategias y políticas que diseñemos, si no tenemos en cuenta a la sociedad como agente activo y comprometido, si no contamos con una sociedad formada y crítica, no llegaremos a ninguna parte. Crear una relación estrecha entre la innovación y la sociedad es la única manera de garantizar la supervivencia de las dos.
*Post publicado originalmente en TECNALIA.
Llevo más de una semana sin pisar la calle. Y sin embargo en una semana he visto más cosas que en muchos de mis viajes. He visto amigas mías sin maquillaje por Facetime (y juro que no las había visto sin maquillar desde que íbamos a Segundo de BUP). He visto a dos policías echando una bronca olímpica a una runner y un Comité de la Inquisición Española gritando desde sus ventanas para que quemaran a la bruja allí mismo. He visto la cara más fea de gente que parecía mucho más guapa en otras condiciones de presión. Y he visto, tan claras como el agua, todas las cosas valiosas de las que no disfruto lo suficiente: leer novela negra escandinava tapada debajo de las mantas, jugar a las damas con mi hijo, enseñarle Skype a mi madre para que vea a sus nietos cada día, acariciarle las orejas al gato mientras le veo dormir, pintarle las uñas a mi hija pequeña, constatar que las misiones son la solución a problemas como este…»ya está la Mari-Misiones hablando de su libro» –pensaréis–. Pues tenéis toda la razón.

Mientras escribo esto, los datos de impacto del Coronavirus no paran de crecer: más de 316.000 contagiados, 176 países afectados, más de 13.000 personas fallecidas y billones de euros en pérdidas económicas. Aunque estemos frente a una crisis sanitaria, el impacto sobre la actividad económica es brutal, tanto sobre el sector servicios como sobre la industria. Las medidas a tomar tienen que venir desde las políticas sociales, fiscales, económicas, sanitarias e industriales. El escenario es tan complejo, que es absurdo pensar en una solución única que venga de un único ámbito de conocimiento o, incluso, de un solo país.
La tecnología como parte de la respuesta.
La tecnología no es la única respuesta. Pero estoy convencida de que tiene un papel fundamental en la búsqueda de soluciones. A día de hoy tenemos montones de ejemplos que lo demuestran, como el uso de tecnología para el desarrollo de nuevos modelos de producción. ¿Habéis oído hablar de los «makers«? Pues ahora están por todas partes. Soluciones de bajo coste creadas en multitud de localizaciones con tecnología accesible para todos. Viseras, mascarillas, respiradores…dando una solución complementaria para cubrir fallos en la cadena de distribución, reducir costes y/o hacer más accesible soluciones que están encontrando barreras para llegar a los usuarios.
La tecnología también está muy presente en la rápida recuperación de algunos países asiáticos como Corea del Sur: aplicaciones de vigilancia y control de la enfermedad que envían información desde los móviles de la ciudadanía, aplicaciones para compartir información, desarrollo de estaciones de testeo rápido donde se puede realizar la prueba sin contacto con otras personas, en pocos minutos, y con resultados en 48 horas. Incluso en esto hay empresas privadas, como Seegene, que desarrollan soluciones basadas en inteligencia artificial para reducir cada vez más el tiempo entre prueba y resultado. Probablemente, una vez pasada la emergencia, tendremos que pararnos a pensar en un modelo legal que permita usar todos los datos así obtenidos en beneficio de la sociedad, a la vez que se respetan los derechos individuales y la privacidad de las personas.
Misión Coronavirus
Algunas de las mejores respuestas ante la crisis están viniendo de enfoques fundamentados en la direccionalidad, que buscan soluciones concretas a problemas concretos y, para ello, cuentan con todos los recursos materiales y humanos necesarios. Este enfoque orientado a resultados (mission oriented), ha dado lugar también a numerosos casos de éxito donde se deja de lado el output y todos los esfuerzos se centran en obtener resultados e impacto. O dicho de otra forma; que lo que importa es que la gente deje de morirse, y no cuantas publicaciones científicas estamos haciendo sobre el tema. Por ejemplo, hace dos días, la Comisión liberó licencias sobre varios suministros médicos para facilitar su producción en masa y que lleguen a más personas en el menor tiempo posible.
La verdad es que prácticamente ninguna de las soluciones que se han obtenido –ni que se esperan obtener– provienen de un único campo ni de un único agente. Todas son soluciones que, para ser efectivas, requieren de la colaboración de múltiples cadenas de valor de diferentes sectores, y de diferentes agentes a múltiples niveles. La direccionalidad centrada en la búsqueda de soluciones concretas pasa por tener una visión holística del problema y por combinar la tecnología con la innovación no tecnológica. Uno de los principales rasgos de las misiones.
Las soluciones no son solo tecnológicas, pero la tecnología y el conocimiento son la llave para solucionar el problema al que nos estamos enfrentando. Mientras que la tasa de mortalidad sobre el número de casos diagnosticados en Estados Unidos, Alemania, Corea del Sur o Suiza está rondando el 1% (0.38 en Alemania), en países como Italia o España se dispara (9% en el primero, 6% en el segundo). Resulta interesante constatar que en el primer grupo la inversión en investigación y desarrollo sobre su nivel de PIB (GERD) es mucho más alta que en los países del segundo grupo.

Es pronto para hablar de causalidad, pero seguro que no es casualidad que la mayor parte de las soluciones vengan de países que están mostrando mayores niveles de resiliencia frente a la crisis (como Corea del Sur, Alemania, China), y tampoco lo es que sean estos países los que han acumulado en los últimos años un mayor acervo de conocimiento y recursos gracias a sus inversiones en I+D. O, dicho de otra forma: ante las crisis globales solo pueden dar respuestas satisfactorias los países que han invertido en conocimiento.
Y asociado a este punto surge otro fundamental: aunque hablemos de cooperación global y de soluciones holísticas, es más importante que nunca la soberanía tecnológica y la localización geográfica de los centros de decisión. Estos días escuchamos noticias sobre los intentos de compra por parte de Estados Unidos de empresas estratégicas situadas en Alemania, o intervenciones del Gobierno de los EEUU en la producción de las empresas privadas como General Motors . Incluso suponiendo que el conocimiento sea un bien común, está claro que no son bienes comunes ni los recursos, ni el talento ni la capacidad de convertir el conocimiento en soluciones.
Todo esto nos lleva a una conclusión esperada, pero no por ello menos importante: los países mejor dotados de conocimiento y de tecnología no solo serán los países que encontrarán las soluciones, también serán quienes estén en mejor posición para valorizar esas soluciones e incrementar su potencial tecnológico, político y económico frente al resto. Cuando todo esto pase (y pasará), entenderemos la importancia de tener unos sistemas sanitario y educativo potentes e innovadores, entenderemos que caminando solos, ni iremos más rápido, ni llegaremos más lejos que trabajando juntos, y sobre todo, entenderemos por fin, que crear una buena relación entre la ciencia y la sociedad es la única manera de garantizar la supervivencia de ambas.
Cuídate mucho. Y #quedateencasa.
Mis amigas de Doce Miradas, Eva Silván y Lorena Fernández me han hecho un regalo y me han invitado a escribir en su blog. He aprovechado que este mes andamos atareadas en la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País organizando nuestras II Jornadas sobre la Mujer en Bizkaia, y he compartido con las Doce Miradas una reflexión sobre nosotras, sobre las que fueron y sobre las que somos. Sobre las libertades ganadas y sobre las cadenas que aún arrastramos, a veces sin saberlo.
Espero que os guste: La trampa de la Libertad.
