Salvemos la I+D

¿Qué pasaría en este país si se recortara un 2% el presupuesto de un equipo de futbol de primera división? ¿Y si además ese recorte hubiera venido precedido de otro recorte el año anterior del 4%?
 
Hace unas semanas estuve en Colombia, en una reunión donde me sentaron al lado de un cheque gigante donde se leía: “Me comprometo a llegar al 1% del PIB en ACTI con al menos el 50% de inversión privada”.
Me recordó a la primera vez en que participé en la asistencia técnica a un plan de ciencia, tecnología e innovación en el País Vasco (allá por 2003), un proceso donde nos planteábamos una meta muy parecida: “nos comprometemos a llegar al 3% del PIB en gasto en I+D para el 2010”. Nos avalaba la Agenda de Lisboa. Nos avalaba un Gobierno, el del Lehendakari Ibarretxe, que había hecho de la innovación, de la ciencia y de la tecnología sus palancas de competitividad, sus pilares para elevar al País Vasco al nivel de las regiones más avanzadas de Europa. Nos avalaban décadas de apoyo al sistema de ciencia y tecnología, una infraestructura potente en la que muchas de las mentes más brillantes de este país habían focalizado su conocimiento y su esfuerzo desde muchos años atrás. Nos avalaba el orgullo de un sistema que año tras año no paraba de mejorar las cifras. Buenos tiempos para la I+D.
Después empezamos a alargar los plazos. El 3% para 2015. El 3% para 2020. Y luego ya dejamos de hablar del 3%. Todos los noviembres desde 2010 empezamos a mirarnos de reojo, con algo de preocupación: ¿no estaremos viviendo de las rentas? La respuesta nos vuelve a dar en plena cara este año: sí. Estábamos viviendo de las rentas. Y las rentas se han terminado. Nos lo confirma un famélico 1,93% de gasto en I+D sobre el PIB que parece burlarse del famoso 3% del que ya preferimos ni hablar.
Eso sí, de nuevo este año volvemos a ser “cabeza de ratón”.
El Instituto Nacional de Estadística nos sitúa en cabeza del gasto en I+D estatal sobre el PIB (como siempre, con una cifra sensiblemente superior a la ofrecida por el Instituto Vasco de Estadística), seguidos de Navarra, Madrid y Cataluña. Recuerdo que hubo una época en la que apenas mirábamos de reojo este indicador, tan ocupados como estábamos de medirnos con los mejores.
En este sentido, Europa nos pone en nuestro sitio: con una media del 2,03 (2,11 si tenemos en cuenta a los países de UE18) nos recuerda que no solamente estamos ralentizando el ritmo, sino que además, cada vez la distancia entre ellos y nosotros es mayor.
Para ser honestos, es verdad que los principales países de referencia en Europa se sostienen sin grandes alegrías: Dinamarca, Alemania, Francia, Austria, dan resultados estables desde 2012 sin grandes incrementos ni caídas, como respuesta defensiva ante la crisis económica global de los últimos años. Eso sí, todos ellos con tasas bastantes más altas que la nuestra.
Tampoco en innovación los resultados de Euskadi son espectaculares. El Índice Altran 2015 nos ofrece un 0.49, ligeramente superior al dato de la Unión Europea (0.43). Y sospecho que probablemente, actualizado a los datos que acaba de publicar Eustat, este índice sería menor (Altran utiliza como referencia un GERD de 2,09 frente al 1,93 actual). Incluso con este bonus, somos una región con capacidad innovadora media que destaca “por el peso del sector servicios de alta tecnología y la elevada proporción de investigadores trabajando en empresas”.
Hablando de empresas, y  teniendo en cuenta que, desde mi punto de vista, ellas son y serán siempre el centro del sistema, hay algunos datos sobre su comportamiento que creo que merece la pena tener en cuenta, más allá del “dato maldito”. Aunque en términos absolutos las empresas están ejecutando menos gasto que en años anteriores, el porcentaje se mantiene en un estable 75% sobre el total, frente al 18% de la Enseñanza Superior y alrededor del 7% de la Administración Pública. También es interesante constatar que ha aumentado el número de empresas que hacen I+D, tanto en el caso de las PYMES como en el caso de las empresas grandes. Y este incremento se ha dado en todos los niveles tecnológicos, aunque predominan las empresas que hacen I+D dentro del sector manufacturero de media-baja tecnología (331) frente a las del media-alta tecnología (284) y alta, que siguen siendo minoría frente a los dos grupos anteriores (55). Sin embargo, el gasto interno en I+D de las empresas continúa disminuyendo siguiendo la tendencia de años anteriores y la partida que muestra una mayor caída es precisamente la de gastos de capital (equipos e instrumentos, sobre todo).
Respecto a la financiación, las empresas siguen siendo las líderes con un porcentaje ligeramente creciente en los últimos años y actualmente en torno al 57% del total. Las administraciones públicas por su parte financian el 32% del total en una tendencia claramente descendente desde 2010.
De nuevo, a nivel global, tampoco tenemos demasiado que decir en este tema. De entre las 1.000 empresas que más invierten en I+D en el mundo en 2015, sólo 8 son españolas y ninguna de ella es vasca. No es únicamente un tema de hacer bulto, también se trata del volumen de inversión. Volkswagen, ella solita, (la primera del ranking) invierte 5 veces más que todas las empresas españolas juntas, 11 veces más de lo que ha invertido Euskadi en 2014.
En un artículo publicado recientemente en su blog, Guillermo Dorronsoro subrayaba el tirón de orejas del Comité de Ciencia y Tecnología del Parlamento de Reino Unido a su Gobierno (a estos no se les ha olvidado el famoso 3%) recordándole que si no se pone las pilas apostando por la I+D, perderá su ventaja competitiva frente al resto de países.
Yo también tenía la esperanza de que este fin de semana aquí la gente se lanzara a la calle y se tirara de los pelos encabezando pancartas con el eslogan: “Salvemos la I+D”. Esperaba encendidas tertulias en las cadenas de radio y televisión llenas de individuos con corbata y semblante grave anticipando los negros presagios que nos aguardan como sigamos por este camino de desinversión y de descreimiento. Pero no. Ni una miserable reseña en el periódico, ni un comentario de pasada en el telediario. Como mucho, algún paracaidista que no tiene mucha idea de qué es esto de la I+D pero que ha visto que se puede usar como arma arrojadiza en época electoral y está a ver si suena la flauta. Y todo ello resumido en la sabiduría de la señora Carmen que me ayuda con la plancha una vez por semana: ¿Recortes en investigación? ¿Y eso para qué es? Ah, lo que trabajas tú, ¿no? Pobrecilla, normal que estés preocupada…
Post publicado originalmente en el Blog de TECNALIA RESEARCH&INNOVATION

El roce hace el cariño

“Con todo lo que conocen de las empresas y todos los proyectos que hacen con nosotros, que nos marquen el camino de por dónde avanzar”. “Que nos demuestren que no estamos solos y que no es un tema de pasta”. “Que sean referentes en I+D no sólo en Euskadi, sino también fuera de aquí”. “Que si te metes con ellos en este lío de investigar, sea para llegar a algún lado”. “Que demuestren que tienen conocimiento y que nos lo trasladen, ¿no son ellos los expertos?”.
Estas son algunas frases que reflejan lo que las empresas vascas esperan de nosotros, los agentes de la oferta científica y tecnológica. ¿No sois vosotros los expertos? – nos dicen – pues ya estáis arreando. Os queremos pendientes de nuestras necesidades, que nos convenzáis, que nos llevéis de la mano, que seáis los mejores en lo nuestro. Bueno y bonito. Y mejor si es además es barato. La ecuación es complicada. Sobre todo cuando eres un agente privado sin ánimo de lucro pero también, como dice un amigo mío, sin ánimo de quiebra. No es fácil contratar a los mejores, asegurarse de que siguen siendo los mejores en un entorno cambiante, estar cerca de las empresas y además ser capaz de encontrar caladeros que financien todo esto, de manera que a ellas y a nosotros no nos cueste un ojo de la cara innovar.
Que exista la tecnología no es en absoluto una condición suficiente para que las empresas la absorban. La transferencia es una actividad clave y crítica para el funcionamiento de los sistemas de innovación y, en concreto, para la consecución de mejores resultados en las empresas. Hay muchas maneras de entender la transferencia de tecnología. Dependiendo de las capacidades de absorción y de aprendizaje, y de las condiciones del entorno, cada agente entiende la transferencia a su manera: los gobiernos necesitan entender los costes y beneficios asociados; las empresas, cómo usarla para responder a las necesidades potenciales de sus clientes a través de productos listos para el mercado. En cualquier caso, la diversidad de percepciones y la variedad de procesos que existen para apropiarse del conocimiento y convertirlo en valor es, en última instancia, lo que complica la transferencia.
En general, por trasferencia de tecnología se entiende el proceso de aprendizaje que implica un intercambio de conocimiento, de experiencia y de equipos entre los distintos agentes del sistema de innovación a nivel local, regional, nacional e internacional. Implica entender cómo aplicar y replicar la tecnología, y cómo adaptarla al entorno específico. Aunque tradicionalmente el enfoque ha estado centrado en los mecanismos de transferencia de tecnología, en Europa esta idea ha evolucionado hacia la transferencia de conocimiento y cómo facilitar una comunicación más integral entre la ciencia y la industria. Es precisamente en este camino donde se encuentra uno de los escollos más complicados de la transferencia: el salto desde la ciencia a la aplicación comercializable.
Según el grupo de expertos de alto nivel creado por la Comisión Europea para el apoyo de la transferencia de las tecnologías facilitadoras esenciales (HLG KET), la clave para salvar este salto está en facilitar la interacción entre los diferentes agentes de la cadena de valor o del sistema de innovación. Esta interacción se contempla dentro de la cadena que abarca desde la investigación básica hasta el producto, y requiere de una serie de mecanismos e intermediarios que faciliten el proceso y salven los bloqueos existentes. ¿Esto en qué se traduce? En primer lugar se traduce en que cada uno de nosotros asumamos cuáles son nuestras debilidades y hagamos algo para combatirlas. Sabemos que a veces la oferta tecnológica no tiene las herramientas adecuadas para conectar con la empresa, que a menudo su conocimiento se centra en áreas muy concretas y que no sabe muy bien cómo aplicarlo a la realidad de la empresa; sabemos también que muchas veces la oferta tecnológica no se ajusta a los procesos, los tiempos y los procedimientos de las empresas.
Aunque este último párrafo suena deprimente, en realidad existen soluciones a esta falta de conexión que dificulta la transferencia entre la oferta y la demanda:
• Soluciones integradoras. El roce hace el cariño. La Secretaria de Estado de I+D, Carmen Vela, afirmaba recientemente “Necesitamos que nuestros investigadores trabajen en las empresas privadas”. ¿Qué tal si integramos tecnólogos y científicos en las empresas para que mejoren su conocimiento mutuo y detecten oportunidades de colaboración juntos? BMW en Alemania tiene una iniciativa muy interesante integrando estudiantes de doctorado dentro de la empresa, y hay centros tecnológicos en el mundo como SP (Suecia) que incluso ha creado una oficina exclusivamente para atender a las empresas pequeñas. ¿Qué tal si compartimos programas de formación para que hablemos todos el mismo idioma y no tengamos que sufrir la incómoda sensación de que no nos estamos entendiendo? ¿Y si compartimos espacios? El fenómeno Cambridge es un caso de estudio a nivel mundial en cuanto a resultados derivados de la interacción en un mismo espacio de agentes de la oferta científica-tecnológica con empresas.
• Soluciones políticas, como crear las condiciones que faciliten la compra pública y privada innovadora, programas de incremento del nivel de innovación (itinerarios de innovación personalizados), soluciones “a la carta” o acreditaciones de empresas innovadoras que les permita acceder a una batería de ventajas previamente acordadas.
O tal vez la solución sea una combinación de varias de estas medidas. En todo caso, se trata de que el puente entre la oferta y la demanda deje de ser un lugar de paso y se convierta en un espacio común, donde tanto unos como otros seamos capaces de ver los retos y las oportunidades, y de encontrar juntos la mejor respuesta.
*Artículo publicado originalmente en Inspiring Blog de TECNALIA

¿Necesitas un centro tecnológico?

A todos nos gustan las cosas nuevas. Romper las burbujitas de aire, abrir las cajas, el olorcito a nuevo. Es tan humano como respirar. Sin embargo, antes de lanzarte a construir centros tecnológicos como faraón con pirámide, sería conveniente que conocieras y trataras de evitar algunos de los errores más comunes:
Primer error: no sabes qué es un centro tecnológico
Si huele como un pato, anda como un pato y parece un pato, no le des más vueltas: es un pato. 
Un centro tecnológico tiene dos grandes misiones en la vida: generar conocimiento aplicado y transferirlo al ecosistema. Investigación aplicada y desarrollo tecnológico. Puede hacer otro tipo de actividades, pero su actividad principal tiene que ser un mix entre estas dos. Organizar eventos y dar cursillos para usar mejor el powerpoint son dos actividades muy sanas, pero si son su actividad principal, definitivamente eso no es un centro tecnológico. 
Segundo error: no tienes estrategia
Un centro tecnológico es un instrumento de despliegue e implantación de una estrategia. O dicho de otra forma: si no hay estrategia, no tiene sentido que haya un centro. Así que antes de que empieces a elegir el color de las paredes sería bueno que tuvieras muy claro para qué quieres este centro. 
¿Qué te puede pasar si no tienes una estrategia y a pesar de todo te lanzas a la aventura de montarte un centro? Pues te van a pasar varias cosas: por ejemplo, que no vas a saber a qué retos tiene que dar respuesta el centro, y que cuando finalmente lo decidas, tampoco serás capaz de definir qué líneas de investigación son las más interesantes ni qué actividades necesitas desarrollar. Seguramente acabarás definiendo una pseudo-estrategia chapucera con cientos de entrevistas a empresas hechas a salto de mata para ver qué quieren  y entonces tratarás de contentarlas y terminarás atragantándote con el “café para todas”. Hazme caso: primero estrategia, luego centro.
…o tu estrategia cambia más que un camaleón en una piscina de bolas
La estrategia de tu territorio tiene que ser lo bastante flexible como para poder adaptarse a los cambios del entorno y lo bastante estable como para que tus centros tecnológicos (y el resto de agentes) tengan tiempo de verlas venir. Cuando sepas qué quieres de los centros, díselo, ponles objetivos y dales tiempo para que puedan adaptarse. Entre otras cosas porque los cambios en nuestro mundo suelen ser caros: implican tener que comprar cosas tan exóticas como un microscopio HR-TEM que vale una riñonada y que será de mucha utilidad si mantienes tu apuesta por la nanotecnología pero que terminará convirtiéndose en el paragüero más caro del mundo si de repente te da por apostar por la enología. Las apuestas (y por ende los programas de investigación y las líneas de financiación) tienen que ser claras, conocidas y estables.
Tercer error: no tienes un ecosistema…
¿Recordáis la definición de centro del primer error? “Un centro tecnológico tiene dos grandes misiones en la vida: generar conocimiento aplicado y transferirlo al ecosistema” Si no tienes ecosistema, no tienes a quién transferir  y tu centro se va a morir de inanición. Esto, que parece una perogrullada es uno de los errores más comunes. Hace varios años tuve una conversación muy divertida con un técnico que vino a visitarnos para poner en marcha un centro tecnológico:
  • NOSOTROS: la idea es definir este centro de manera que sea ágil y operativo impulsando la competitividad de tus empresas de agro
  • ÉL: no, pero si yo no tengo empresas de agro
  • NOSOTROS: y exactamente ¿para qué quieres un centro tecnológico?
  • ÉL: para que los agricultores se pongan de acuerdo y compren máquinas juntos
Moraleja: no te pongas a construir un centro si lo puedes resolver organizando una barbacoa.
…o tu ecosistema es hostil.
Si no puedes hacer investigación en las áreas A, B y C porque ya hay otro centro que lo está haciendo. Si no puedes investigar en las áreas X, Y y Z porque la universidad te va a sacar los ojos. Si no puedes hacer servicios en las áreas V y W porque las ingenierías y las consultoras van a ir en masa a la puerta de tu centro a partirte la cara por pisarles el mercado. Si no puedes, tal vez deberías plantearte que a lo mejor no necesitas un centro tecnológico, sino más coordinación y más elementos que hagan que la información fluya entre los agentes que ya están activos en el sistema.
Insisto: no te pongas a construir un centro si lo puedes resolver organizando una barbacoa.
Y por último, un consejo para los gestores públicos: si ya tienes centros tecnológicos, sé cariñoso con ellos. Son criaturas maravillosas que pueden hacer mucho por tu territorio, por tus empresas y por ti. Son casi la única oportunidad que tienes para que tus empresas vendan productos tecnológicos de esos que hacen que la gente pierda la cabeza y suelte trece mil euros por un miserable reloj de plástico. Y que se creen muchas empresas que vendan cosas indecentemente caras y tecnológicamente impresionantes. Y que alguien contrate en tu territorio a ese chico tan majo que tiene dos doctorados en ingeniería, que te ha costado varios miles de euros formar y que, de la que te descuides, se pilla un avión y se planta en cualquier otro lugar del mundo donde sí que existan centros tecnológicos donde pueda hacer I+D a gusto. Dale una pensada.
 

 

La Red Vasca del futuro

¿Sabéis en qué se parecen una Panthera Leo Atrox y un Megatherium
Los dos están especialmente dotados para la vida salvaje. El Megatherium es un perezoso que puede alcanzar los seis metros de altura, lo que le permite alcanzar ramitas y comida a los que otros animales no pueden acceder. La Panthera Leo Atrox por su parte, es probablemente el felino con el cerebro más grande, algo que le permite desarrollar complejas tácticas de caza en manada. Pero también tienen otra cosa en común: los dos se han extinguido. Y es que a veces ser el más alto, el más guapo o el más fuerte no es suficiente para garantizar la supervivencia. Hace falta algo más. 
Ya lo dijo Charles Darwin: “no es la especie más fuerte la que sobrevive, ni la más inteligente, sino la que responde mejor al cambio”. Pero la verdad es que nosotros, como el Megatherium y la Panthera no somos animales especialmente amantes de los cambios. Y la mala noticia es que vivimos  en una época en la que el cambio parece ser la única constante.
Mirad a vuestro alrededor: de la noche a la mañana el mundo se ha llenado de máquinas inteligentes y de abuelitos hiperactivos. Las primeras invaden nuestras empresas, nuestros hogares, nuestros medios de transporte, nuestras formas de comunicarnos; los segundos vienen cargados de demandas nuevas y de nuevas oportunidades. Cada vez vivimos más y queremos vivir lo mejor posible. Pero además nos invaden los datos, millones de datos chivatos que revelan qué comemos, qué compramos, a dónde viajamos, a quién queremos, qué odiamos, por dónde nos movemos, cómo nos movemos. Ahora nos felicitamos el cumpleaños por Whatsapp, decidimos nuestro hotel con Tripadvisor, compramos la ropa en Zalando y conversamos por Skype con personas que viven a miles de kilómetros. Internet of things, big data, social media, son palabras que forman parte de nuestra vida, que cambian nuestra forma de aportar valor, de organizarnos, de colaborar. Decir que las cosas han cambiado es quedarse corto. En los últimos veinte años el mundo se ha vuelto del revés.
Ahora os hago otra pregunta: ¿Y nosotros?, ¿cómo hemos cambiado nosotros en este tiempo? Las universidades, los centros tecnológicos, los centros de investigación ¿nos hemos vuelto de revés?, ¿alguien nos reconocería si nos mirara desde 1990? 
Que levante la mano el agente del sistema de ciencia y tecnología que use big data para la toma de decisiones estratégicas. Que levante la mano el agente del sistema que haya cambiado radicalmente su modelo de organización. Que levante la mano el agente que tenga más del 70% de sus empleados trabajando fuera del espacio físico de su edificio. Que levante la mano el agente que analice su proyección exterior y la opinión que sobre él tienen sus clientes en las redes sociales. Que levante la mano el agente dentro del cual se oyen simultáneamente y en la misma proporción al menos cuatro idiomas distintos.
Para ser sinceros, no hemos cambiado tanto. Además, en los últimos tiempos la falta de flexibilidad, la parálisis ante el cambio nos ha llevado a enredarnos en debates frustrantes: ¿tenemos que apostar por la ciencia básica o por la investigación aplicada?, ¿los agentes tecnológicos tienen que hacer asesoría tecnológica?, ¿los centros de investigación tienen que desarrollar capacidades para la explotación de resultados? Y a menudo hemos cometido el peor de los errores: tratar de justificar nuestra existencia poniendo en duda la necesidad de que los demás existan.
El núcleo del sistema vasco de ciencia y tecnología lo formamos los agentes de la Red Vasca de Ciencia, Tecnología e Innovación (RVCTI). Somos la oferta de investigación y conocimiento avanzado que busca responder a las necesidades de las empresas y de la sociedad y, en este sentido, tenemos una triple responsabilidad: entender sus necesidades, contestar a sus preguntas y plantearnos nuevas preguntas que nadie nos ha hecho y que abren caminos aún no explorados. Y la verdad es que no podemos hacer nada de esto con propiedad si no somos, nosotros mismos, los principales adalides del cambio.  
Desde hace varios años estamos manejando el concepto de “personas en forma de T” para referirnos a los profesionales que combinan su conocimiento especializado (barra vertical) con capacidades transversales que facilitan la innovación y la conversión de esas capacidades en resultados. Se trata de combinar en un mismo perfil competencias técnicas, relacionales y emocionales. 
Siguiendo la analogía, los incentivos actuales focalizan de una manera muy clara a la Red hacia la especialización en una serie de competencias técnicas alineadas con las apuestas de la Estrategia de Especialización Inteligente (fabricación avanzada, energía, biociencias y salud). Por otro lado, también se refleja un intento claro de mejorar las competencias relacionales de la red actual a través de la medida de indicadores de transferencia al mercado, colaboración entre agentes y colaboración internacional. En otras palabras, se nos pide que crezcamos para llegar a las ramitas más altas y que tengamos el cerebro más grande para optimizar nuestras capacidades de caza. Pero la evolución nos ha demostrado que con esto no es suficiente.
¿Qué pasa con las competencias emocionales? A un profesional del futuro le pedimos que sea empático, que sepa trabajar en distintos entornos culturales, que visualice los resultados, que sepa colaborar, que tenga habilidades para resolver conflictos de forma satisfactoria. 
Este es por tanto el siguiente paso: que la Red desarrolle las competencias emocionales que le permitan pilotar al tejido empresarial y a la sociedad vasca a las más altas cotas de competitividad. ¿Cómo definiremos la fina línea entre ciencia básica e investigación precompetitiva?, ¿y ente la precompetitiva y la aplicada?, ¿cómo solventaremos los solapes naturales entre los agentes?, ¿cómo reaccionaremos a medida que los incentivos actuales se vayan quedando obsoletos ante los nuevos cambios?, ¿cómo fusionaremos actividades que van naturalmente juntas pero que ahora las hacen agentes distintos? Con flexibilidad, con organizaciones ágiles capaces de responder rápidamente a los estímulos del entorno,  con una cultura que no penalice los fracasos, con nuevos incentivos de imagen, de posicionamiento y de reconocimiento exterior, con capacidad de convertirnos en laboratorios vivos de tecnología e innovaciones. Entendiendo que juntos, ganamos todos. Con audacia. Con una Red técnicamente excelente, emocionalmente inteligente y perfectamente integrada. 

 

Ilustración:Pablo Bernasconi