Mirar más allá de las barreras: cómo diseñar una estrategia para Europa en un entorno hostil.

Cuando saltas un obstáculo a caballo hay una regla no escrita que aprendes más pronto que tarde: si miras el obstáculo, te lo comes. Tienes que entrar con el caballo recto, buen asiento y mirando más allá de las barras. Si eres creyente tienes el tiempo justo de un avemaría rapidito. Justo antes de saltar hay un momento en el que lo que tienes que hacer es no molestar. Preparas bien la entrada y confías en que el caballo sabe lo que tiene que hacer. Spoiler: en este momento el caballo puede decidir que él no salta…pero tú sí. Ahí hay poco que puedas hacer. Volar también tiene su encanto.

Luego viene un momento de euforia. La ingravidez del salto y la sensación de comprobar que el caballo sigue debajo de ti y la barra no se ha movido. Las caídas más artísticas de mi vida las he tenido en ese momento. Te sale una sonrisa de triunfo, el caballo se emociona y sale disparado (se llama irse de cañas y no, no tiene nada que ver con salir de tardeo) y antes de que te des cuenta tu sonrisa arrogante está estampada en la arena de la pista.  

Los caballos pueden oír los latidos de tu corazón a más de un metro de distancia. Si tienes miedo, el caballo lo sabe. Luego ya lo que haga con esa información depende del caballo. Igual le das pena y decide portarse bien, o igual le hace gracia y te lleva de microinfarto en microinfarto hasta que acabe la sesión. Eso ya depende de tu velocidad al rezar avemarías y de la conexión que tengas con el altísimo. Tengo una amiga que dice que, si al bajarte del caballo no te has muerto y no has llorado, vete contenta que te ha salido una clase estupenda.

Os preguntaréis qué necesidad tengo de hacer esto. Yo me lo pregunto a menudo. El caso es que, a pesar del miedo, a pesar de las caídas ridículas y a pesar del dolor, esto merece la pena. Tiene algo de mágico. Y de inspirador.

Con las políticas me pasa lo mismo, que a pesar de lo frustrante que resulta a veces tratar de cambiar las cosas a golpe de estrategia, en el fondo se que merece la pena. En realidad llevo años pensando en políticas industriales. En su utilidad y en cómo sacar todo el potencial de ellas. Llevo meses actualizando reflexiones porque de un día para otro aparecen aranceles, se inventan DeepSeek, los estados unitarios retan a las democracias y hasta hay quien viene a cuestionar la nuestra sin tapujos en un ejercicio insólito de hipocresía y falta de diplomacia políticasi la democracia europea ha sobrevivido a 10 años de Greta Thunberg, vosotros, los europeos, sobreviviréis a unos meses de Elon Musk»). No sabemos qué pasará con las elecciones en Alemania este domingo. No sabemos con qué idea descabellada se despertará mañana el presidente del país más poderoso del mundo. No sabemos qué pasará con Rusia y el baile de lealtades de los Estados Miembros. No sabemos si todos nuestros esfuerzos por desarrollar tecnologías como la IA acabarán en un desastre social que nos aboque a un tecnofeudalismo y a una dictadura de facto. Como en el caso del caballo, no importa lo mucho que crees que sabes sobre el tema, la realidad es que hay tantos factores que no puedes controlar que, a veces, solo te queda agarrarte y rezar para que tu estrategia funcione.

Como en un recorrido de saltos, aquí también las barras se acumulan. Y, aunque en Europa hemos llamado a nuestra estrategia Brújula de la Competitividad, tengo la impresión de que estamos tomando las medidas mirando hacia los obstáculos, y no al horizonte que podríamos alcanzar. Se ha hecho viejo el chiste de que mientras en Estados Unidos y en China impulsan empresas de tecnología puntera, en Europa regulamos los tapones de las botellas. No es que esté del todo de acuerdo con esa frase, pero lo que no se puede discutir es que Estados Unidos y China son un país y nosotros somos 27, con 27 realidades diferentes, con 27 paquetes de intereses distintos, y con soluciones como el Régimen 28º que sigue adelante a golpe de Working Group y que, como casi todo en esta vieja Europa, presenta indicios de que va para largo hasta ofrecer algún resultado útil. Saltamos las barras una a una y no tenemos una visión de todo el recorrido. Con ese enfoque, podemos salvar algunas, pero será cuestión de tiempo que acabemos mordiendo la arena.

No podemos enfrentar un recorrido con tantos saltos sin tener la posición preparada, sin tener Autonomía Estratégica y Seguridad Económica. Somos dependientes en tecnologías fundamentales como los semiconductores y también en áreas estratégicas clave como el suministro de energía. Estados Unidos ya se ha puesto las pilas con el control de las exportaciones de tecnologías que consideran críticas para su país. Aquí seguimos con las recomendaciones para que los Estados Miembros revisen. Seguimos atrapados en la trampa de la tecnología media con tasas de productividad por debajo de nuestros competidores en lo que Luc Soete denomina un estado de somnolencia económica y que, en consonancia con lo que manifiesta Draghi en su informe, tiene su origen en la fragmentación tanto de la financiación como de las prioridades, que decidimos cada país por nuestra cuenta. Sabemos que la tecnología es fundamental para tener una posición sólida: de las 10 empresas de mayor financiero del mundo, 9 son tecnológicas pero ninguna de ellas es europea. China tiene 8 veces más empresas unicornio que Europa, y Estados Unidos nos triplica. Europa está rezagada en tecnologías de la familia de la IA o las IoT, muchas de ellas fuertemente vinculadas a defensa, lo que supone una vulnerabilidad añadida frente a terceros.

Para salvar esta prueba es fundamental no apartar la mirada del objetivo: reducir la brecha de innovación con Estados Unidos y con China y, si es posible, superarles. ¿Y cómo se hace eso? Menos burocracia, regulación controlada, más apuesta por la I+D+i (tenemos una gran oportunidad con el próximo Programa Marco), mayor coordinación entre administraciones y entre lo público y lo privado, políticas uniformes en los diferentes Estados Miembros, optimización de los recursos disponibles en los diferentes sistemas de innovación, más inversión y más especializada, mayor alineación entre políticas de innovación y políticas industriales, más infraestructuras tecnológicas para llevar las innovaciones al mercado.

¿Qué pasa con el miedo? El miedo es libre. Pero los caballos no son los únicos animales que lo huelen. Es importante ofrecer una imagen de seguridad, de fortaleza. Tomar decisiones serenas y firmes, y no dudar. Estamos viviendo un periodo de cambios e innovaciones que nunca antes se había vivido. No es fácil hacer política en este contexto. Así que es fundamental que sepamos elegir quiénes nos lideran. No es momento de amiguismos y sí de meritocracia. En tiempos inciertos escuchemos las voces de los que saben. O como dirían los amantes de los equinos: » para el caballo nuevo, jinete viejo».