El ABC de las políticas orientadas a misión

“The end of the mission was one of total exhaustion, total fear, total exuberance that, yes, our crew was home and we did what we set out to do. Somehow or other, when we came together, we were greater than the sum of our parts. We became capable of doing what, in most cases, would be considered impossible. We were better than we ever expected to be, we were more successful than we were expected to be” (Mission Control: the unsung heroes of Apollo”. 2017)


 
¿Qué es una misión?
 
Una misión es una respuesta ambiciosa a un reto global, con objetivos e hitos perfectamente definidos que, para su desarrollo, necesita la involucración de varias tecnologías y sectores y, otros factores adicionales como regulación, políticas e involucración ciudadana. El esquema de conceptos de arriba abajo sería algo así como: retos –> misiones –> proyectos –> tecnologías. Las misiones buscan optimizar los recursos disponibles, públicos y privados, para obtener resultados concretos que impacten en forma de crecimiento inteligente, sostenible e integrador. Después de analizar muchos ejemplos de misiones, sabemos que la principal ventaja que aportan las misiones frente a otras aproximaciones de política pública es, precisamente, que actúan como herramienta para dar dirección y orientación estratégica a las prioridades de un territorio.
Por ejemplo, es una misión que las principales ciudades europeas estén a menos de 2 horas unas de otras antes de 2030, que en 2025 el índice de criminalidad de esas ciudades no supere las 20 infracciones penales por cada mil habitantes o que en el año 2030 los y las europeas tengamos dos años más de esperanza de vida saludable. Ponemos conectar las ciudades por tren, por avión o con platillos volantes. Podemos controlar la tasa de criminalidad con tecnologías de vigilancia, con políticas de reinserción de presos o con leyes que endurezcan las penas. El “cómo” se decide cuando se definen los objetivos y los hitos de la misión, pero no antes.
“¿Hace falta poner una cifra? Pues sí, hace falta poner una cifra porque así reflejamos el compromiso de terminar con las promesas vacías y con la ausencia de evaluación de políticas. Que, cuando llegue el momento, se vea claro si se ha alcanzado o no el objetivo de la misión. Y no vale poner un objetivo tibio, hay que ser ambicioso. El presidente Kennedy dijo que llevaría un hombre a la Luna en menos de 10 años (y lo hizo en 9) y el presidente Obama prometió acelerar la investigación contra el cáncer para obtener en 5 años lo que, de forma tendencial, no se lograría hasta dentro de 20 años. Eso es ambición.
¿Cómo se implantan las misiones?
Una visión compartida por todos los agentes involucrados es la primera clave de éxito de una misión. Y hasta la sabiduría popular se alía con nosotros para hacer esto de forma correcta: “vision without action is a daydream, action without vision is a nightmare”. O dicho que otra forma, que la visión suele tener más posibilidades de éxito si la misión se define sobre la base de las fortalezas del país y de un acervo de conocimiento previo ya existente, combinado con un ecosistema maduro, integrado, coordinado y bien comunicado con el exterior.
Otra clave de éxito en la implantación es contar con un liderazgo fuerte y estable. Aunque el sector público ha tenido y sigue teniendo un papel muy visible en el impulso de las misiones, sabemos que el diseño de política públicas para impulsar el desarrollo tecnológico en un área determinada depende mucho de las características del ecosistema de innovación. Lo que funciona muy bien en un contexto puede no funcionar en absoluto si cambiamos el sector, la tecnología o la localización. Aunque el sector público tiene indudables ventajas como potenciador de demanda, como divulgador e incluso, para mantener algunos desarrollos en acceso abierto, no es necesario que sea el único tractor de la misión, sino que lo ideal es diseñar una gobernanza en la que cada uno de los agentes se posicione donde aporte más valor. En general, los modelos de gobernanza coinciden con uno de los siguientes grupos: pública multi-ministerial, pública uni-ministerial, gobernanza a través de una agencia creada especialmente para llevar a buen puerto la misión, o un modelo mixto público-privado. Normalmente el sector privado incrementa su presencia a medida que se despejan las incertidumbres tecnológicas y de mercado, y se incrementan las posibilidades de transferir al mercado los resultados de la misión.
El hecho que de las misiones vayan mucho más allá de una respuesta tecnológica también complica las cosas porque, a veces, la dificultad radica precisamente en lo que no es tecnología: hemos pisado la Luna y podemos meter toda la información del mundo en un aparatito que cualquiera puede llevar en el bolsillo, pero no sabemos evitar que cientos de personas mueran en el Mediterráneo cada año tratando de alcanzar una vida mejor.
¿Esto qué tiene que ver conmigo?
Los grandes retos globales como el envejecimiento, los movimientos migratorios, el cambio climático y la digitalización alteran las dinámicas de innovación tradicionales e incrementan el riesgo de desigualdades, de inequidades, de pérdida de calidad de vida y de pérdida de competitividad económica. Las misiones nacen para evitar que eso suceda, para controlar estos cambios y su impacto sobre la ciudadanía. Si no entendemos los retos, no entenderemos los cambios que pueden producir y no podremos anticiparnos. Por eso es fundamental que las misiones estén vinculadas a retos. Y por eso las misiones son mucho más que un proyecto grandote.
Si eres un animal tecnológico y crees que esto de las misiones son cosas de los raritos que trabajamos en políticas y que esto no va contigo, te equivocas: los retos globales están acelerando la aparición de innovaciones complejas basadas en ciencia y tecnología, que provocan una alta concentración de beneficios en manos de pocas empresas, bloqueando la difusión de estas innovaciones al resto y provocando que las ganancias derivadas del aumento de productividad se concentren en unas pocas manos, afectando a los salarios y a los empleos de esos sectores y del resto.
¿Ya está todo dicho?
Hay preguntas relevantes sobre las misiones que aún están por resolver: ¿Cómo podemos evaluar el impacto real de las misiones? ¿Cómo podemos saber qué efectos se han dado a causa de la misión y cuáles se deben a otras iniciativas, o incluso hubieran sucedido sin ningún tipo de intervención? ¿Cuándo decimos que una misión fracasa? ¿Fracasa una misión si no alcanza el objetivo cuantitativo definido, aunque haya sido capaz de crear externalidades positivas no previstas inicialmente? ¿Fracasa una misión si la mayor parte de los proyectos vinculados a ella han sido exitosos, aunque otros no lo hayan sido? ¿Son los indicadores tradicionales la mejor forma de evaluar una misión? ¿Nos sirven los instrumentos que tenemos o tendremos que desarrollar instrumentos nuevos específicos para las misiones? ¿Los mismos instrumentos valdrán para todas las misiones o habrá que adecuar instrumentos para cada misión? ¿Cuál es el papel de los países y las regiones en la definición de las misiones? ¿Cómo encajan estas con las Estrategias de Especialización Inteligente definidas por las regiones y países europeos?
Hay muchas preguntas en el aire y, detrás de ellas, respuestas tan importantes como el lugar donde se crearán los empleos, el territorio con mayores niveles de bienestar o la mejora de la calidad de vida de la ciudadanía europea. Como dijo el presidente Obama en la presentación de la misión BRAIN Initiative: “We can not afford to miss this opportunity. I do not want the next job creating discoveries to happen in China, India or Germany. I want them to happen right here in the United States of America”.
 
Este artículo fue publicado originalmente en el Blog de TECNALIA: http://blogs.tecnalia.com/inspiring-blog/2018/04/12/misiones-nacen-para-conquistar-retos-globales/

La foto adjunta al artículo es un Documento de Aprobación de Proyecto para la nave Apollo y procede de: Glennan T (1961) “Authorized Development Projects,” 19 January 1961 memorandum, Robert Channing Seamans, Jr., papers, MC 247, Institute Archives and Special Collections, MIT Libraries, Cambridge, MA.

Gestionar la economía es como querer coger un tren usando los horarios del año pasado

En el centro de una sala sin ventanas situada en algún lugar secreto de un imponente edificio blanco de estilo neoclásico italiano, varias sillas giratorias forman un círculo. En ellas se encuentran sentados cuatro hombres. Stafford acaricia su larga barba mientras con la mano derecha pulsa un botón situado en un cuadro de mando que brilla en el reposabrazos.
Silenciosamente bajan del techo cuatro pantallas con información emitida en tiempo real por empresas de todo el país, tendencias económicas y sugerencias de actuación. Salvador ajusta sus gafas y clava una mirada grave y serena en la pantalla más cercana. Stafford sonríe y siguiendo la mirada de Salvador murmura: comunicación es control.
Si os digo que estos hombres están tomando decisiones políticas basándose en enormes cantidades de información llegada de todos los rincones del país en tiempo real, y os pido que adivinéis el año, seguramente muchos de vosotros lo situaríais en 2020 o más. Al fin y al cabo, esta escena es Política 4.0 en estado puro.
En realidad, esta escena (o una similar) tuvo lugar en el Palacio de la Moneda de Santiago de Chile en octubre 1972, durante el llamado Paro de los Patrones. Los protagonistas fueron Salvador Allende y Stafford Beer. Gracias al proyecto CyberSyn, un sistema de decisión distribuida para gestionar la economía del país, el gobierno de Allende fue capaz de garantizar el suministro de comida y bienes básicos a los ciudadanos de Santiago durante una huelga de camioneros que amenazaba con paralizar todo Chile. Como muchas otras oportunidades históricas, esta también se dio de bruces con la “imbecilidad” humana y murió, engullida por el golpe militar del 73.
Tomar decisiones disponiendo de la información en tiempo real es una de las grandes aspiraciones de los políticos desde hace muchos años. La frase que ilustra este artículo es de Harold MacMillan, Primer Ministro británico, y fue pronunciada en la década de los 60 del siglo pasado. También los rusos intentaron en los 70 montar su propio sistema de gestión económica 4.0 en un proyecto que se denominó OGAS, y que liquidó el mismo gobierno soviético cuando se dio cuenta de que demasiada información no era buena para mantener el statu quo que tanto beneficiaba a algunos.
Pero ahora estamos en 2016 y el escenario ha cambiado mucho. Tenemos sensores, robots, la internet de las cosas y datos abiertos. Tenemos algoritmos, ordenadores, inteligencia artificial y ciberseguridad. Y sobre todas las cosas, tenemos Big Data: grandes cantidades de información asociadas a una V que crece sin parar (Velocidad, Variedad, Volumen, Veracidad, Valor, Variabilidad, Visualización) y que trae debajo del brazo la promesa no solo de cambiar las políticas, sino de revolucionar el mundo. Sin embargo, la aplicación de esta tecnología a las políticas públicas de innovación no es inmediata: ¿por qué?
Porque los de letras vienen de venus y los de ciencias de marte
Llevamos a cuestas la herencia de un sistema educativo que nos etiquetó cuando todavía Casimiro nos enviaba a la cama. La frase “yo es que soy de ciencias” justifica a una generación entera de terroristas ortográficos. “Yo soy de más de letras” es la advertencia de todos aquellos para los que la ingeniería es una ciencia a la altura de la homeopatía. Para que se puedan tomar decisiones en política en base a información proporcionada por técnicas de Big Data es necesario entender la estadística, la física, las matemáticas, la sociología, la economía, el derecho y la programación.
Para muchos, los modelos basados en Big Data son una caja negra incomprensible sobre la que no se pueden fundamentar decisiones políticas, simplemente porque no entienden qué pasa dentro de la caja antes de que salga la información cocinada. No es que haya que saber de todo, pero desde luego hay que lograr un acercamiento entre perfiles que ahora mismo no existe, y así caminar hacia un entendimiento mejor del proceso y una mayor aceptación de las decisiones.
Porque somos ágiles como tortuga volteada
Si digo: “rápido, ágil, flexible”, seguro que la primera palabra que os viene a la mente es “administración pública”. ¿A que sí? ¿No? Ya…
La rigidez y la lentitud inherentes a la burocracia que rige lo público suponen un obstáculo que va más allá de los avances tecnológicos. De hecho, todo lo relacionado con la innovación tecnológicanormalmente a la administración pública le supone más un dolor de cabeza que una solución, porque viene acompañado de nueva regulación, de nuevos protocolos y de diversos cambios incómodos que implican papeleo y adaptación, y le restan capacidad de respuesta. Disponer de una gran cantidad de información que viene de muchas fuentes y lo hace en tiempo real es una ventaja, siempre que se disponga de la flexibilidad suficiente para aprovecharla. Los datos en sí no tienen ningún valor si no se actúa con rapidez ante la información que proporcionan.
Porque buscamos un gato negro en un cuarto oscuro
Nadie nunca fue capaz de predecir internet. Predecir el nacimiento y explosión de una tecnología o una industria que ahora mismo no existe, en un entorno plagado de incertidumbre que cambia a una velocidad endiablada y con un nivel de “imprevisibilidad” altísimo es, ¿cómo decirlo? ¡Complicado! Y está lleno de riesgos: imaginad que detectamos una tendencia muy emergente gracias a técnicas de Big Data, y le aplicamos todo el apoyo de las políticas  de manera que en poco tiempo se convierte en una apuesta estrella. ¿Quién nos dice que no hemos creado una burbuja de algo que de forma natural hubiera desaparecido?
Porque hay “mentirijillas”, grandes mentiras y luego están las estadísticas
Es obvio que no toda la información es accesible. De hecho, el acceso a los datos disponibles en los organismos públicos ya es un reto en sí mismo por la fragmentación de la información, la opacidad, la falta de transparencia y la falta de comunicación dentro de las administraciones y de estas con otros organismos públicos. Pero además, de la información accesible hay una gran parte que, o no está contrastada, o es incompleta o presenta contradicciones. También están las buenas intenciones, esas que marcan el camino del infierno, como abrir una cuenta de Twitter para escupir información pública sobre la ciudadanía de manera completamente unilateral, no procesar las reacciones que esa información suscita y llamarle a ese desastre Big Data.
Pero incluso aunque una herramienta como Twitter se usara correctamente para obtener información sobre la ciudadanía, no está de más recordar que los usuarios de esta red social apenas representan al 3 % de la población mundial, y que ese 3 % ni siquiera es una muestra representativa porque casi todos tienen estudios superiores (80 %) y prácticamente la totalidad (96 %) tienen entre 16 y 54 años.
Y finalmente, en el minúsculo subgrupo de información accesible, contrastada, representativa y veraz, prácticamente no hay datos que revelen valores, preferencias u otras consideraciones subjetivas que son fundamentales en el proceso de elaboración de políticas públicas. Al fin y al cabo, las políticas no están en los datos, sino en los valores.
E incluso, aunque dispusiéramos de todos los datos y estos fueran fiables, representativos y significativos y recogieran no solo la realidad cuantitativa sino también las consideraciones subjetivas, y además dispusiéramos de un sistema público de toma de decisiones ágil, seguiríamos enfrentándonos a varios retos vinculados a la elaboración de los modelos. De manera que los resultados obtenidos de ellos puedan garantizar los valores que para la toma de decisiones en lo público son fundamentales: equidad, igualdad, privacidad y justicia.
¿Hay luz al final del túnel?
Sí. Y es muy luminosa. De hecho, aunque todavía no estamos en el escenario de una implantación fluida de las técnicas de Big Data en políticas, ya hay algunos ejemplos muy interesantes de aplicación de Big Data en políticas públicas de seguridad (Predpol), en políticas económicas (Billion Prices Project) y en políticas sanitarias (Flowminder) entre otras.
Trabajar en estos retos y otros que ya hemos identificado (desarrollo de soluciones de integración específicas para la información, mecanismos de coordinación entre administraciones públicas, implantación de prácticas de datos abiertos, desarrollo de protocolos de estandarización, un uso más intensivo de la internet de las cosas, desarrollo de soluciones de visualización analítica…) nos permitirá dar un paso adelante en las políticas de innovación, de manera que no solo mejoraremos la toma de decisiones, sino que cambiaremos radicalmente el ciclo de las políticas públicas.
Iremos hacia un modelo más crítico, más inclusivo y más afinado que responda, esta vez sí, a las demandas de un futuro que ya está aquí.
 
 
Publicado originalmente en el blog de TECNALIA

¿Necesitas un centro tecnológico?

A todos nos gustan las cosas nuevas. Romper las burbujitas de aire, abrir las cajas, el olorcito a nuevo. Es tan humano como respirar. Sin embargo, antes de lanzarte a construir centros tecnológicos como faraón con pirámide, sería conveniente que conocieras y trataras de evitar algunos de los errores más comunes:
Primer error: no sabes qué es un centro tecnológico
Si huele como un pato, anda como un pato y parece un pato, no le des más vueltas: es un pato. 
Un centro tecnológico tiene dos grandes misiones en la vida: generar conocimiento aplicado y transferirlo al ecosistema. Investigación aplicada y desarrollo tecnológico. Puede hacer otro tipo de actividades, pero su actividad principal tiene que ser un mix entre estas dos. Organizar eventos y dar cursillos para usar mejor el powerpoint son dos actividades muy sanas, pero si son su actividad principal, definitivamente eso no es un centro tecnológico. 
Segundo error: no tienes estrategia
Un centro tecnológico es un instrumento de despliegue e implantación de una estrategia. O dicho de otra forma: si no hay estrategia, no tiene sentido que haya un centro. Así que antes de que empieces a elegir el color de las paredes sería bueno que tuvieras muy claro para qué quieres este centro. 
¿Qué te puede pasar si no tienes una estrategia y a pesar de todo te lanzas a la aventura de montarte un centro? Pues te van a pasar varias cosas: por ejemplo, que no vas a saber a qué retos tiene que dar respuesta el centro, y que cuando finalmente lo decidas, tampoco serás capaz de definir qué líneas de investigación son las más interesantes ni qué actividades necesitas desarrollar. Seguramente acabarás definiendo una pseudo-estrategia chapucera con cientos de entrevistas a empresas hechas a salto de mata para ver qué quieren  y entonces tratarás de contentarlas y terminarás atragantándote con el “café para todas”. Hazme caso: primero estrategia, luego centro.
…o tu estrategia cambia más que un camaleón en una piscina de bolas
La estrategia de tu territorio tiene que ser lo bastante flexible como para poder adaptarse a los cambios del entorno y lo bastante estable como para que tus centros tecnológicos (y el resto de agentes) tengan tiempo de verlas venir. Cuando sepas qué quieres de los centros, díselo, ponles objetivos y dales tiempo para que puedan adaptarse. Entre otras cosas porque los cambios en nuestro mundo suelen ser caros: implican tener que comprar cosas tan exóticas como un microscopio HR-TEM que vale una riñonada y que será de mucha utilidad si mantienes tu apuesta por la nanotecnología pero que terminará convirtiéndose en el paragüero más caro del mundo si de repente te da por apostar por la enología. Las apuestas (y por ende los programas de investigación y las líneas de financiación) tienen que ser claras, conocidas y estables.
Tercer error: no tienes un ecosistema…
¿Recordáis la definición de centro del primer error? “Un centro tecnológico tiene dos grandes misiones en la vida: generar conocimiento aplicado y transferirlo al ecosistema” Si no tienes ecosistema, no tienes a quién transferir  y tu centro se va a morir de inanición. Esto, que parece una perogrullada es uno de los errores más comunes. Hace varios años tuve una conversación muy divertida con un técnico que vino a visitarnos para poner en marcha un centro tecnológico:
  • NOSOTROS: la idea es definir este centro de manera que sea ágil y operativo impulsando la competitividad de tus empresas de agro
  • ÉL: no, pero si yo no tengo empresas de agro
  • NOSOTROS: y exactamente ¿para qué quieres un centro tecnológico?
  • ÉL: para que los agricultores se pongan de acuerdo y compren máquinas juntos
Moraleja: no te pongas a construir un centro si lo puedes resolver organizando una barbacoa.
…o tu ecosistema es hostil.
Si no puedes hacer investigación en las áreas A, B y C porque ya hay otro centro que lo está haciendo. Si no puedes investigar en las áreas X, Y y Z porque la universidad te va a sacar los ojos. Si no puedes hacer servicios en las áreas V y W porque las ingenierías y las consultoras van a ir en masa a la puerta de tu centro a partirte la cara por pisarles el mercado. Si no puedes, tal vez deberías plantearte que a lo mejor no necesitas un centro tecnológico, sino más coordinación y más elementos que hagan que la información fluya entre los agentes que ya están activos en el sistema.
Insisto: no te pongas a construir un centro si lo puedes resolver organizando una barbacoa.
Y por último, un consejo para los gestores públicos: si ya tienes centros tecnológicos, sé cariñoso con ellos. Son criaturas maravillosas que pueden hacer mucho por tu territorio, por tus empresas y por ti. Son casi la única oportunidad que tienes para que tus empresas vendan productos tecnológicos de esos que hacen que la gente pierda la cabeza y suelte trece mil euros por un miserable reloj de plástico. Y que se creen muchas empresas que vendan cosas indecentemente caras y tecnológicamente impresionantes. Y que alguien contrate en tu territorio a ese chico tan majo que tiene dos doctorados en ingeniería, que te ha costado varios miles de euros formar y que, de la que te descuides, se pilla un avión y se planta en cualquier otro lugar del mundo donde sí que existan centros tecnológicos donde pueda hacer I+D a gusto. Dale una pensada.
 

 

La Red Vasca del futuro

¿Sabéis en qué se parecen una Panthera Leo Atrox y un Megatherium
Los dos están especialmente dotados para la vida salvaje. El Megatherium es un perezoso que puede alcanzar los seis metros de altura, lo que le permite alcanzar ramitas y comida a los que otros animales no pueden acceder. La Panthera Leo Atrox por su parte, es probablemente el felino con el cerebro más grande, algo que le permite desarrollar complejas tácticas de caza en manada. Pero también tienen otra cosa en común: los dos se han extinguido. Y es que a veces ser el más alto, el más guapo o el más fuerte no es suficiente para garantizar la supervivencia. Hace falta algo más. 
Ya lo dijo Charles Darwin: “no es la especie más fuerte la que sobrevive, ni la más inteligente, sino la que responde mejor al cambio”. Pero la verdad es que nosotros, como el Megatherium y la Panthera no somos animales especialmente amantes de los cambios. Y la mala noticia es que vivimos  en una época en la que el cambio parece ser la única constante.
Mirad a vuestro alrededor: de la noche a la mañana el mundo se ha llenado de máquinas inteligentes y de abuelitos hiperactivos. Las primeras invaden nuestras empresas, nuestros hogares, nuestros medios de transporte, nuestras formas de comunicarnos; los segundos vienen cargados de demandas nuevas y de nuevas oportunidades. Cada vez vivimos más y queremos vivir lo mejor posible. Pero además nos invaden los datos, millones de datos chivatos que revelan qué comemos, qué compramos, a dónde viajamos, a quién queremos, qué odiamos, por dónde nos movemos, cómo nos movemos. Ahora nos felicitamos el cumpleaños por Whatsapp, decidimos nuestro hotel con Tripadvisor, compramos la ropa en Zalando y conversamos por Skype con personas que viven a miles de kilómetros. Internet of things, big data, social media, son palabras que forman parte de nuestra vida, que cambian nuestra forma de aportar valor, de organizarnos, de colaborar. Decir que las cosas han cambiado es quedarse corto. En los últimos veinte años el mundo se ha vuelto del revés.
Ahora os hago otra pregunta: ¿Y nosotros?, ¿cómo hemos cambiado nosotros en este tiempo? Las universidades, los centros tecnológicos, los centros de investigación ¿nos hemos vuelto de revés?, ¿alguien nos reconocería si nos mirara desde 1990? 
Que levante la mano el agente del sistema de ciencia y tecnología que use big data para la toma de decisiones estratégicas. Que levante la mano el agente del sistema que haya cambiado radicalmente su modelo de organización. Que levante la mano el agente que tenga más del 70% de sus empleados trabajando fuera del espacio físico de su edificio. Que levante la mano el agente que analice su proyección exterior y la opinión que sobre él tienen sus clientes en las redes sociales. Que levante la mano el agente dentro del cual se oyen simultáneamente y en la misma proporción al menos cuatro idiomas distintos.
Para ser sinceros, no hemos cambiado tanto. Además, en los últimos tiempos la falta de flexibilidad, la parálisis ante el cambio nos ha llevado a enredarnos en debates frustrantes: ¿tenemos que apostar por la ciencia básica o por la investigación aplicada?, ¿los agentes tecnológicos tienen que hacer asesoría tecnológica?, ¿los centros de investigación tienen que desarrollar capacidades para la explotación de resultados? Y a menudo hemos cometido el peor de los errores: tratar de justificar nuestra existencia poniendo en duda la necesidad de que los demás existan.
El núcleo del sistema vasco de ciencia y tecnología lo formamos los agentes de la Red Vasca de Ciencia, Tecnología e Innovación (RVCTI). Somos la oferta de investigación y conocimiento avanzado que busca responder a las necesidades de las empresas y de la sociedad y, en este sentido, tenemos una triple responsabilidad: entender sus necesidades, contestar a sus preguntas y plantearnos nuevas preguntas que nadie nos ha hecho y que abren caminos aún no explorados. Y la verdad es que no podemos hacer nada de esto con propiedad si no somos, nosotros mismos, los principales adalides del cambio.  
Desde hace varios años estamos manejando el concepto de “personas en forma de T” para referirnos a los profesionales que combinan su conocimiento especializado (barra vertical) con capacidades transversales que facilitan la innovación y la conversión de esas capacidades en resultados. Se trata de combinar en un mismo perfil competencias técnicas, relacionales y emocionales. 
Siguiendo la analogía, los incentivos actuales focalizan de una manera muy clara a la Red hacia la especialización en una serie de competencias técnicas alineadas con las apuestas de la Estrategia de Especialización Inteligente (fabricación avanzada, energía, biociencias y salud). Por otro lado, también se refleja un intento claro de mejorar las competencias relacionales de la red actual a través de la medida de indicadores de transferencia al mercado, colaboración entre agentes y colaboración internacional. En otras palabras, se nos pide que crezcamos para llegar a las ramitas más altas y que tengamos el cerebro más grande para optimizar nuestras capacidades de caza. Pero la evolución nos ha demostrado que con esto no es suficiente.
¿Qué pasa con las competencias emocionales? A un profesional del futuro le pedimos que sea empático, que sepa trabajar en distintos entornos culturales, que visualice los resultados, que sepa colaborar, que tenga habilidades para resolver conflictos de forma satisfactoria. 
Este es por tanto el siguiente paso: que la Red desarrolle las competencias emocionales que le permitan pilotar al tejido empresarial y a la sociedad vasca a las más altas cotas de competitividad. ¿Cómo definiremos la fina línea entre ciencia básica e investigación precompetitiva?, ¿y ente la precompetitiva y la aplicada?, ¿cómo solventaremos los solapes naturales entre los agentes?, ¿cómo reaccionaremos a medida que los incentivos actuales se vayan quedando obsoletos ante los nuevos cambios?, ¿cómo fusionaremos actividades que van naturalmente juntas pero que ahora las hacen agentes distintos? Con flexibilidad, con organizaciones ágiles capaces de responder rápidamente a los estímulos del entorno,  con una cultura que no penalice los fracasos, con nuevos incentivos de imagen, de posicionamiento y de reconocimiento exterior, con capacidad de convertirnos en laboratorios vivos de tecnología e innovaciones. Entendiendo que juntos, ganamos todos. Con audacia. Con una Red técnicamente excelente, emocionalmente inteligente y perfectamente integrada. 

 

Ilustración:Pablo Bernasconi

Hacia una nueva era de la manufactura: del MADE IN al MAKING IN

Tras unas décadas marcadas por la deslocalización de las actividades productivas de los países industrializados hacia ubicaciones en países en vías de desarrollo más competitivos en costes, cada vez es más común observar movimientos en sentido contrario, es decir, empresas que cierran sus plantas de producción en terceros países para volver a abrirlas en su país de origen.
 
Es el caso, por ejemplo, de Estados Unidos, que está viviendo un proceso de vuelta de algunas de sus empresas provocado sobre todo por el incremento de los costes laborales en los países emergentes, el incremento de los costes del transporte y de los combustibles, la caída de los precios del gas natural dentro del país y la necesidad de llegar antes a los clientes y responder a sus necesidades de una forma más ágil y personalizada. Empresas como Caterpillar, Ford, Apple o Whirlpool entre otras empiezan a hacer movimientos de vuelta de su producción a los Estados Unidos. Estos movimientos cuentan con el apoyo de la administración Obama que entre otras medidas se ha planteado premiar con reducciones de impuestos a las empresas que lleven de vuelta al país sus centros de producción, invertir más de 2 mil millones de dólares en I+D en fabricación avanzada y alrededor de mil millones más en crear una red nacional que dé soporte a esta actividad.  
 
La vuelta de los centros de producción a sus países de origen está impulsada también por el cambio de paradigma que resitúa a los países en nuevas posiciones dentro del escenario global. Países como China están cambiando su modelo productivo y dentro de las medidas que están tomando se encuentra por ejemplo la eliminación de subsidios a las empresas extranjeras y las ventajas fiscales para la atracción de inversiones (la inversión extranjera cayó en China un 3,7% durante el año 2012).
 
Que la actividad de manufactura regrese a sus países de origen no es una tendencia despreciable. En 2012, el sector en Europa supuso un volumen de negocio de 7 mil billones de euros y un empleo estimado directo de 30 millones de personas, que se triplicaba al tener en cuenta también los indirectos generados. Además los bienes de manufactura suponen el 80% de las exportaciones totales y el 80% del gasto en I+D también procede de este sector.
La razón principal que subyace a estos movimientos de los centros de producción de un país a otro no es otra que un cambio radical en el concepto de manufactura. De ser una actividad compuesta sobre todo por acciones de bajo valor añadido donde primaba la competitividad derivada de los factores, la manufactura está pasando a ser una actividad singular dentro de la producción, donde el conocimiento y la innovación están tomando cada vez mayor protagonismo. Ya se apunta a que algunos de los principales drivers de la fabricación del futuro van a ser la escasez de materias primas, la disponibilidad de grandes datos y la personalización de los productos.
 
Respecto a este último, se espera que la personalizaciónimplique una demanda conjunta de productos y servicios que obligue a los productores a trabajar en estrecha colaboración con los proveedores de servicios y que, adicionalmente, suponga una oportunidad para el desarrollo de nuevas tecnologías de producción como la robótica y la fabricación aditiva (ver cuadro). Esta personalización se refleja también a nivel geográfico: en la medida en que se demanden productos con características diferentes de unas regiones a otras que, además estarán sujetos a diferentes normativas y políticas de precios, se requerirá de una personalización en masa que abre una oportunidad al tratamiento de grandes datos (big data). En la medida en que la fabricación sea capaz de obtener y manejar grandes cantidades de datos mediante herramientas apropiadas, contará con una fuente muy valiosa de información para entender y optimizar sus cadenas de valor.
La irrupción del concepto Fabricación Aditiva (Additive Manufacturing), que manipula material a escala micrométrica y lo deposita capa a capa hasta dar forma a un objeto sólido previamente diseñado, permite a las empresas la personalización de sus productos, evitando la necesidad de aprovechar economías de escala en la producción de sus productos, de forma que supone el mismo coste para un productor producir la primera unidad que producir cualquier otra. Pero también aporta otras ventajas añadidas sobre la forma tradicional de producción como la posibilidad de hacer una réplica exacta del modelo buscado desde la primera aproximación, la posibilidad de integrar distintas geometrías y materiales en un mismo objeto (por ejemplo aleaciones de titanio, aluminio, níquel y cromo en una sola pieza de manera que una parte pueda estar optimizada para la fuerza y otra para resistir temperaturas altas) y en general, nuevas funcionalidades a costes más bajos que en el proceso tradicional.    
La vuelta de la fabricación a los países de origen no significa solamente un movimiento físico de los centros de producción de un lugar a otro. Implica también y sobre todo un nuevo concepto de fabricación más productiva y con un impacto menor sobre el entorno físico (residuos, ruido, contaminación) que se fundamente sobre nuevas tecnologías de fabricación sostenibles, tecnologías de la información y la comunicación y tecnologías de fabricación de alto rendimiento. Se espera que los centros de fabricación se organicen alrededor de procesos eficientes energéticamente, usen materiales sostenibles y se fundamenten sobre modelos de negocio completamente innovadores como los basados en la simbiosis industrial.
De la misma manera, nuevas formas de fabricación implican nuevos perfiles de trabajadores, nuevas capacidades y probablemente nuevos modelos de relaciones laborales que tienen en la innovación no tecnológica un campo abonado para su desarrollo y en la colaboración empresa-universidad-educación, su mejor aliado. Esta puede ser probablemente la respuesta a las voces críticas con este movimiento de vuelta a casa de la producción (por poner un ejemplo, la Oficina de Estadística Laboral de Estados Unidos acaba de publicar los datos de la industria de confección y el número de personas empleadas en marzo de 2014 es menos de la mitad del que era hace diez años, incluso tiene un 6% de caída frene a los datos de 2013, lo que contradice claramente la teoría de la vuelta a casa de este tipo de puestos de trabajo). Incluso dejando aparte industrias concretas y centrando el argumento en la generalidad, parece que el escepticismo está justificado: los datos de la iniciativa industrial norteamericana Reshoring Iniciative (Bringing Maufacturing Back Home) apuntan a que desde 2010 el número de empleos que se han relocalizado en Estados Unidos apenas alcanza los 50 mil.
 
Así, parte de la explicación de esta aparente incongruencia puede radicar precisamente en los nuevos perfiles y capacidades que requiere la nueva fabricación: no se trata tanto de retornar al empleo masivo de mano de obra en ocasiones poco cualificada, sino de atraer a personas con formación específica para dar respuesta a esta nueva situación y a los requerimientos que conlleva.
 
Existe otro factor importante que no podemos olvidar a la hora de describir la nueva era de la fabricación avanzada: la demanda. Por un lado, es un hecho incuestionable que la demanda de bienes de consumo se incrementa continuamente alimentada por una clase media emergente de los países que están viviendo un rápido crecimiento de sus economías. Se estima que solamente desde 2013 en Asia y África ha podido surgir una demanda potencial de casi 2 mil millones de personas. Además, una parte muy importante de la población se está concentrando alrededor de áreas urbanas, muy cerca de los centros de producción de bienes. Por otro lado no solamente existe una demanda creciente, sino que además el comportamiento de los consumidores no para de evolucionar: existe una conciencia creciente de las personas acerca del impacto medioambiental o de las consideraciones éticas implícitas en la fabricación de los bienes que consumen.
Algunos de estos rasgos de la fabricación del futuro siguen siendo a la vez importantes barreras a salvar en cuanto que, por ejemplo, muchos gobiernos aún no hayan tomado medidas para que desde el sistema educativo pueda darse respuesta a esta demanda de conocimiento que se avecina o que todavía no exista una postura generalizada entre los productores hacia las inversiones que potencien la eficiencia energética, la innovación en procesos o el uso de nuevos materiales, probablemente en parte debido a la dificultad de las empresas para obtener financiación que soporte estos cambios necesarios   
 
 
 
 
Algunas fuentes consultadas:
  • European Commission. “Advancing Manufacturing- Advancing Europe- Report or the Task Force on Advanced Manufacturing for Clean Production”. SWD (2014) 120 final
  • Forbes. (www.forbes.com)
  • Reshoring Initiative – Binging Manufacturing Back Home (http://reshorenow.org/)
  • The Washington Post.  (http://www.washingtonpost.com/)
  • US Bureau of Labor Statistics. United States Department of Labor. (http://www.bls.gov/)