De cómo incordiar innovando



Lunes, País Vasco; Martes, Avignon (Francia); Miércoles, Verona (Italia); Jueves, Fazana (Croacia); Viernes por la noche: mi Visa bloqueada.

Son las once de la noche. Estoy en un restaurante a dos mil kilómetros de mi casa, sin hablar una palabra de Croata y delante de un camarero que me devuelve la tarjeta porque no funciona y me mira de forma sospechosa. Mientras le pongo cara de buena, la persona al otro lado del teléfono me responde impasible que mi tarjeta registra movimientos en varios países diferentes en pocos días y que la han bloqueado por mi seguridad. Así, sin más. Porque ellos lo valen…
Hemos pasado de la producción de productos y servicios para un consumo de masas, a un mercado «a la carta», en un intento de personalizar la relación con el cliente para poder cubrir sus necesidades específicas. Dicho de otra manera: antes se producían bienes y servicios para el consumo de masas y ahora se crean necesidades que los clientes no tenían y se le ofrecen soluciones personalizadas para cubrir esas necesidades que realmente no tienen pero que creen que sí (seamos sinceros, ¿de verdad necesitamos un ipod con radio incorporada y además un teléfono móvil con la misma radio y que encima saca fotos y además una cámara de fotos digital que saca las mismas fotos que el móvil, quién a su vez nos permite escuchar la misma radio que el ipod?…¿de verdad?)
La producción en masa personalizada (mass customization) ya viene dando guerra como concepto desde 1987, cuando fue acuñada por Stanley Davis en su trabajo «Future Perfect». En muchas ocasiones la producción personalizada es la respuesta de las empresas a la necesidad de buscar nuevos «océanos azules» en un intento de encontrar nuevos nichos de mercado que les permita librarse de las luchas encarnizadas con la competencia en el mismo nicho de mercado a costa de reducir los márgenes de beneficio al límite. La especialización se convierte en este caso en un arma de crecimiento y supervivencia, abandonando las economías de escala para adelantarse a las necesidades de los consumidores. Adaptarse o morir.
Hay varias ventajas obvias de este tipo de especialización personalizada. En primer lugar la posibilidad de diferenciarse a través de la individualidad: los productos creados para un consumidor específico no suelen entrar en guerras de precios y permiten márgenes comerciales más amplios que aquellos dirigidos a un público general. Además, el conocimiento directo de las necesidades del consumidor hace que el producto responda más eficientemente a lo que éste desea y reduce la posibilidad de que se acabe acumulando en stocks interminables con los costes directos e indirectos que conlleva el almacenamiento.
Probablemente una de las ventajas más obvias y también más importante es la fidelización del cliente, en tanto que una relación más personalizada implica un mayor conocimiento del cliente y una posibilidad más alta de que se quede con esa empresa y no tenga tentaciones de acudir a la competencia. En su lado más amable, esta relación «de aprendizaje mutuo» permite que el grado de satisfacción de la empresa y del cliente sea mayor y como ventaja colateral, abre la puerta a la posibilidad de ofrecer nuevos productos y servicios que tengan una alta probabilidad de adecuarse a los gustos de ese cliente, y por tanto una alta probabilidad de ser vendidos. Además, disminuyen los incentivos por parte del usuario de buscar un nuevo proveedor y tener que reiniciar el proceso de conocimiento mutuo. Es un proceso de optimización continuada. Innovación pura y dura.
Así que he descubierto que mi problema con mi banco no es en realidad un problema: es un proceso de optimización creativa y sistemática. Mi banco es un banco innovador que asume que dejarme sin fondos cuando viajo me hace feliz, asume que activarme una tarjeta que no he pedido y cobrarme una pasta por ella me hace feliz, asume que llamarme todos los días a media tarde para ofrecerme un crédito maravilloso que tampoco necesito me hace feliz. Mi banco me llama «Doña Eva» una media de siete veces por minuto cuando llamo por teléfono para quejarme de todas estas cosas y me dice que todo lo que hace, lo hace para darme un servicio mejor. Y yo tengo que morderme la lengua para no decirle: «Don Banco, por favor, deje de incordiar…digo…de innovar».

Kiss crisis good bye

 
 

Durante la crisis de principios de los años 90 la venta de barras de labios creció un 10% y tras el 11-S este indicador prácticamente se duplicó. Se llama «efecto lipstick» y sostiene que a medida que se aproxima una crisis económica y aumenta la incertidumbre sobre el futuro, las ventas de barras de labios se disparan. En España el año pasado el consumo de barras de labios aumentó un 6% y marcas como L’Oreal o Maybelline New York crecieron por encima de la media del mercado. Está claro: la crisis se ha pintado la boquita de carmín y ha llegado a Euskadi-Made-In para contarlo. Y nosotros con estos pelos.

Aunque en 2008 la CAPV ha sido una de las dos únicas comunidades autónomas con crecimiento de la industria (la otra ha sido Navarra) y la fortaleza de nuestro tejido industrial nos ha dado un pequeño respiro frente al resto del país, casi nadie se cuestiona ya la realidad de la crisis. En el último trimestre del año pasado comenzaron los primeros indicios de destrucción de empleo en Euskadi y el PIB se contrajo casi un 1,1% respecto al trimestre anterior.  Las voces convencidas de que la crisis nunca iba a llegar aquí cada vez hablan más bajito, nos ha pillado tan descuidados que no sabemos muy bien ni cómo ha sido ni qué tipo de crisis estamos viviendo, ni cómo saldremos de ella. 
1. ¡Queremos hacerlo!…
Decía el Gran Maestro ruso Savielly Tartakower que táctica es saber qué hacer cuando hay algo que hacer y estrategia es saber qué hacer cuando no se puede hacer nada. Teniendo en cuenta la situación de los mercados financieros, el número de países que están en recesión (y los que se le añadirán durante este año),  y las noticias que invaden nuestros periódicos cada mañana anunciando nuevos expedientes de regulación, parece que existe un riesgo real de que las empresas vascas centren sus recursos y sus esfuerzos en solventar problemas de primera necesidad directamente relacionados con su actividad productiva, descuidando su compromiso con la actividad de I+D; existe un riesgo real por tanto de que el tejido empresarial vasco dé un paso atrás en relación a su actividad de I+D. O dicho de una forma más clara: es el momento de pensar en una buena estrategia.
Lo primero que necesita una estrategia es una razón de ser, un objetivo; y el objetivo en este caso es generar valor añadido de forma intensiva, que repercuta y active todas las dimensiones que conforman nuestra realidad (económica, empresarial, social, etc.) y que venga de la mano de todos los agentes que articulan el sistema científico tecnológico de este país. Queremos hacerlo.
2. ¡podemos hacerlo!…
En  los años 80, agotado el modelo de crecimiento vigente y con el país inmerso en una importante crisis económica y social, Euskadi afrontó su primera gran transformación con una estrategia industrial de largo alcance que apostó por asegurar un contexto macroeconómico estable, mejorar las capacidades microeconómicas y adquirir conocimiento como llave para el crecimiento económico y la competitividad del conjunto del país. ¿Resultado? El PIB creció por encima de la media del Estado, aumentaron los niveles de empleo y se creó una amplia red de estructuras tecnológicas, científicas y culturales que permitieron el surgimiento de un nuevo tejido empresarial más sólido y competitivo en una sociedad con mayores niveles de bienestar.
Ahora tenemos la misma capacidad de superación que teníamos entonces y además contamos con ventajas adicionales: tenemos un sistema de innovación perfectamente estructurado para generar conocimiento y capacidades, y para traducirlos en resultados reales. Recientemente se ha aprobado el traspaso de competencias de I+D+i a Euskadi, lo que significa que podemos asumir las funciones de ordenación, planificación, promoción y fomento de la I+D+I, además de elaborar, aprobar, ejecutar y controlar los programas de I+D+I y coordinar las actividades que se realicen en el ámbito territorial vasco. Esta transferencia supone una minoración del cupo que se traduce en un importante incremento presupuestario para dedicar a la I+D+i. Tenemos por tanto la capacidad, la competencia y los recursos. Podemos hacerlo.
3. ¡y vamos a hacerlo!
Si queremos hacerlo y además podemos, hagámoslo. Apostemos por las empresas vascas como elemento central del sistema y como tractor del cambio de todo el país. Expertos como Eli Opper, responsable de gestionar la política de I+D de Israel, aconsejan centrar los esfuerzos en unos pocos sectores clave, tal y como hemos hecho en Euskadi con nanociencias, biociencias, energía y electrónica para transporte inteligente. Sólo focalizando los esfuerzos y los recursos posibilitaremos que el sistema refuerce las capacidades tecnológicas, científicas y humanas en estas áreas y las empresas puedan diversificar su actividad hacia nichos más productivos.   
La I+D+i no es una moda. No es un gasto lujoso para los tiempos de bonanza. La I+D+i es la solución del problema. Si permitimos que las empresas abandonen la apuesta por la innovación para centrarse en técnicas de supervivencia a corto plazo, perderemos todo lo que hemos conseguido y pondremos en grave peligro al tejido empresarial de este país.
Con una visión de futuro sólida y un compromiso firme por parte de todos, reforzaremos la apuesta por la innovación como instrumento de competitividad y borraremos por fin la fea sonrisa pintada de esta crisis.

Maquiavélicamente innovadora



Un oficial británico de la Royal Navy le dijo una vez al marino y corsario francés Barón Robert Surcouf: «En el fondo, lo que nos distingue a nosotros Británicos de ustedes los Franceses, es que nosotros nos batimos por el honor y ustedes se baten por el dinero…». «Es verdad, – le contestó él – cada uno lucha por lo que le falta»
Y es que, se luche por lo que se luche, lo importante de verdad es planificar la batalla. Evaluar bien todas las posibilidades. Y ganar. Ya lo decía Maquiavelo: «El príncipe de los aqueos, tenía entre otros méritos el de que, en los tiempos de paz, no pensaba sino en las cosas que incumben a la guerra, y cuando iba de paseo por la campaña con amigos, a menudo se detenía y discurría así: si el enemigo estuviese en aquella colina y nosotros aquí con nuestro ejército, ¿de quién sería la ventaja?, ¿cómo podríamos ir a su encuentro conservando el orden?. Si quisiéramos retirarnos ¿cómo deberíamos proceder?, ¿y cómo los perseguiríamos si los que se retirasen fuesen ellos?. Y les proponía mientras caminaba todos los casos que pueden presentársele a un ejército, escuchaba sus opiniones, emitía la suya y la justificaba. Y gracias a este continuo razonar, nunca, mientras guió sus ejércitos pudo surgir accidente alguno para el que no tuviese remedio previsto».
«Príncipe» es una obra sobre política y estrategia escrita por Nicolás Maquiavelo para Lorenzo de Medici, que fue publicada por primera vez en 1532. Aunque está pensada para ilustrar la forma de gobernar, mantener y fortalecer un Estado del siglo XVI, ofrece una serie de lecciones muy útiles para una empresa del siglo XXI. Y no deja de ser curioso que los consejos que sirven para ganar guerras, sirvan también para gestionar empresas.
Antes de empezar su actividad, una empresa innovadora necesita, sobre todas las cosas, una estrategia bien definida, resultado de un proceso de reflexión en profundidad, en la que clarifique cuáles son sus retos y cuáles sus metas y su proyección de futuro. Y tiene que tener claros estos conceptos de forma que todas sus decisiones estén dirigidas a lograr los objetivos para los que ha sido creada.
Uno de los elementos clave de la estructura estratégica de la empresa es el conjunto de valores que definen la filosofía de actuación de la misma. Una empresa no es más (ni menos) que el conjunto de las personas que trabajan en ella. Por lo tanto, sus valores corporativos tienen estar orientados a obtener el mayor rendimiento posible de las habilidades y capacidades de todas y cada una de ellas. Cuanto más motivadas estén las personas y más sientan como suyo el proyecto, mejor será el resultado de su actividad y mayor el beneficio de la empresa en su conjunto. «Nunca sucedió que un príncipe desarmase a sus súbditos; por el contrario, los armó cada vez que los encontró desarmados. De este modo las armas del pueblo se convirtieron en las del príncipe». Y pocas situaciones hay más motivadoras que aquéllas que nos permiten desarrollar nuestra creatividad y todo el potencial en lo que mejor sabemos hacer: «El príncipe dará seguridades a los ciudadanos para que puedan dedicarse tranquilamente a sus profesiones, al comercio, a la agricultura y a cualquier otra actividad».
Un valor imprescindible sin el cual no tiene sentido hablar de una empresa innovadora del siglo XXI es el aprendizaje. Importa la formación. Pero importa mucho más la capacidad de aprender, de captar el conocimiento que no tenemos y que permite que nuestra actividad sea aún más eficiente de lo que es: «Esta es la conducta que debe observar un príncipe prudente: no permanecer inactivo nunca en tiempos de paz, sino por el contrario hacer acopio de enseñanzas para valerse de ellas en la adversidad, a fin de que, si la fortuna cambia, lo halle preparado para resistirle».
Fomentar el espíritu emprendedor y la innovación como valores en alza, más allá de que se hayan obtenido o no resultados positivos de la actividad emprendedora, tampoco es una idea que acabemos de inventarnos ahora. Maquiavelo define perfectamente los riesgos y dificultades de una actitud emprendedora. «Debe considerarse que no hay nada más difícil de emprender, ni más dudoso de hacer triunfar, ni más peligroso de manejar que el introducir nuevas leyes. El innovador se transforma en enemigo de todos los que se beneficiaban de las leyes antiguas, y no se granjea sino la amistad tibia de los que se beneficiarían con las nuevas, tibieza cuyo origen es por un lado el temor a los que tienen de su parte a la legislación antigua y por otro lado, la incredulidad de los hombres que nunca fían en las cosas nuevas hasta que ven sus frutos».
Sin embargo, a estas alturas todos tenemos asumido que para que una empresa sea innovadora no es suficiente con que integre en su filosofía los valores propios de la innovación; es necesario además que interiorice la acción de innovar dentro de su actividad, de forma que la innovación se convierta en un proceso sistemático dentro de la empresa. Uno de los elementos clave para que esto suceda es un sistema eficiente de vigilancia del entorno y de la propia situación interna de la empresa, que permita que la misma disponga de toda la información posible sobre sus propias necesidades y las tendencias que marcan la situación de su entorno. Porque únicamente anticipando los problemas es como la empresa tiene la oportunidad de capacitarse y prepararse para hacerles frente de forma eficaz. «Los males que nacen en el Estado cuando se los descubre a tiempo se los cura pronto; pero ya no tienen remedio cuando por no haberlos advertido, se los deja crecer hasta el punto de que todo el mundo los ve».
¿Y un instrumento eficaz de vigilancia? Pues en el siglo XVI Maquiavelo ya postulaba por el benchmarking. «El estudio presenta dos utilidades, primero se aprende a conocer la región donde se vive, después, en virtud del conocimiento de una comarca, se hace más fácil el conocimiento de otra donde sea necesario actuar porque las colinas, los valles, las llanuras, los ríos, tienen cierta similitud con los de las otras provincias, de manera que el conocimiento de los terrenos de una provincia sirve para el de las otras».
Si hay algo que define a una empresa innovadora del siglo XXI y la distingue de otras empresas es la forma en la que gestiona el conocimiento. No se puede hablar de conocimiento sin hablar de personas, porque es en ellas donde el conocimiento reside. Y el conocimiento se genera de dos formas: mediante la experiencia y a través de la nueva información. Una comunicación eficiente y fluida es por tanto un elemento imprescindible en la gestión de las nuevas empresas. «La primera opinión que se tiene del juicio de un príncipe se funda en los hombres que lo rodean y debe interrogarlos sobre todos los tópicos, escuchar sus opiniones. Y con estos consejeros comportarse de tal manera que nadie ignore que será tanto más estimado cuanto más libremente hable».
Sin embargo la información, el conocimiento no viven sólo dentro de nuestra empresa. Están ahí, a nuestro alrededor, en los agentes con los que nos cruzamos en el día a día o, peor aún, en los agentes con los que no tenemos oportunidad de conectar. Por eso las alianzas, la colaboración, son un elemento imprescindible para mejorar nuestra competitividad y reforzar nuestra posición en el mercado. «Un príncipe debe temer que lo ataquen las potencias extranjeras. De éstas se defenderá con buenas armas y buenas alianzas, y siempre tendrá buenas alianzas el que tenga buenas armas».
Las claves del presente están en el pasado, o ya no hay nada nuevo bajo el cielo. En todo caso casi todos los elementos mencionados en los manuales de gestión y recogidos en este artículo son un asunto de sentido común. Aunque a menudo este sea el menos común de los sentidos y, por lo tanto, nunca venga de más una repasadita.
¿Y si a pesar de todo lo anterior, nuestro proyecto empresarial no termina de despegar?. Pues ahora sí, un último y maquiavélico consejo:
«…quien engañe, encontrara siempre quien se deje engañar, todos verán lo que aparenta y pocos lo que es, y estos pocos no se atreverán a ponerse en contra de la mayoría…»

¿Jugamos?

El gordito corre y salta con una agilidad impropia de su constitución física. De vez en cuando se le oye gritar “ooopa” mientras avanza a toda velocidad y yo no paro de balbucear incoherencias: “¿La flor se coge? ¿por qué no se rompe este ladrillo? ¿la tortuga es buena o es mala? ¿y la seta con patas? ¿es buena?. Pero no hay nada que hacer. Acabo de empezar la partida, pero Mario ya está en el suelo, rodeado de estrellitas y una risa tenebrosa anuncia mi derrota mientras una calavera negra cierra la pantalla. Cuando levanto la mirada, me encuentro con la de Lorena – catorce años – que me mira con una mezcla de compasión y fastidio mientras sacude la cabeza y murmura. “Jo, eres un paquete…”
Lo soy, las cosas como son. Las dos nos enfrentamos a un videojuego nuevo y mientras yo no paso de la primera pantalla, ella las va pulverizando todas con una destreza admirable. Decidida a descubrir su secreto, me dedico a observarla mientras ella juega. La veo ensayar combinaciones de teclas antes desconocidas para obligar a Mario a agacharse, a convertirse en otro personaje, a tirar bolas de fuego. “¿Y eso?¿Cómo se te ha ocurrido eso?” Ella encoge los hombros con indiferencia sin apartar los ojos del juego “No sé”.
Después de un rato mirando y preguntando, empiezo a descubrir el secreto. En realidad lo que ella está haciendo es poner en práctica un proceso definido por los teóricos como: “el proceso a través del cual el individuo modifica su comportamiento y desarrolla y adquiere nuevas formas de actuación. El nuevo conocimiento generado se incorpora al modelo mental de la persona y modifica sus reglas de decisión. Esta capacidad se desarrolla cuando los individuos crean una nueva mentalidad, cambian la forma de entender las cosas y afrontan los problemas de una manera distinta a la inicial”. En una palabra: el proceso de aprendizaje, que en el modelo desarrollado por el experto en educación David Kolb se define mediante la sucesión de cuatro acciones concretas: hacer, reflexionar, abstraer y decidir.
La clave que marca la diferencia entre su éxito y mi fracaso es algo tan simple como la capacidad de jugar. Cuando somos niños, todos sabemos jugar. A medida que vamos creciendo, el juego deja de tener tanta importancia hasta que nos hacemos adultos y lo olvidamos completamente. Y con la capacidad de jugar perdemos también la práctica de aprender. El juego nos permite adquirir conocimientos nuevos: descubrimos nuevas texturas cuando somos bebés, aprendemos que existen reglas cuando nos enfrentamos a un parchís, desarrollamos valores como el espíritu de equipo cuando aprendemos a jugar al escondite (¿se acuerdan del famoso “libro por mí y por todos mis compañeros”?). Además, jugar no sólo nos permite conocer cosas nuevas, también nos ayuda a interiorizarlas, de forma que cuando nos enfrentamos a una situación nueva, sabemos aplicar lo que hemos aprendido y encontramos nuevas soluciones.
Resumiendo: innovamos jugando. O jugamos para innovar. En un mundo donde la innovación se ha convertido en la piedra angular del desarrollo, las empresas comienzan a darse cuenta de la importancia de convertir a sus directivos en pequeños exploradores a través de iniciativas que despierten su capacidad de jugar/innovar. Y a la sombra de esta moda se está desarrollando todo un sector de empresas que proporcionan este tipo de servicios de una forma profesional, con una oferta que engloba actividades deportivas, juegos de estrategia y también actividades más tradicionales como el Lego.
Intuyo sin embargo que el tema no debería ir tanto por organizar un fin de semana al año de paint-ball empresarial, sino más bien por integrar la idea dentro de la empresa como una actividad horizontal. El ejemplo más obvio de esta filosofía de jugar para innovar tal vez resida en la empresa Google, que utiliza el juego como herramienta en su actividad diaria, potenciando que los trabajadores desarrollen sus habilidades en un entorno claramente orientado a fomentar la creatividad individual y de equipo. En su proceso de selección, Google propone un acertijo numérico, cuyo resultado es el enlace a una página web donde hay que resolver nuevos problemas para pasar el proceso. Cuando alguien llega al final (la web del departamento de I+D de la empresa) da con un mensaje que dice algo parecido a esto:
“Es más fácil encontrar lo que estás buscando si ese algo te está buscando a ti. Nosotros buscamos los mejores ingenieros del mundo. Y aquí estás tú”.
¿A alguien se le ocurre la forma de entrar más motivada en una empresa?

El espectáculo de la innovación

“Muy interesante lo del pensamiento lateral para decir que hay que hacer algo nuevo de manera creativa y flexible, la pena es que hayas perdido esa bala y no hayas dicho qué se puede hacer, al menos una sugerencia. Nos queda un disparo menos. Igual tenemos que ser más creativos en decir qué hay que hacer y no tanto en dejar evidente que es necesario serlo, que es de perogrullo.”
Recibí esta observación después de haber publicado mi último (y primer) artículo en este blog sobre el pensamiento lateral aplicado a la innovación. Y no puedo menos que reconocer que quién lo escribió, estuvo muy acertado en su observación. No basta con parlotear de innovación como un loro si no se puede aportar un buen ejemplo a las buenas palabras. Este artículo trata de recuperar la bala perdida y quiere ser un agradecimiento para el que lo inspiró con sus observaciones.
Una situación crítica en un mercado o en una industria es casi siempre el detonante que desencadena la necesidad de hacer algo nuevo de manera creativa, la necesidad de redefinir el problema en función de variables diferentes. En su libro «La estrategia del océano azul», Chan Kim ofrece un interesante ejemplo de actitud innovadora en un mercado tradicional. A finales del siglo XX la industria del circo había tocado techo en cuanto a potencial de crecimiento y estaba sumida en una profunda crisis. El atractivo de los espectáculos circenses (un icono para muchas generaciones anteriores) perdía puestos de forma alarmante y se veía incapaz de competir con las nuevas formas de ocio surgidas de la mano de las nuevas tecnologías y la electrónica (la Gameboy, la Nintendo, la Playstation, los parques temáticos…).
En otras palabras, la industria del circo estaba metida en un buen lío. El sentido común pedía a gritos salir corriendo del negocio y apuntarse al carro de las nuevas tendencias y sin embargo, contra todo pronóstico, en esa época de profunda crisis nació el que ha llegado a ser el circo más famoso de la historia reciente: el Circo del Sol.
Tradicionalmente, cuando un agente se plantea cambios en su forma de actuar, tiene que decidir entre aumentar el valor añadido para sus clientes con el consiguiente aumento de costes, o reducir los costes limitando así el valor añadido que ofrece a sus clientes. El Circo del Sol sin embargo optó por una opción radicalmente distinta: aumentó el valor añadido de la oferta al público y redujo los costes innecesarios de los espectáculos circenses. Así, el proceso de reducción de costes empezó eliminando los números con animales (que se encontraban con una oposición cada vez mayor por parte de un sector creciente de la sociedad) y todos los costes asociados a su cuidado: veterinarios, transporte, alimentación, seguros, etc; prescindió de las típicas figuras «estrella» de los circos que no podían competir con los ídolos del cine y del teatro y que suponían un coste mayor para el circo que el promedio del resto del elenco, y finalmente, descartó los espectáculos simultáneos en varias pistas, que suponían un coste mayor y que obligaban al espectador a mantener su atención fija en varios números a la vez
¿Y el valor añadido? La mejora del valor añadido del Circo del Sol hacia sus clientes se basó en una ingeniosa fórmula que alineaba perfectamente cuatro variables estratégicas – la innovación, la utilidad, los precios y los costes – para lograr la diferenciación respecto a sus competidores.
En efecto, para diferenciarse de la competencia, además de la reducción de costes mencionada, el Circo del Sol optó por ofrecer un producto radicalmente distinto del ofrecido por la industria tradicional del circo. Mirándose en el espejo de los espectáculos teatrales (una industria alternativa de su mismo sector), incorporó espectáculos de música y danza, creó producciones múltiples al más puro estilo de Broadway (Quidam, Alegría, Saltimbanco) y articuló cada una de ellas en torno a un tema capaz de integrar todos los espectáculos de la producción con un mismo hilo conductor.
Además, lejos de reducir el precio de las entradas para mejorar su posición competitiva, lo aumentó. Las entradas del Circo del Sol con bastante más caras que la de un circo tradicional. ¿Por qué? Porque aumentando el precio de la entrada, el Circo se situaba al mismo nivel artístico que otros productos alternativos como el teatro, atrayendo a nuevos nichos de clientes (adultos con una capacidad adquisitiva más alta) acostumbrados a asistir a estos espectáculos de calidad.
El golpe de originalidad definitivo vino justo en el sentido contrario: mantener el distintivo típico de un circo tradicional y elevarlo a la categoría de símbolo de calidad y buen gusto. ¿De qué estoy hablando? De la carpa, por supuesto. El Circo del Sol supo ver en la carpa un símbolo del atractivo emocional que la figura del circo tiene para la mayoría de nosotros; la carpa de un circo suele traer recuerdos de magia, de niñez, de algo misterioso y divertido, de la época en la que todavía no habíamos perdido la capacidad de asombrarnos ni la frescura y la espontaneidad de mirarlo todo con ojos nuevos. En realidad la carpa (mucho más cómoda y moderna que las tradicionales) es el anzuelo que apela a nuestros recuerdos, para ofrecernos un espectáculo de calidad capaz de provocarnos la misma reacción que entonces.
En definitiva, el Circo del Sol reúne muchas de las características propias de una estrategia innovadora: diferenciación de la competencia, oferta de nuevos productos, atracción de nuevos clientes, aportación de valor añadido, originalidad y creatividad. Y ahora que nos sabemos la teoría y ya hemos visto el ejemplo, nos queda por hacer la parte más importante: remangarnos y poner en práctica la lección.