Entrevista: qué tiene que ver la tecnología con un reparto justo de la riqueza

Los responsables del Observatorio ToShare de la UPV/EHU me han hecho una entrevista para entender mejor por qué un centro tecnológico se compromete con el reparto justo de la riqueza.

1. ¿Por qué Tecnalia participa en un observatorio sobre el reparto justo de la riqueza?

Tecnalia es el centro tecnológico privado más grande de España, por número de empleados y por facturación, y uno de los más importantes a nivel europeo. Desde sus inicios, a mediados del siglo pasado, la mayoría de los centros que posteriormente se fueron incorporando bajo la marca Tecnalia nacieron por iniciativa de la industria vasca. Tecnalia no se puede entender desligada de la industria que, por otra parte, ha sido históricamente la principal fuente de riqueza y de prosperidad en este país.

Las tecnologías que Tecnalia desarrolla y transfiere al tejido productivo -nanotecnología, renovables, tecnologías de fabricación avanzada, ciberseguridad, biotecnología, etc- están estrechamente ligadas a la industria y a la estrategia de especialización inteligente de Euskadi, y también son la base de soluciones que buscan dar respuesta a los grandes objetivos de desarrollo sostenible como el envejecimiento saludable, el cambio climático o la búsqueda de un modelo energético más sostenible.

Sin embargo, la tecnología, la estrategia y la industria no funcionan si no existe demanda. No se puede transformar el mundo sin las personas, no se puede innovar si la sociedad nos da la espalda. Solo a través de un compromiso social completo, se puede conseguir un tejido productivo sólido, que demande tecnología puntera y que cree riqueza y crecimiento económico. Y no hay compromiso social si no existe justicia social, por eso Tecnalia participa en ToShare y está comprometida con un reparto justo de la riqueza.

2. ¿Por qué la acumulación de riqueza y la consiguiente desigualdad que genera son un problema?

La desigualdad social trae consigo una batería de problemas de sobra conocidos: pobreza, problemas de salud, infelicidad, mayores tasas de delincuencia, menor esperanza de vida…

rompe el sentimiento de comunidad, la sensación de pertenecer a un mismo territorio y de compartir una historia y una cultura. Si el problema que más te preocupa es que la wifi te llegue a todas las habitaciones de tu enorme mansión de la playa, y el problema que más me preocupa a mí es cómo voy a poner un plato de comida en la mesa de mis hijos esta noche, difícilmente nos vamos a poner de acuerdo sobre lo que es importante para el país y hacia dónde tenemos que dirigir nuestros esfuerzos.

El descontento derivado de la desigualdad se refleja en algunos aspectos que no nos son ajenos ahora mismo, como la desinformación y los bulos, los discursos populistas que se nutren del enfrentamiento, del conflicto social y de señalar culpables: el inmigrante, el que recibe ayudas sociales, el que tiene aún menos que nosotros. La desigualdad nos lleva a una lucha de pobres contra pobres y a tomar las decisiones desde el miedo, que es el peor estado de ánimo para tomar decisiones.

Más allá de las consideraciones éticas y morales, la desigualdad es un problema porque sin justicia social no hay cohesión ni sentimiento de país, y sin cohesión es imposible la prosperidad y el crecimiento económico.

3. ¿Cuáles son las soluciones planteadas?

Lo primero es reconocer que cuando hablamos de desigualdad social no estamos hablando de fantasmas, de cosas que les ocurren a otros. Aunque somos una de las regiones de Europa mejor posicionadas en términos de igualdad social, el reciente informe de ISEAK “Pobreza y desigualdad en Euskadi” revela un incremento de la desigualdad desde la crisis de 2008 hasta hoy, que la crisis del Covid-19 no ha hecho sino agudizar.

La única forma de librarnos de esto es creando empleo, pero no cualquier tipo de empleo. Existe mucha pobreza con empleo precario, con trabajos inestables que tienen remuneraciones que no permiten vivir con dignidad. Lo que necesitamos es crear empleo de alto valor añadido, con sueldos altos y estable. Y este tipo de empleo se da en la industria y en los servicios intensivos en conocimiento (como las ingenierías, servicios de telecomunicaciones o consultoría).

La industria no solo es el sector que paga mejores salarios (en Euskadi el salario medio es seis mil euros más alto que el de los servicios), sino que además es el que tiene mayores niveles de productividad, y el que tiene una relación más estrecha no solo con el resto de sectores, sino también y sobre todo, con la ciencia y la tecnología, lo que lo convierte en el sector con mayores probabilidades de explotar el conocimiento y convertirlo en soluciones para los retos globales: vacunas, pueblos y calles seguras, alimentos saludables, fuentes de energía sostenibles,

Los empleos estables y los salarios altos, unidos a una fiscalidad justa y a una gestión pública responsable y transparente, son la vía para garantizar servicios públicos universales y de calidad, lo que nos permite cerrar el círculo del bienestar porque garantizamos que haya igualdad de oportunidades para todos, y no solo para los que pueden pagar. Con una industria intensiva en innovación no solo estamos proporcionando estabilidad a las personas vinculadas a este sector, sino también a las que trabajan en el resto de los sectores, incluyendo la ciencia, y a través de la fiscalidad, al conjunto de la sociedad.

Hablamos de fiscalidad, de transparencia, de gestión eficiente, de involucración de la ciudadanía en las decisiones, de investigación responsable. En Tecnalia somos muy conscientes de que la tecnología no es suficiente para cambiar las cosas, por eso nos centramos en la búsqueda de soluciones, y lo hacemos en una estrecha colaboración con otros agentes que consideramos esenciales para que estas soluciones lleguen a la ciudadanía: las universidades, las empresas y el sector público son nuestros aliados naturales en el compromiso de hacer de Euskadi una potencia industrial, pero también y sobre todo el mejor sitio para trabajar y para tener un proyecto de vida digno y satisfactorio para todos y para todas.

El avance de la Inteligencia Artificial: más vale enemigo listo que amigo tonto

Me han contado un chiste buenísimo sobre un experto al que le preguntan cuál va a ser la tecnología que cambiará nuestro futuro. El tipo, muy seguro de sí mismo, alza un dedo y exclama: ¡Blockchain, el Blockchain lo va a cambiar todo! Y, ¿puede usted explicarnos un poco más qué es eso del Blockchain? Ehhh…bueno…-responde el experto- sí…ehhh…¡también está la IA!

También está la IA. Pues sí. Hay que apostar por IA. Los chinos van a liderar la IA. Últimamente todas las conversaciones que tengo giran en torno a la IA. Y a los chinos. Y a la apuesta de los chinos por la IA. Y a tirarnos de los pelos porque nosotros no hacemos IA. Nadie especifica muy bien si lo que tenemos que hacer es crear una Nekane que le haga la competencia a las posibilidades que ofrece esta divertida Alexa, o un Patxi que además de saltar los troncos como Atlas, los corte y los apile para el fuego bajo.

En cualquier caso, como el experto del chiste, nos venimos arriba. Hagamos que los algoritmos hagan de Minority Report una realidad y adivinen quién va a delinquir. Hagamos que contraten y que despidan. Que decidan quién merece un crédito y quién no. No se nos ocurre pensar que los algoritmos son como los hijos. Les puedes gritar cien veces que se pongan el pijama y no te escucharán, pero como digas “puta mierda” en voz bajita y con la cabeza metida en un armario, ellos te oirán y lo repetirán delante de todo el mundo durante semanas. En su artículo de 2011, “The ethics of artificial intelligence”, Bostrom y Yudkowsky ya apuntan a la casi imposibilidad de entender exactamente por qué un algoritmo se decanta por una decisión o por otra, especialmente cuando está basado en redes neuronales o en algoritmos genéticos evolutivos. Puede ser que el algoritmo te deniegue un crédito porque asocia tu dirección con un nivel económico bajo, o tu nombre con una probabilidad mayor de sufrir un ataque al corazón. Nunca lo sabrás. Como ya anticipó Jean de la Fontaine en pleno siglo XVII: “rien n’est si dangereux qu’un ignorant ami; mieux vaudrait un sage ennemi.” Más vale un enemigo listo que un amigo tonto.

Pero sabiendo esto, tal vez podríamos eliminar los sesgos y, entonces, libres de los prejuicios que les legamos, y con acceso a toda la información imaginable, ¿por qué no dejar que gobiernen los algoritmos? La idea no es mía, lo confieso. Pero en los últimos tiempos la he oído varias veces, y siempre de boca de entusiastas tecnólogos. Para mí, esto es la versión 4.0 de las caras de aburrimiento que veo en muchos ingenieros frente a las ciencias sociales. Eso para qué vale. Para qué nos valen los estrategas en un entorno VUCA, donde la estrategia que dura más de un año es una estrategia vieja, donde no se puede planificar porque la velocidad del cambio es exponencial y somos incapaces de ver lo que nos viene. Para qué queremos gobierno cuando tenemos datos que nos dicen todo lo que queremos saber sobre las personas.

En su artículo de 2003, “Ethical issues in advanced artificial intelligence”, Bostrom argumenta que una IA cuyo objetivo fuera maximizar la producción de pisapapeles terminaría en última instancia por consumir todas las materias primas a su alcance para lograr su objetivo, hasta terminar con la vida en la Tierra. Un ejemplo similar sería una IA cuyo principal objetivo fuera erradicar el cáncer de la forma más rápida y eficiente posible que es, por supuesto, aniquilar a toda la humanidad. Como dice Yudkowsky en su artículo “AI as a positive and negative factor in global risk”  del año 2008: “la naturaleza no es cruel, simplemente es indiferente”.

Y aunque una superinteligencia no nos matara para erradicar el cáncer o para llenar el mundo de pisapapeles, todavía seguirían existiendo riesgos fundamentales. En su libro de 2015 “Homo Deus”, Harari ya apunta sobre la posibilidad de que, a medida que la inteligencia artificial tome el mando de las tareas más mecánicas (e incluso de otras tareas que no lo sean tanto), habrá una clase de humanos que no aportarán ningún valor productivo al conjunto de la sociedad y, por tanto, resultarán prescindibles. Algunas teorías, como la defendida por Rutger Bregman en su libro “Utopía para realistas” de 2016, apuntan a la renta básica universal como una solución para que estas personas puedan seguir formando parte de la sociedad de una forma digna. Sin embargo, con la lógica de la IA que cura el cáncer a las bravas, ¿por qué íbamos a gastar recursos en personas que no aportan nada a la sociedad? ¿por qué pagarle una sanidad universal, una educación universal a alguien que es perfectamente prescindible?

Puede que la singularidad que explica Ray Kurzweil esté más cerca que nunca pero hoy por hoy seguimos siendo los seres más inteligentes del planeta. No podemos diseñar máquinas que no compartan nuestros valores humanos y filantrópicos. No podemos poner en manos artificiales la gobernanza de nuestras vidas. Y si es un paso inevitable en la evolución humana, al menos deberíamos asegurarnos de que, antes de hacerlo, los nuevos Homo Deus comparten con nosotros los valores básicos que nos hacen ser quienes somos y que constituyen la esencia del ser humano.

Comparto con vosotros esta reflexión de Irving John Good, de 1966, recogida en su libro “Speculations concerning the first ultraintelligent machine”: “Definamos una máquina ultrainteligente como una máquina capaz de sobrepasar todas las actividades intelectuales de cualquier hombre, independientemente de lo inteligente que ese hombre sea. Dado que el diseño de las máquinas es una de esas actividades intelectuales, una máquina así podría diseñar máquinas todavía mejores que ella. Entonces se produciría una explosión de inteligencia, y la inteligencia del hombre sería dejada muy atrás. Por eso la primera máquina ultrainteligente es el último invento que el hombre tendrá que hacer”.

Cuando los robots no son inteligentes…y los diseñadores tampoco

Esa bolita gris que duerme plácidamente encima de mi ordenador del trabajo y que recibe con una sonrisa felina a todo el que quiera entrar en este blog, se llama Casper. Él y su hermano llegaron a mi vida hace 7 y 8 años respectivamente, llenándola de amor…y de pelos. Muchos, muchísimos pelos. 
 
Es lo que tienen los gatos. Y cuando el tema se fue complicando y además de los dos felinos llegaron dos cachorros humanos, me di cuenta de que con dos manos lo tenía crudo para gestionar mascotas, familia y trabajo. Así que tomé algunas medidas, como por ejemplo, hacer alarde de mi pasión por la tecnología y comprarme una Roomba.
Junto con Hiro y los bichos aterradores de Boston Dynamics, Roomba es uno de mis robots favoritos. Roomba es una creación del Massachusetts Institute of Technology (MIT) a través de su spinoff iRobot. La idea de crear un robot aspirador se les ocurrió juntando tres de las áreas en las que trabajaban en aquel momento: juguetes, limpiezas y minas terrestres (recuerda esto la próxima vez que vayas despistado y la pises…) y en los 16 años que lleva en el mercado, ha crecido en prestaciones gracias a sus sensores y a las mejoras de software y de equipamiento. Respecto a las unidades iniciales, las máquinas actuales son capaces de esquivar desniveles, pueden recargarse solas y volver de nuevo al punto de limpieza donde lo dejaron, y hasta se dejan controlar desde el móvil con la aplicación HOME y te dan un informe detalladísimo de la sesión de limpieza. Incluso están haciendo sus pinitos como espía, y se habla de venta de datos a terceras empresas para la investigación en hogares inteligentes.
Pensaba en todo eso el otro día mientras veía por milésima vez a mi Roomba dar trompicones encima de la nueva alfombra del salón, girar como una peonza y finalmente quedarse atascada suplicando que la cambiara de sitio (Move roomba to a new location, then press CLEAN to restart). Estoy acostumbrada a rescatarla cuando se queda atrapada debajo del armario de la habitación de mis hijos, y cuando mete el morro debajo del mueble del salón y ya no puede sacarlo, pero verla temblar sobre la alfombra era una experiencia nueva.
Tengo que reconocer que me costó varios intentos en google para dar con el problema. Asumí (erróneamente) que mi Roomba no podía escalar alfombras, pero sí puede porque se sube a ella sin problemas. Asumí (erróneamente, de nuevo) que mi Roomba se queda atrapada en el pelo de la alfombra, pero mi alfombra es de pelo corto y no hay dónde quedarse atrapada. Y finalmente di con el problema: el problema es que mi alfombra tiene zonas claras y zonas oscuras. Cuando Roomba se acerca a una zona oscura, sus sensores de desnivel interpretan que es un agujero y la máquina se para.
Así que era eso. El bicho podría compartir con el enemigo los planos de mi casa, pero no es capaz de distinguir un hueco de un suelo negro. ¿En serio? Me acordé de los ejemplos que os puse en el post «Mamá, ¿en qué trabajas?, sobre la necesidad de aplicarle sentido común a la tecnología (y sí, políticas de innovación también). O, al menos, ofrecer la opción de activar y desactivar los sensores de desnivel a voluntad.
Pero el caso es que no tenía ningún ingeniero a mano y sí un robot miedoso incapaz de pasar por encima de la alfombra de casa que estadísticamente más pelos recoge (los gatos se pasan la vida en la sala), así que algo había que hacer. Y lo hice. Este es el resultado:
¿Queréis saber cómo lo hice? Si el problema son los sensores de desnivel, lo lógico es desactivarlos. En internet hay un montón de tipos que la gozan haciéndole chapuzas a la Roomba (aquí, aquí), pero tengo la tara de no ser ingeniero, así que no me atreví a destriparla y a juntar los leds para engañar a la máquina. A cambio, probé a tapar los sensores con papel de aluminio para que al emitir la señal, el aluminio la refleje y la máquina crea que puede avanzar sin peligro. En caso de que vosotros también tengáis un robot quintaesencia del glamour tecnológico y el progreso, que se muere de miedo encima de una alfombra negra, os regalo el truco y os paso la foto.
Queda así:

Nunca digas que este robot no será tu jefe…

Los jefes tienen mala prensa. Si no me crees, haz la prueba. Metes en Google “mi jefe es un” y las primeras palabras que te ofrece el buscador son “tirano”, “psicópata”, “explotador” y “capullo”. A elegir. Si los robots te parecen criaturas muy graciosas, te sugiero que eches un vistazo al capítulo Metalhead de Black Mirror y luego al último video que Boston Dynamics ha colgado de su “perrobot”. ¿A que ya no te caen tan bien? La verdad es que, con antecedentes como estos, la idea de un jefe-robot ya nace con serios problemas de marketing. Pero, ¿evolucionamos hacia los jefes-robot? ¿Cuáles son los principales retos de dirección a los que se enfrentan las empresas?
 
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Para empezar, la revolución 4.0 pone patas arriba los modelos de negocio de las empresas tradicionales con cambios en las tecnologías, en los procesos y en las formas de interacción a lo largo de la cadena de valor. Cambia la relación entre los niveles ejecutivos y operativo, con una mayor interacción que facilita la transmisión de conocimiento entre los “trabajadores” y los “jefes”. Se crea un delicado equilibrio entre la automatización de las plantas y la personalización de la demanda para mantener la entrega satisfactoria de productos de calidad. Además, hay que absorber nuevos conceptos que los directivos tradicionales ni se planteaban, como servitización, big data y gestión de riesgos asociados a ciberseguridad, o lidiar con nuevas estructuras organizacionales, culturas digitales, impactos sociales o factores medioambientales. Todo esto sin perder de vista que el modelo de negocio resultante tiene que arropar una propuesta de valor innovadora, diferencial y atractiva para el mercado.
Buscar a las personas adecuadas para trabajar tampoco será una tarea fácil para el directivo 4.0. Hemos hablado largo y tendido de los empleos del futuro, de los nuevos perfiles que se demandan y también hemos dicho que deberíamos poner el foco más en cuál será la nueva estructura de empleo y menos en cuántos empleos se van a destruir. La gran amenaza para el empleo no son los robots, sino la incapacidad de ser competitivos y, en ese sentido, es fundamental que el sector empresarial mantenga una buena comunicación con el sistema educativo y también con el sistema tecnológico. Los directivos (algunos los llaman ya tecnománagers) pasan de ser “gestores de personas” a ser “gestores de personas y máquinas”, en un entorno de trabajo tecnológico en el que la dimensión humana cobra una especial importancia (human-centered workplace) y donde la transparencia y la comunicación son factores clave para mejorar la productividad, reducir la rotación de personal, optimizar los costes e innovar.
A estas alturas, decir que el directivo del futuro tiene que apostar por la colaboración es una obviedad. Eso lo saben hasta los robots o, mejor dicho, los cobots, robots colaborativos que trabajan compartiendo el espacio con los humanos, y que plantean un desafío enorme para los empleados y para los directivos. No se trata solo del miedo a que los robots nos quiten el trabajo, ahora también hay que gestionar el miedo a que nos pisen, nos corten o nos atrapen. Y hay que gestionarlo porque los cobots vienen para quedarse. Se dice que, para el 2025, los cobots serán el 34% de la venta total de robots y, aunque hay un baile importante de cifras cuando se trata de estimar el mercado, todas las fuentes hablan de varios billones. Aunque empresas como Nissan, BMW o Ford hace tiempo que gestionan máquinas y personas trabajando juntas en las líneas de montaje, todavía hay trabajo por hacer para que la colaboración entre humanos y máquinas sea todo lo fluida que debería. Hay estudios recientes que demuestran que no solamente los humanos les ponemos cara rara a nuestros compañeros metálicos, sino que, además, la cara que les ponemos es diferente dependiendo de si somos jóvenes o ancianos, o si venimos de Asia, Europa o América. Ni en eso nos ponemos de acuerdo.
Por otro lado, la regulación va a ser el gran quebradero de cabeza para los directivos de las empresas 4.0 en los próximos años. Y además desde varios puntos de vista. Está, por ejemplo, la legislación que afecta a los robots, que ahora mismo va muy avanzada en países como Estados Unidos, Japón y Corea del Sur y que en Europa se debate en torno a dos cuestiones: cuándo hay que regular y con qué intensidad hay que hacerlo. Tampoco se puede perder de vista cómo va a evolucionar la legislación que regula el acceso, la fiabilidad y la propiedad de los datos, o la protección de los activos intangibles, que son fundamentales para la propuesta de valor de las empresas 4.0. Y luego está la gestión de las sorpresas de última hora, como que a alguien se le ocurra gravar el uso de la tecnología en las empresas para compensar el descenso de la recaudación por rentas del trabajo.
Si te parece ciencia-ficción que una máquina pueda gestionar todos estos retos, deberías echarle un vistazo a estas declaraciones del político británico Philip Hammond augurando un gobierno gestionado por robots para el año 2030, o a estas otras del CEO de Alibaba que piensa que en 30 años la cara que adornará la portada del Time Magazine como mejor CEO del año será una cara de robot.
Cuando el río suena, agua lleva. Y ya que hablamos de agua, nunca digas de esta agua no beberé ni este robot nunca será mi jefe. Por si las moscas.

"Mamá, ¿en qué trabajas?" La pesadilla de una investigadora en políticas de innovación

No hay nada más feo que mentir. Excepto quizá, mentirle a un niño. Si en lugar de un niño son dieciocho niños, lo mío no tiene nombre. ¿Cómo he podido caer tan bajo?

La cosa empezó de la forma más inocente. Mi hijo de 5 años salió del cole un viernes por la tarde con deberes para el fin de semana: “tenemos que poner una foto de tu trabajo y explicárselo a todos los de clase. ¿En qué trabajas, mamá?”

“¿En qué trabajas?” es una pregunta que para mí está a la altura de: ¿eres del Athletic o del Alavés? Nunca sé qué contestar. Y cuando digo que soy investigadora o que trabajo en políticas me enfrento a preguntas cómo: ¿en serio, eres detective? O mejor aún: ¿qué opinas de Rajoy?. 

Pero aquí no había escapatoria. Así que me senté con mi hijo y pensé en la forma más amable de explicarle que trabajo ayudando a que la tecnología llegue al mercado en forma de nuevos productos y nuevos servicios que creen riqueza y mejoren las condiciones de vida de la gente. Y como fui incapaz, terminé diciéndole que mamá trabaja con un robot que se llama Hiro y que tiene cámaras en los ojos. Y aunque es verdad que en mi empresa hay un robot así, también es verdad que no nos conocemos de nada. Que fue una maldita mentira.

Explicar lo que hago es complicado cuando el interlocutor es un niño de 5 años, pero también cuando es un ingeniero de 50. Especialmente. Porque un ingeniero (o un químico, un físico, un informático, un matemático cualquier otro profesional susceptible de generar un producto nuevo que pueda tocarse) tienden a pensar que las políticas de innovación son una chorrada. Tal cual. Un añadido de sus proyectos que pueden cubrir diciendo cuatro obviedades mientras piensan en cómo solventar los problemas técnicos de su maravilloso cacharro. 

Pero las políticas de innovación son importantes. De hecho, son fundamentales para que las tecnologías innovadoras lleguen al mercado y se conviertan en una realidad. Porque que una tecnología sea un éxito o caiga en el más absoluto ostracismo no está siempre vinculado a su grado de brillantez. En su libro “The Wide Lens”, Ron Adner analiza el ejemplo de los neumáticos run-flat, lanzados por Michelin en la década de los 90. Los run-flat estaban basados en el sistema PAX que permitía que el vehículo pudiera seguir rodando en caso de pinchar una rueda. Se acabaron los pinchazos, las grúas y las esperas al borde de la carretera enfundados en un horrible chaleco fosforito. ¿Qué conductor iba a resistirse a equipar su coche con un sistema así? En 2007, Michelín anunció formalmente la retirada del sistema PAX por falta de demanda. ¿Falló la tecnología? No, la tecnología era brillante. Lo que falló fue la relación con el ecosistema. Resulta que nadie se molestó en asegurar que hubiera suficientes estaciones de servicio donde se pudieran reparar los neumáticos con sistema PAX, así que en muchas ocasiones los conductores tenían que comprar ruedas nuevas que, encima, eran más caras que las tradicionales. 

Más. En 2006 la farmacéutica Pfizer lanzó al mercado una tecnología brillante: la insulina inhalable, comercializada bajo el nombre deExubera. Adiós a los pinchazos de insulina y con la ventaja añadida de que, al ser menos invasiva la administración, los enfermos asumían antes la enfermedad, empezaban antes el tratamiento y le ahorraban a la administración pública una fortuna. Pfizer no tardó ni un año en retirarla del mercado. ¿Sabéis por qué? Porque al aprobarla, la agencia responsable incluyó como requisito que todos los pacientes se hicieran un test pulmonar para asegurar que su organismo podía absorber la insulina de forma correcta. Al principio, cada seis meses y luego cada año. El problema es que los endocrinos no hacen test pulmonares, así que el paciente llegaba al endocrino, este le derivaba al laboratorio, el laboratorio le volvía a enviar al endocrino, en el proceso se pasaban varios meses y el seguro médico tenía que pagar dos consultas de endocrino en lugar de una. Ni los pacientes ni los endocrinos se podían permitir semejante retraso, así que Exubera dejó ser atractiva y tuvo que ser retirada del mercado. ¿Un problema tecnológico? No, la tecnología era impecable. Pero nadie pensó en la regulación. 

En 2013, la Comisión Europea lanzó el proyecto Human Brain para darle un empujón al sector de la neurociencia y mejorar nuestro conocimiento de cómo funciona el cerebro humano. Se montó un proyecto de cooperación que involucraba a 116 socios de 19 países diferentes. Se juntó a las mejores mentes de Europa en bioinformática, simulación computacional, software, educación, bases de datos, genética, ciencia cognitiva y muchos más campos. Se dotó al proyecto de mil millones de euros a repartir en 10 años. Mil millones. En menos de un año, 800 científicos se plantaron y escribieron una carta amenazando con boicotear el proyecto si la Comisión no tomaba cartas en el asunto y cambiaba el rumbo. ¿Falló la tecnología? Pues no. Se quejaron de la gobernanza del proyecto, de la forma de gestionarlo. Dijeron que era caótico, complejo y opaco. De nuevo, todo el esfuerzo se centró en desarrollar tecnología sin pensar en que es fundamental contar con unas condiciones de entorno que faciliten que todo el esfuerzo realizado por los tecnólogos tenga un impacto real.

He aprendido la lección. A mi hija pequeña le faltan dos años para llegar a casa con la famosa hoja de los trabajos. Para entonces ya estaré preparada. Cuando mi hija me pregunte: ¿en qué trabajas, mamá?, le diré: “trabajo con ingenieros super listos que hacen robots tan chulos (y terroríficos) como este. Mi trabajo es hacer que esos robots sirvan para algo, y no se queden en un cuarto oscuro sujetando las escobas”.