¿Por qué gano yo menos que un suizo?

El edificio de las Juntas Generales de Bizkaia en Bilbao ha sido esta semana el sitio elegido por la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País (de la que, dicho sea de paso, soy orgullosa socia supernumeraria) para organizar unas jornadas muy interesantes sobre los Vascos, Pensamiento y Acción.
 
En la mañana de ayer tuvimos el placer de escuchar las disertaciones de cuatro grandes del mundo de la Economía y la Empresa en el País Vasco: Iñaki Garcinuño (Cebek), Carolina Pérez de Toledo (AED), Asís Canales (Iberdrola) y Mª Carmen Gallastegui (Universidad del País Vasco). Hablaron sobre los empresarios vascos, sobre la importancia de la industria en la economía de este país, sobre el papel de las mujeres vascas en el empresariado, sobre la necesidad de entender la economía desde un punto de vista aplicado y sobre las claves de éxito de las grandes empresas vascas y su impacto sobre el resto de las empresas del territorio. Lo hicieron en primera persona (como deben ser todas las disertaciones interesantes), desde la experiencia, el conocimiento y la cercanía, y convirtieron varias horas de la mañana en un suspiro que, al menos a mí, se me quedó cortísimo.
 
El caso es que el (encendido) debate posterior se centró casi exclusivamente en un tema: ¿somos productivos?, ¿por qué no somos productivos?, ¿por qué en Euskadi no tenemos salarios tan altos como en Suiza?, ¿son los empresarios los culpables de la precariedad laboral en Euskadi?, ¿hay precariedad laboral en Euskadi?. Como siempre me pasa cuando voy a estos sitios, me interesa más escuchar que hablar (mi opinión ya me la sé y no me aporta mucho) y al final me quedé con las ganas de aportar algunos datos. Ahí van:
 
La clave de la respuesta la dio Carlos Moedas en su discurso “Openness as a Catalyst for Innovation” a principios de Diciembre en Viena: “En las economías desarrolladas, más del 60% de la productividad puede explicarse por la innovación”. En realidad, ayer mismo en su disertación, Asís Canales reforzó esta idea cuando afirmó que una de las claves de éxito de empresas como Iberdrola era precisamente el conocimiento y la tecnología como herramientas para mantener una ventaja competitiva continuada frente a la competencia.
 
El último informe de la Fundación BBVA concluye que en España, la economía del conocimiento (la que basa la competitividad en conocimiento e innovación, y no en regalar el terreno y tirar los sueldos) ha permitido a las diferentes comunidades autónomas resistir mejor la crisis en términos de renta, productividad y empleo. A mayor uso del capital humano y del capital tecnológico, mayor productividad y mayor renta per cápita. ¿Ejemplos? Las tres comunidades que basan más su producción en la economía del conocimiento  (Euskadi, Navarra y Madrid) son también las que tienen mayor productividad y mayor renta por habitante.
 
Como muestra el último informe de COTEC “La innovación en España”, la productividad en el país está bajo mínimos y además cada vez es mayor la brecha con líderes como Estados Unidos, Reino Unido o Alemania. Para darle un impulso es necesario establecer medidas para transferir el conocimiento desde la oferta científica y tecnológica hasta las empresas, es necesario adecuar las capacidades a los empleos, eliminar las barreras del mercado de trabajo, crear marcos regulatorios que faciliten la creación de nuevas empresas, facilitar la movilidad del empleo, en fin, poner las cosas fáciles para que exista un entorno en el que la innovación tenga alguna posibilidad de germinar.
 
Es fácil caer en la tentación de culpar a los empresarios, a los políticos y al sistema, pero decir que no somos productivos porque los empresarios tienen sueldos demasiado altos o porque las empresas no pagan todos los impuestos que deberían es, en mi opinión, simplificar el problema. Y lo más peligroso: es una trampa para escudarnos en ella y no ver que, como no nos pongamos las pilas y empecemos a tomarnos en serio que únicamente a través de la innovación y la tecnología podrán nuestras empresas ser competitivas y productivas, el sueldo de los suizos lo vamos a ver solo cuando vengan en agosto a sacarse fotos en nuestras playas.

Ya os lo decía yo. O hacia donde va el País Vasco en su política de I+D.

Había una vez una orden religiosa cuyos monjes vivían en un monasterio perdido en las montañas donde se practicaba voto de silencio. La única ocasión que tenían de hablar era una vez cada cinco años en una cita muy breve con el superior de la orden en la que únicamente podían pronunciar dos palabras. El joven monje recién llegado, una vez pasados sus primeros cinco años se postró delante del superior y dijo:

          Comida asquerosa
Cinco años después volvió a repetirse la misma escena:

          Habitación congelada
Otros cinco años más tarde:

          Monjes estúpidos
Y otros cinco más:

          Me voy
     Menos mal, hijo, – contestó el Superior – porque desde que estás aquí, no has hecho más que quejarte.
 
Quejarse está en la naturaleza humana. Es mucho más fácil quejarse que asumir responsabilidades y actuar para cambiar las cosas. Me viene esta anécdota a la cabeza después de un par de meses en las que el sistema de innovación vasco está recibiendo por todos los sitios. Primero fue el Índice Regional de Innovación, ahora la encuesta de I+D del Eustat. Y en breve la del INE, que históricamente siempre es más benévola con Euskadi, aunque sospecho que esta vez ni ella podrá salvarnos.
 
El Índice Regional de Innovación nos enseña una foto de la CAPV en la que hemos perdido pie en casi todos los indicadores incluyendo nuestro indicador estrella tradicional, la población con educación superior, y con caídas estrepitosas como el porcentaje de ventas procedentes de innovaciones o el gasto público en I+D. Pero también baja el gasto empresarial en I+D, las PYMEs innovadoras de todos los tipos (estamos por debajo de la UE28 en todos los indicadores relacionados con pymes innovadoras y empresas de alto crecimiento), las patentes solicitadas o el empleo de alta intensidad tecnológica, este último especialmente relevante por la enorme importancia que tiene para el impulso de estrategias tan relevantes para Euskadi como la de la manufactura avanzada.
 
De hecho, en este sentido, estamos por debajo de la media europea no sólo en este indicador de empleo altamente cualificado sino también en exportaciones de productos y servicios de alto nivel y, desde luego, en ingresos procedentes de licencias y patentes, lo que es especialmente preocupante teniendo en cuenta que somos un país eminentemente industrial, que no disponemos de recursos naturales y que ambicionamos una posición referente en la industria 4.0 en el mundo. Incluso en algunos indicadores en los que Euskadi aún está por encima de la media, como las PYMEs con innovación interna, estamos perdiendo posiciones frente a años anteriores.
 
Y para los que piensan que es un traspié coyuntural, más datos: la industria de nivel tecnológico alto representaba en 2008 el 3% del total de la industria; en 2014 esta cifra apenas llega al 5%. Y en términos de productividad en el caso de la industria manufacturera, tenemos una clara evolución descendente desde 2008 que hasta los últimos datos publicados, no ha remontado.
 
Tampoco el gráfico que nos ofrecía Eustat el viernes sobre gasto en I+D parece muy coyuntural. Con los años no sólo ha bajado el nivel de gasto en I+D, es que ha bajado el compromiso de las empresas que ejecutan la I+D y desde luego el gasto que financian. Una base empresarial formada por empresas de pequeño tamaño (la falta de empresas tractoras es una debilidad característica en la CAPV), que cada vez gastan con más cuidado y que están abandonando la innovación tecnológica y la no tecnológica, es una amenaza para la continuidad de todo el sistema de ciencia y tecnología. Sin una demanda sofisticada, la oferta tecnológica y científica tiene poco o nada que hacer.
 
Podemos abrir la boca y echarle la culpa a alguien (al gobierno, a los centros tecnológicos, a las empresas, a la universidad), podemos poner una media sonrisa de suficiencia irónica y quedarnos en una esquina cabeceando un “ya os lo decía yo”, podemos hacer la del avestruz y fingir que estamos siendo más productivos con menos recursos, o podemos analizar las causas, remangarnos y poner manos a la obra a ver cómo podemos ayudar a darle la vuelta a la situación desde donde estamos cada uno.  
 
Pero esto, sólo, no se arregla. Así que nosotros veremos… 

Gestionar la economía es como querer coger un tren usando los horarios del año pasado

En el centro de una sala sin ventanas situada en algún lugar secreto de un imponente edificio blanco de estilo neoclásico italiano, varias sillas giratorias forman un círculo. En ellas se encuentran sentados cuatro hombres. Stafford acaricia su larga barba mientras con la mano derecha pulsa un botón situado en un cuadro de mando que brilla en el reposabrazos.
Silenciosamente bajan del techo cuatro pantallas con información emitida en tiempo real por empresas de todo el país, tendencias económicas y sugerencias de actuación. Salvador ajusta sus gafas y clava una mirada grave y serena en la pantalla más cercana. Stafford sonríe y siguiendo la mirada de Salvador murmura: comunicación es control.
Si os digo que estos hombres están tomando decisiones políticas basándose en enormes cantidades de información llegada de todos los rincones del país en tiempo real, y os pido que adivinéis el año, seguramente muchos de vosotros lo situaríais en 2020 o más. Al fin y al cabo, esta escena es Política 4.0 en estado puro.
En realidad, esta escena (o una similar) tuvo lugar en el Palacio de la Moneda de Santiago de Chile en octubre 1972, durante el llamado Paro de los Patrones. Los protagonistas fueron Salvador Allende y Stafford Beer. Gracias al proyecto CyberSyn, un sistema de decisión distribuida para gestionar la economía del país, el gobierno de Allende fue capaz de garantizar el suministro de comida y bienes básicos a los ciudadanos de Santiago durante una huelga de camioneros que amenazaba con paralizar todo Chile. Como muchas otras oportunidades históricas, esta también se dio de bruces con la “imbecilidad” humana y murió, engullida por el golpe militar del 73.
Tomar decisiones disponiendo de la información en tiempo real es una de las grandes aspiraciones de los políticos desde hace muchos años. La frase que ilustra este artículo es de Harold MacMillan, Primer Ministro británico, y fue pronunciada en la década de los 60 del siglo pasado. También los rusos intentaron en los 70 montar su propio sistema de gestión económica 4.0 en un proyecto que se denominó OGAS, y que liquidó el mismo gobierno soviético cuando se dio cuenta de que demasiada información no era buena para mantener el statu quo que tanto beneficiaba a algunos.
Pero ahora estamos en 2016 y el escenario ha cambiado mucho. Tenemos sensores, robots, la internet de las cosas y datos abiertos. Tenemos algoritmos, ordenadores, inteligencia artificial y ciberseguridad. Y sobre todas las cosas, tenemos Big Data: grandes cantidades de información asociadas a una V que crece sin parar (Velocidad, Variedad, Volumen, Veracidad, Valor, Variabilidad, Visualización) y que trae debajo del brazo la promesa no solo de cambiar las políticas, sino de revolucionar el mundo. Sin embargo, la aplicación de esta tecnología a las políticas públicas de innovación no es inmediata: ¿por qué?
Porque los de letras vienen de venus y los de ciencias de marte
Llevamos a cuestas la herencia de un sistema educativo que nos etiquetó cuando todavía Casimiro nos enviaba a la cama. La frase “yo es que soy de ciencias” justifica a una generación entera de terroristas ortográficos. “Yo soy de más de letras” es la advertencia de todos aquellos para los que la ingeniería es una ciencia a la altura de la homeopatía. Para que se puedan tomar decisiones en política en base a información proporcionada por técnicas de Big Data es necesario entender la estadística, la física, las matemáticas, la sociología, la economía, el derecho y la programación.
Para muchos, los modelos basados en Big Data son una caja negra incomprensible sobre la que no se pueden fundamentar decisiones políticas, simplemente porque no entienden qué pasa dentro de la caja antes de que salga la información cocinada. No es que haya que saber de todo, pero desde luego hay que lograr un acercamiento entre perfiles que ahora mismo no existe, y así caminar hacia un entendimiento mejor del proceso y una mayor aceptación de las decisiones.
Porque somos ágiles como tortuga volteada
Si digo: “rápido, ágil, flexible”, seguro que la primera palabra que os viene a la mente es “administración pública”. ¿A que sí? ¿No? Ya…
La rigidez y la lentitud inherentes a la burocracia que rige lo público suponen un obstáculo que va más allá de los avances tecnológicos. De hecho, todo lo relacionado con la innovación tecnológicanormalmente a la administración pública le supone más un dolor de cabeza que una solución, porque viene acompañado de nueva regulación, de nuevos protocolos y de diversos cambios incómodos que implican papeleo y adaptación, y le restan capacidad de respuesta. Disponer de una gran cantidad de información que viene de muchas fuentes y lo hace en tiempo real es una ventaja, siempre que se disponga de la flexibilidad suficiente para aprovecharla. Los datos en sí no tienen ningún valor si no se actúa con rapidez ante la información que proporcionan.
Porque buscamos un gato negro en un cuarto oscuro
Nadie nunca fue capaz de predecir internet. Predecir el nacimiento y explosión de una tecnología o una industria que ahora mismo no existe, en un entorno plagado de incertidumbre que cambia a una velocidad endiablada y con un nivel de “imprevisibilidad” altísimo es, ¿cómo decirlo? ¡Complicado! Y está lleno de riesgos: imaginad que detectamos una tendencia muy emergente gracias a técnicas de Big Data, y le aplicamos todo el apoyo de las políticas  de manera que en poco tiempo se convierte en una apuesta estrella. ¿Quién nos dice que no hemos creado una burbuja de algo que de forma natural hubiera desaparecido?
Porque hay “mentirijillas”, grandes mentiras y luego están las estadísticas
Es obvio que no toda la información es accesible. De hecho, el acceso a los datos disponibles en los organismos públicos ya es un reto en sí mismo por la fragmentación de la información, la opacidad, la falta de transparencia y la falta de comunicación dentro de las administraciones y de estas con otros organismos públicos. Pero además, de la información accesible hay una gran parte que, o no está contrastada, o es incompleta o presenta contradicciones. También están las buenas intenciones, esas que marcan el camino del infierno, como abrir una cuenta de Twitter para escupir información pública sobre la ciudadanía de manera completamente unilateral, no procesar las reacciones que esa información suscita y llamarle a ese desastre Big Data.
Pero incluso aunque una herramienta como Twitter se usara correctamente para obtener información sobre la ciudadanía, no está de más recordar que los usuarios de esta red social apenas representan al 3 % de la población mundial, y que ese 3 % ni siquiera es una muestra representativa porque casi todos tienen estudios superiores (80 %) y prácticamente la totalidad (96 %) tienen entre 16 y 54 años.
Y finalmente, en el minúsculo subgrupo de información accesible, contrastada, representativa y veraz, prácticamente no hay datos que revelen valores, preferencias u otras consideraciones subjetivas que son fundamentales en el proceso de elaboración de políticas públicas. Al fin y al cabo, las políticas no están en los datos, sino en los valores.
E incluso, aunque dispusiéramos de todos los datos y estos fueran fiables, representativos y significativos y recogieran no solo la realidad cuantitativa sino también las consideraciones subjetivas, y además dispusiéramos de un sistema público de toma de decisiones ágil, seguiríamos enfrentándonos a varios retos vinculados a la elaboración de los modelos. De manera que los resultados obtenidos de ellos puedan garantizar los valores que para la toma de decisiones en lo público son fundamentales: equidad, igualdad, privacidad y justicia.
¿Hay luz al final del túnel?
Sí. Y es muy luminosa. De hecho, aunque todavía no estamos en el escenario de una implantación fluida de las técnicas de Big Data en políticas, ya hay algunos ejemplos muy interesantes de aplicación de Big Data en políticas públicas de seguridad (Predpol), en políticas económicas (Billion Prices Project) y en políticas sanitarias (Flowminder) entre otras.
Trabajar en estos retos y otros que ya hemos identificado (desarrollo de soluciones de integración específicas para la información, mecanismos de coordinación entre administraciones públicas, implantación de prácticas de datos abiertos, desarrollo de protocolos de estandarización, un uso más intensivo de la internet de las cosas, desarrollo de soluciones de visualización analítica…) nos permitirá dar un paso adelante en las políticas de innovación, de manera que no solo mejoraremos la toma de decisiones, sino que cambiaremos radicalmente el ciclo de las políticas públicas.
Iremos hacia un modelo más crítico, más inclusivo y más afinado que responda, esta vez sí, a las demandas de un futuro que ya está aquí.
 
 
Publicado originalmente en el blog de TECNALIA

¿Qué quieres ser de mayor?

Cuando tenía 8 años las monjas me enseñaron a hacer vainica. Mi abuela, convencida de que saber bordar era una habilidad esencial para cualquier mujer decente, me regaló un costurero de madera enorme (he tenido cajas de herramientas más pequeñas que aquel costurero) y me pasé años bordando manteles y paseándolos del colegio a casa. A los 18, mi padre me regaló un 205 y me instruyó cuidadosamente en el arte de sacar las bujías, limpiarlas y lijarlas para que estuvieran siempre en buen estado. Tengo 40 años y no he vuelto a bordar un mantel en mi vida. El siguiente coche que compré fue un Volkswagen. Diesel. Quince años después, todavía le estoy buscando las bujías.  
 
 
Si alguna vez hago una lista de las cosas inútiles que he aprendido en mi vida, seguramente estas dos ocuparán los primeros puestos. Habilidades que en su momento parecían absolutamente esenciales y que el paso de los años ha convertido en anécdotas.  Seguro que habéis oído hablar de cardadores, campaneros, hilanderos, serenos o pregoneros pero apuesto a que no conocéis a ninguno. A pesar de la resistencia histórica del ser humano a los cambios, a pesar de los ludistas[1], los cartistas[2], los gremios y los sindicalistas, las revoluciones industriales se han ido sucediendo una tras otra sumiendo en el olvido muchas de las profesiones que una vez se consideraron imprescindibles.
¿Quieres comer fuera pero no te gusta que te den conversación? Bienvenido a Bolt Burgers[3], el primer restaurante donde no tendrás que interactuar con ningún empleado. ¿Viajas mucho pero eres alérgico a las relaciones sociales? El Henn-na[4], atendido íntegramente por robots, te va a encantar. Camareros, recepcionistas, mensajeros, cajeros, agricultores, telefonistas y millones de puestos de trabajo más están en riesgo de seguir los pasos de los hilanderos del pasado y ser sustituidos por alguna clase de máquina.
Algunos se tientan las nóminas y piensan: “ya, pero esto sólo les pasará a los que tienen trabajos mecánicos con poco valor añadido, ¿no?”. Pues no.
Parece bastante obvio que las tareas rutinarias son fáciles de sustituir por máquinas. Sin embargo, a medida que avanza la tecnología, mejora el conocimiento de tareas que no son rutinarias y estas también pueden automatizarse. La clave está en disponer de suficientes y buenos datos que puedan ser traducidos. En su artículo de 2004[5], Levy y Murnane ponían la conducción como ejemplo paradigmático de una actividad imposible de automatizar. Apenas una década después, Google[6], Tesla[7], MIT[8]y Apple entre otros han trasladado el debate hacia a quién liquidará el coche autónomo si, en caso de accidente, se encuentra en la disyuntiva de salvar al conductor, o a dos adorables abuelitas que cruzan por la mitad de la calle. Más ejemplos: ¿os acordáis de la hermosa princesa Sherezade que consiguió salvar el pellejo contándole cuentos al Sultán Schariar durante mil y una noches? Pues en la versión actual, la princesa ha evolucionado hacia una inteligencia artificial desarrollada por el Instituto Tecnológico de Georgia[9], capaz de escribir cuentos y relatos con una precisión asombrosa. Y una colega suya, (Narrative Science)[10], se decanta por el periodismo y es capaz de convertir datos numéricos en artículos de deportes o finanzas perfectamente redactados.
El truco está en contemplar la tarea especializada y descomponerla en pequeñas acciones más concretas y menos sofisticadas, que pueden ser automatizadas. En realidad es la misma lógica que subyace a la segunda revolución industrial, cuando el trabajo que realizaba un único artesano se descompuso en tareas mecánicas desarrolladas por muchos trabajadores.
A estas alturas ya nadie cuestiona que la automatización de tareas lleva consigo destrucción de empleo. Pero siendo positivos, automatizar tareas implica mejorar la eficiencia en la producción, lo que a menudo reduce el coste del producto incentivando la demanda. Por otro lado, incrementar la productividad de la industria promueve la entrada de nuevos agentes, impulsando la creación de nuevos empleos[11].
¿Qué tipo de empleo se va a crear?
 
El que no pueda ser realizado por las máquinas. A pesar de los ejemplos mencionados arriba, la verdad es que todavía no conocemos bien los mecanismos que subyacen tras la creatividad, la intuición, la empatía, la capacidad de persuasión o de negociación, el pensamiento lateral y, en general, tras las habilidades sociales vinculadas a lo que llamamos inteligencia emocional[12]. Al no conocerlos, es complicado desarrollar un algoritmo que permita automatizar la tarea. Son estos empleos, asociados al conocimiento, que requieren habilidades sociales y emocionales y que no son rutinarios, los que se van a mantener y crear en el futuro.
De acuerdo al World Economic Forum[13], hay dos grandes tendencias en la creación de nuevos empleos: por un lado, analistas de datos que le den sentido a la información generada en diferentes sectores; por otro, perfiles especializados en venta y comercialización de productos, capaces de modular sus mensajes dependiendo de los clientes y extremadamente eficientes en un entorno incierto. Dentro de estas dos categorías, se concretan algunos perfiles, como especialistas en recursos humanos y desarrollo organizacional, especialistas en ingeniería de materiales, bio, nano y robótica, expertos en legislación y relaciones institucionales y expertos en sistemas de información geoespacial entre otros. Y por si fuera poco, todo ello cocinado en un entorno que también es diferente: el de la economía colaborativa[14].
Si a estas alturas del artículo empiezas a preguntarte si eres una especie en extinción, te interesa echarle un vistazo a este trabajo de la Universidad de Oxford[15], que presenta un listado de 702 profesiones clasificadas por el riesgo de ser sustituidas por máquinas. También aporta una sugerente conclusión: cuanto mayores sean el salario y el nivel educativo asociados a un puesto de trabajo, menos probable es que este sea automatizado. Mucho más optimista, el informe “The Future of Jobs, 2025”[16]pronostica la desaparición del 16% de los empleos actuales (el estudio de Oxford auguraba la automatización de al menos el 47% de los puestos de trabajo en EEUU, unos 80 millones en términos absolutos, 15 millones estimados en el caso de Reino Unido[17]), y la creación de una cantidad equivalente al 9% del empleo actual.
¿Podemos aportar algo desde los centros tecnológicos al empleo del futuro?
 
Los centros tecnológicos tenemos un papel central en la identificación y formación de los nuevos perfiles. En pocas palabras, tenemos capacidad de anticipación.
Junto con la transferencia de tecnología al mercado, generar tecnología es nuestra razón de ser, buscando nuevos desarrollos tecnológicos que cambien el tablero de juego actual. En muchas ocasiones, estos desarrollos tecnológicos tendrán que venir de la mano de formación especializada de perfiles que puedan usar la tecnología, testearla, implantarla, manipularla, mantenerla y hacerla evolucionar. La transferencia de investigadores desde los centros tecnológicos a las empresas tiene esta función, pero también y cada vez más, serán necesarios programas conjuntos entre los centros, las empresas y los agentes de formación (universidades, formación profesional) para garantizar un número adecuado de técnicos cualificados en todos los puestos de la cadena de valor vinculados con esa tecnología.
¿Un ejemplo? Las nuevas tecnologías son una fuente de empleos de futuro. La nanotecnología, por ejemplo, es una de las tecnologías facilitadoras esenciales definidas por Europa, en la que el País Vasco (y Tecnalia) tienen muchas y muy interesantes capacidades. Sin embargo, su desarrollo va unido a una batería de dudas: ¿usar cosméticos con nanopartículas de oro me va acelerar las arrugas[18]?, ¿mi lavadora con nano-plata es tóxica para el medio ambiente[19]?, ¿hasta qué punto es seguro manipular nanopartículas sin protección? Estas preguntas ya nos abren la puerta a la necesidad de formar perfiles expertos en investigar los efectos de la nano sobre el organismo y sobre el medio, perfiles expertos en regulación y perfiles expertos en desarrollar y aplicar procedimientos que garanticen el uso seguro de los nanomateriales entre otros. Y este ejemplo se puede aplicar a prácticamente todas las tecnologías con las que estamos trabajando en la actualidad.
La próxima vez que habléis con vuestros hijos sobre lo que quieren ser de mayores, ofrecedles algo más que “princesas”, “bomberos” o “astronautas”. Tal vez tengáis en casa una arquitecta de smart cities o un pequeño experto en big data y todavía no lo sepáis. Mientras tanto, desde los centros tecnológicos seguiremos trabajando en identificar las necesidades del mercado del futuro, en crear las alianzas con otros miembros del sistema para formar a los mejores profesionales y en asegurarnos de que nuestros futuros empleados encuentran aquí, en casa, un lugar competitivo, ilusionante y lleno de oportunidades para vivir y trabajar.
*Artículo publicado originalmente en el blog de TECNALIA: http://blogs.tecnalia.com/inspiring-blog/2016/10/11/empleo-del-futuro/


[4] Para saber más: http://www.h-n-h.jp/en/
[5] Levy, F.; Murnane, R.J.: “The new division of labor: how computers are creating the next job market”. Chapter “Why people still matter”. Princeton University Press (2004) http://press.princeton.edu/titles/7704.html
[6] Sobre el coche autónomo de Google: https://www.google.com/selfdrivingcar/
[7] Sobre el coche con piloto automático de Tesla: https://www.tesla.com/models
[8] Sobre dilemas morales y conducción autónoma: http://moralmachine.mit.edu/
[11] Aghion, P.; Howitt, P.: ”Growth and unemployment”. The Review of Economic Studies, vol61, nº3 (1994)  http://www.jstor.org/stable/2297900 .
[12] Para saber más: Goleman, D.: “Inteligencia Emocional”. Ed. Kairós S.A. (2011) http://www.danielgoleman.info/topics/emotional-intelligence/ 
[13] “The future of Jobs. Employment, skills and workforce strategy for the fourth industrial revolution”. Global Challenge Insight Report. World Economic Forum (2016) http://www3.weforum.org/docs/WEF_Future_of_Jobs.pdf
[15] Frey, C.B.; Osborne, M.A.: “The future or employment: how susceptible are jobs to computerisation?” Oxford University Working Paper (2013) http://www.oxfordmartin.ox.ac.uk/downloads/academic/The_Future_of_Employment.pdf
[16] Gownder, J.P. et al: “The future of Jobs, 2025: working side by side with robots”. Forrester (2015)
[17] Haldane, A.G., Chief Economist, Bank of England. Speech in Trades Union Congress, London, November 2015. https://www.forrester.com http://www.bankofengland.co.uk/publications/Documents/speeches/2015/speech864.pdf
[18] Sobre la investigación: Mironava, T. et al: “Gold nanoparticles celular toxicity and recovery: adipose derived stromal cells”. ISSN: 1743-5390  Nanotoxicology, pages 189-201 (2013) http://www.tandfonline.com/doi/abs/10.3109/17435390.2013.769128
[19] Sobre la investigación: Mitrano,D. et al. “Presence of Nanoparticles in Wash Water from Conventional Silver and Nano-silver Textiles”. ACS Nano (2014); 140626093542005 DOI. http://pubs.acs.org/doi/abs/10.1021/nn502228w

Salvemos la I+D

¿Qué pasaría en este país si se recortara un 2% el presupuesto de un equipo de futbol de primera división? ¿Y si además ese recorte hubiera venido precedido de otro recorte el año anterior del 4%?
 
Hace unas semanas estuve en Colombia, en una reunión donde me sentaron al lado de un cheque gigante donde se leía: “Me comprometo a llegar al 1% del PIB en ACTI con al menos el 50% de inversión privada”.
Me recordó a la primera vez en que participé en la asistencia técnica a un plan de ciencia, tecnología e innovación en el País Vasco (allá por 2003), un proceso donde nos planteábamos una meta muy parecida: “nos comprometemos a llegar al 3% del PIB en gasto en I+D para el 2010”. Nos avalaba la Agenda de Lisboa. Nos avalaba un Gobierno, el del Lehendakari Ibarretxe, que había hecho de la innovación, de la ciencia y de la tecnología sus palancas de competitividad, sus pilares para elevar al País Vasco al nivel de las regiones más avanzadas de Europa. Nos avalaban décadas de apoyo al sistema de ciencia y tecnología, una infraestructura potente en la que muchas de las mentes más brillantes de este país habían focalizado su conocimiento y su esfuerzo desde muchos años atrás. Nos avalaba el orgullo de un sistema que año tras año no paraba de mejorar las cifras. Buenos tiempos para la I+D.
Después empezamos a alargar los plazos. El 3% para 2015. El 3% para 2020. Y luego ya dejamos de hablar del 3%. Todos los noviembres desde 2010 empezamos a mirarnos de reojo, con algo de preocupación: ¿no estaremos viviendo de las rentas? La respuesta nos vuelve a dar en plena cara este año: sí. Estábamos viviendo de las rentas. Y las rentas se han terminado. Nos lo confirma un famélico 1,93% de gasto en I+D sobre el PIB que parece burlarse del famoso 3% del que ya preferimos ni hablar.
Eso sí, de nuevo este año volvemos a ser “cabeza de ratón”.
El Instituto Nacional de Estadística nos sitúa en cabeza del gasto en I+D estatal sobre el PIB (como siempre, con una cifra sensiblemente superior a la ofrecida por el Instituto Vasco de Estadística), seguidos de Navarra, Madrid y Cataluña. Recuerdo que hubo una época en la que apenas mirábamos de reojo este indicador, tan ocupados como estábamos de medirnos con los mejores.
En este sentido, Europa nos pone en nuestro sitio: con una media del 2,03 (2,11 si tenemos en cuenta a los países de UE18) nos recuerda que no solamente estamos ralentizando el ritmo, sino que además, cada vez la distancia entre ellos y nosotros es mayor.
Para ser honestos, es verdad que los principales países de referencia en Europa se sostienen sin grandes alegrías: Dinamarca, Alemania, Francia, Austria, dan resultados estables desde 2012 sin grandes incrementos ni caídas, como respuesta defensiva ante la crisis económica global de los últimos años. Eso sí, todos ellos con tasas bastantes más altas que la nuestra.
Tampoco en innovación los resultados de Euskadi son espectaculares. El Índice Altran 2015 nos ofrece un 0.49, ligeramente superior al dato de la Unión Europea (0.43). Y sospecho que probablemente, actualizado a los datos que acaba de publicar Eustat, este índice sería menor (Altran utiliza como referencia un GERD de 2,09 frente al 1,93 actual). Incluso con este bonus, somos una región con capacidad innovadora media que destaca “por el peso del sector servicios de alta tecnología y la elevada proporción de investigadores trabajando en empresas”.
Hablando de empresas, y  teniendo en cuenta que, desde mi punto de vista, ellas son y serán siempre el centro del sistema, hay algunos datos sobre su comportamiento que creo que merece la pena tener en cuenta, más allá del “dato maldito”. Aunque en términos absolutos las empresas están ejecutando menos gasto que en años anteriores, el porcentaje se mantiene en un estable 75% sobre el total, frente al 18% de la Enseñanza Superior y alrededor del 7% de la Administración Pública. También es interesante constatar que ha aumentado el número de empresas que hacen I+D, tanto en el caso de las PYMES como en el caso de las empresas grandes. Y este incremento se ha dado en todos los niveles tecnológicos, aunque predominan las empresas que hacen I+D dentro del sector manufacturero de media-baja tecnología (331) frente a las del media-alta tecnología (284) y alta, que siguen siendo minoría frente a los dos grupos anteriores (55). Sin embargo, el gasto interno en I+D de las empresas continúa disminuyendo siguiendo la tendencia de años anteriores y la partida que muestra una mayor caída es precisamente la de gastos de capital (equipos e instrumentos, sobre todo).
Respecto a la financiación, las empresas siguen siendo las líderes con un porcentaje ligeramente creciente en los últimos años y actualmente en torno al 57% del total. Las administraciones públicas por su parte financian el 32% del total en una tendencia claramente descendente desde 2010.
De nuevo, a nivel global, tampoco tenemos demasiado que decir en este tema. De entre las 1.000 empresas que más invierten en I+D en el mundo en 2015, sólo 8 son españolas y ninguna de ella es vasca. No es únicamente un tema de hacer bulto, también se trata del volumen de inversión. Volkswagen, ella solita, (la primera del ranking) invierte 5 veces más que todas las empresas españolas juntas, 11 veces más de lo que ha invertido Euskadi en 2014.
En un artículo publicado recientemente en su blog, Guillermo Dorronsoro subrayaba el tirón de orejas del Comité de Ciencia y Tecnología del Parlamento de Reino Unido a su Gobierno (a estos no se les ha olvidado el famoso 3%) recordándole que si no se pone las pilas apostando por la I+D, perderá su ventaja competitiva frente al resto de países.
Yo también tenía la esperanza de que este fin de semana aquí la gente se lanzara a la calle y se tirara de los pelos encabezando pancartas con el eslogan: “Salvemos la I+D”. Esperaba encendidas tertulias en las cadenas de radio y televisión llenas de individuos con corbata y semblante grave anticipando los negros presagios que nos aguardan como sigamos por este camino de desinversión y de descreimiento. Pero no. Ni una miserable reseña en el periódico, ni un comentario de pasada en el telediario. Como mucho, algún paracaidista que no tiene mucha idea de qué es esto de la I+D pero que ha visto que se puede usar como arma arrojadiza en época electoral y está a ver si suena la flauta. Y todo ello resumido en la sabiduría de la señora Carmen que me ayuda con la plancha una vez por semana: ¿Recortes en investigación? ¿Y eso para qué es? Ah, lo que trabajas tú, ¿no? Pobrecilla, normal que estés preocupada…
Post publicado originalmente en el Blog de TECNALIA RESEARCH&INNOVATION