Construyendo el futuro de Euskadi: de las auzolanak a las misiones

En Amézaga de Zuya (Álava), los vecinos se reúnen al menos una vez al año para trabajar en tareas que tienen que ver con el pueblo: se desbrozan algunas zonas, se monta una parrilla detrás del txoko, se pintan paredes, se habilitan zonas de juego para niños y niñas.

A cambio de este esfuerzo no hay ningún tipo de compensación, más allá de disfrutar de la cercanía de los demás y de reforzar el orgullo de pertenecer al pueblo. En casa le llamamos a eso ir a la vereda. Es una tradición tan profundamente arraigada en la sociedad rural vasca que hasta tiene una palabra propia en euskera: auzolan (trabajo vecinal). 

Con los países pasa un poco como con los hijos, que a veces estás tan ocupada dándoles lo que tú no tuviste, que se te olvida darles todo lo bueno que tuviste. Estamos tan ocupados pensando en todo lo que tenemos que cambiar, que se nos olvida lo que tenemos que conservar. La sociedad vasca es una sociedad que lleva la colaboración en su ADN. No solo los auzolanak, también el modelo cooperativista es una parte importante de nuestra historia, y la política de clústers, que se implantó hace más de treinta años y sigue siendo un caso de éxito que se estudia en las mejores universidades del mundo.

Somos un país que sabe jugar en equipo, y estamos de suerte porque la colaboración es uno de los factores claves de éxito del futuro. Cuando Einstein presentó su teoría de la relatividad en 1916, la ciencia se hacía en grupos pequeños y poco conectados. La primera fotografía de un agujero negro tomada en el 2019, y que vino a confirmar esa teoría, se logró con el trabajo conjunto de investigadores de más de cuarenta países.

La ciencia y la tecnología ya no son actividades aislada. Europa lo sabe y por eso, ha apostado por una política orientada a misiones. Y eso es algo que, a nosotros en Euskadi, nos abre una ventana enorme de oportunidades. ¿Por qué? Porque llevar a Euskadi a un modelo energético sostenible, desarrollar soluciones para la movilidad eléctrica, mejorar la calidad de vida de la ciudadanía vasca, digitalizar nuestras empresas, o cambiar el modelo de utilización de los materiales en nuestros procesos productivos nos hará más innovadores, nos llevará a crear nuevas empresas con nuevos modelos de negocio, nos ayudará a crear nuevos y mejores trabajos, nos posicionará como proveedores globales de soluciones tecnológicas. En definitiva, nos hará más fuertes, nos hará mejores.

Además, las misiones son el nuevo contrato social. En una época de efervescencia científica y de negacionismo científico, las personas se emocionan contemplando la primera foto de un agujero negro, pero acuden a las redes sociales en busca de terapias alternativas contra el cáncer y se niegan a vacunar a sus hijos. Es más importante que nunca que todos y todas entendamos que la respuesta a lo que nos preocupa está en la ciencia. Cuanto más apoyo reciba la ciencia por parte de la sociedad, más probabilidades tendremos de sostener nuestras apuestas en el tiempo y de encontrar soluciones a los retos globales.

A veces hacemos autocrítica y decimos que en este país somos muy conservadores, que no somos curiosos, que no nos gusta el riesgo. Pero no es verdad. Somos el país de Fausto y Juan José Elhuyar, de Joaquín María de Eguía, de Manuel Ignacio de Altuna, de Xabier María de Munibe. Somos el país de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, del Real Seminario de Bergara. Somos el país que a principios de los años 80, con una industria hundida y dos terceras partes de los trabajadores sin formación fue capaz de diseñar e implantar una reconversión industrial que nos ha llevado a ser un foco de alta innovación con uno de los ratios más altos de Europa en población con formación superior. Hemos sido curiosos. Y audaces. Y sabemos asumir riesgos inteligentes.

Asumir riesgos inteligentes no implica no equivocarse nunca. Nos vamos a equivocar. Siempre se pone la misión Apolo como un ejemplo de éxito, pero al pensar en ella todo el mundo tiene en mente el Apolo 11, que fue la misión tripulada que aterrizó con éxito en la Luna.

En realidad, la primera misión del proyecto fue un terrible fracaso, que terminó con la vida de toda la tripulación y con una cápsula calcinada que nunca llegó a despegar. Hicieron falta veinte meses de investigación para entender los errores cometidos, y más de dos años de trabajo exhaustivo hasta que llegó el éxito. Equivocarse no es fracasar; fracasar es conformarse, no hacer nada. Fracasar es pensar que ya estamos bien y que es mejor no tocar nada.

Dentro de unos años habrá en Euskadi varios premios Nobel, nuestros investigadores habrán contribuido a entender mejor el Alzheimer, la depresión y el cáncer. Dentro de unos años las empresas vascas serán un centro de peregrinación de empresarios de todo el mundo que vendrán a estudiar nuestro modelo de industria 4.0. Dentro de unos años, nuestros hijos trabajarán en las mejores universidades y centros de investigación del mundo… y al salir se tomarán una cerveza en Pozas, en la Virgen Blanca o en la Parte Vieja de Donosti.

Y será gracias a que hoy sabemos quiénes fuimos, y a que no tenemos miedo de imaginar todo lo que podremos ser.

Nota: este artículo fue inicialmente publicado en el blog de TECNALIA.

Euskadi: demasiado grandes para ser pequeños.

«Si crees que eres demasiado pequeño para ser relevante es porque nunca has pasado la noche en la cama con un mosquito.»

Cuando le preguntas a una niña qué quiere ser de mayor, las respuestas suelen ser variadas, divertidas y sorprendentes: «quiero ser cuidadora de dragones, y voy a tener muchos», «voy a ser astronauta repartidor de pizzas a los alienígenas», «voy a ser bombero-policía-motorista». Las respuestas son de lo más variopintas, pero todas tienen algo en común: no hay ninguna respuesta del estilo «quiero vivir tumbado en el sofá sin que nadie sepa que existo». Cuando somos pequeños, nos imaginamos que de mayores seremos relevantes, seremos importantes, y haremos cosas que el resto de la gente (o en su caso, los alienígenas) apreciarán y valorarán.

Natalia no pasea a su bebé los días en los que el detector de aire dice que la calidad es «mejorable». Le da miedo porque el niño es pequeño. Mi vecina María Luisa, sin embargo, es mayor, y lo que le da miedo es vivir sola. También viven solos en Euba, en una casa de acogida de la Diputación, los chavales que esperan el autobús todas las mañanas en Zornotza para ir a estudiar a Bilbao. No conozco sus nombres, pero tienen el mismo color que Ibrahim y Mikel, dos de los amigos de mi hijo mayor, que además tiene una amiga, Ane, que es una niña con pitilín. Es que los tiempos cambian, también en la empresa de Lourdes, que tiene que innovar continuamente para que los chinos no se la coman viva. Como hizo el cáncer con mi amiga Yoli hace unos meses, y para siempre.

Los agentes del sistema vasco de innovación estamos preparados para entrar todas las mañanas por la puerta del trabajo y sentarnos a pensar cómo ayudamos a las personas de arriba. Para que en Euskadi en el 2030 se reduzca la emisión de gases de efecto invernadero en un 50%. Y el desempleo juvenil hasta el 10%. Y para que el 50% de nuestras PYMEs sean innovadoras en producto. Y que también sea 50% el porcentaje de energía que usemos que provenga de fuentes renovables. Queremos luchar contra el cambio climático, queremos contribuir a curar enfermedades que se llevan cada año a miles de personas. Queremos dar soluciones de autonomía y dependencia a las personas que lo necesiten. Queremos crear un país donde todos seamos tratados igual y todos tengamos las mismas oportunidades. Queremos una misión.

Somos pequeños -me decís-, no podemos hacer todo eso nosotros solos.

De una situación en los años 80 con la industria hundida, con unas tasas de paro estratosféricas, con más del 30% de la población activa sin estudios o con estudios básicos, sin universidad, con un entorno social y político marcado por la violencia, hemos pasado a un escenario en el 2019 donde somos de una de las regiones de Europa de alta innovación y con mayor porcentaje de población con estudios superiores, con un peso de la industria sobre el VAB de casi el 22%, con una estabilidad social y política envidiables y con un sistema de innovación maduro, integrado, funcional y eficiente.

No fuimos demasiado pequeños para crear un sistema científico-tecnológico de la nada. No fuimos demasiado pequeños para reconvertir toda nuestra industria en los 80. No fuimos demasiado pequeños para ser excelentes en calidad. No fuimos demasiado pequeños para ser líderes en innovación. Nunca fuimos pequeños para exigir una sociedad donde se viva en paz. ¿Vamos a ser pequeños ahora, cuando es más importante que nunca decidir cómo hacer que la ciencia y la tecnología tengan impacto económico (sí) pero también social y medioambiental?

Suiza es el país más competitivo del mundo. Y también el más innovador. Tiene 8.4 millones de habitantes.

Israel es el país líder en el mundo en la creación e impulso de empresas innovadoras, y ostenta el ratio de inversión en I+D sobre PIB más alto del mundo. Tiene 8.6 millones de habitantes.

Dinamarca está reconocida como la economía digital más avanzada de Europa. Tiene 5.7 millones de habitantes

Nueva Zelanda acaba de anunciar sus primeros presupuestos basados en el bienestar. Está dispuesto a medir su éxito como país en la medida en que sus ciudadanos gocen de altos niveles de bienestar y calidad de vida. Tiene 4.7 millones de habitantes.

Estonia es la sociedad digital más avanzada de Europa. Su misión E-Estonia comenzó hace más de 20 años, y a día de hoy continúa con la totalidad de los servicios dirigidos a la ciudadanía completamente digitalizados (educación, salud, fiscalidad, finanzas, justicia…). Desde 2012 tiene implantado un sistema de ciberseguridad basado en blockchain, y es tan bueno que la OTAN ha establecido en Tallin su sede de protección. Estonia tiene 1.3 millones de habitantes.

Suiza, Dinamarca, Israel, Nueva Zelanda y Estonia son pequeños. Pero eso no les ha impedido ser ambiciosos, tener visión, ser líderes. No les ha impedido responder a los grandes retos y desarrollar soluciones que les han posicionado en el mapa global.

No hay nada en Euskadi que nos impida posicionarnos y buscar soluciones a nuestros retos. No hay nada que nos impida abrirnos y colaborar entre nosotros y fuera de nuestras fronteras, para desarrollar soluciones que solos no podemos hacer. Hasta los más pequeños tienen sueños y quieren ser relevantes. Nuestro problema no es la falta de tamaño. Hagamos que tampoco sea la falta de ambición.

El avance de la Inteligencia Artificial: más vale enemigo listo que amigo tonto

Me han contado un chiste buenísimo sobre un experto al que le preguntan cuál va a ser la tecnología que cambiará nuestro futuro. El tipo, muy seguro de sí mismo, alza un dedo y exclama: ¡Blockchain, el Blockchain lo va a cambiar todo! Y, ¿puede usted explicarnos un poco más qué es eso del Blockchain? Ehhh…bueno…-responde el experto- sí…ehhh…¡también está la IA!

También está la IA. Pues sí. Hay que apostar por IA. Los chinos van a liderar la IA. Últimamente todas las conversaciones que tengo giran en torno a la IA. Y a los chinos. Y a la apuesta de los chinos por la IA. Y a tirarnos de los pelos porque nosotros no hacemos IA. Nadie especifica muy bien si lo que tenemos que hacer es crear una Nekane que le haga la competencia a las posibilidades que ofrece esta divertida Alexa, o un Patxi que además de saltar los troncos como Atlas, los corte y los apile para el fuego bajo.

En cualquier caso, como el experto del chiste, nos venimos arriba. Hagamos que los algoritmos hagan de Minority Report una realidad y adivinen quién va a delinquir. Hagamos que contraten y que despidan. Que decidan quién merece un crédito y quién no. No se nos ocurre pensar que los algoritmos son como los hijos. Les puedes gritar cien veces que se pongan el pijama y no te escucharán, pero como digas “puta mierda” en voz bajita y con la cabeza metida en un armario, ellos te oirán y lo repetirán delante de todo el mundo durante semanas. En su artículo de 2011, “The ethics of artificial intelligence”, Bostrom y Yudkowsky ya apuntan a la casi imposibilidad de entender exactamente por qué un algoritmo se decanta por una decisión o por otra, especialmente cuando está basado en redes neuronales o en algoritmos genéticos evolutivos. Puede ser que el algoritmo te deniegue un crédito porque asocia tu dirección con un nivel económico bajo, o tu nombre con una probabilidad mayor de sufrir un ataque al corazón. Nunca lo sabrás. Como ya anticipó Jean de la Fontaine en pleno siglo XVII: “rien n’est si dangereux qu’un ignorant ami; mieux vaudrait un sage ennemi.” Más vale un enemigo listo que un amigo tonto.

Pero sabiendo esto, tal vez podríamos eliminar los sesgos y, entonces, libres de los prejuicios que les legamos, y con acceso a toda la información imaginable, ¿por qué no dejar que gobiernen los algoritmos? La idea no es mía, lo confieso. Pero en los últimos tiempos la he oído varias veces, y siempre de boca de entusiastas tecnólogos. Para mí, esto es la versión 4.0 de las caras de aburrimiento que veo en muchos ingenieros frente a las ciencias sociales. Eso para qué vale. Para qué nos valen los estrategas en un entorno VUCA, donde la estrategia que dura más de un año es una estrategia vieja, donde no se puede planificar porque la velocidad del cambio es exponencial y somos incapaces de ver lo que nos viene. Para qué queremos gobierno cuando tenemos datos que nos dicen todo lo que queremos saber sobre las personas.

En su artículo de 2003, “Ethical issues in advanced artificial intelligence”, Bostrom argumenta que una IA cuyo objetivo fuera maximizar la producción de pisapapeles terminaría en última instancia por consumir todas las materias primas a su alcance para lograr su objetivo, hasta terminar con la vida en la Tierra. Un ejemplo similar sería una IA cuyo principal objetivo fuera erradicar el cáncer de la forma más rápida y eficiente posible que es, por supuesto, aniquilar a toda la humanidad. Como dice Yudkowsky en su artículo “AI as a positive and negative factor in global risk”  del año 2008: “la naturaleza no es cruel, simplemente es indiferente”.

Y aunque una superinteligencia no nos matara para erradicar el cáncer o para llenar el mundo de pisapapeles, todavía seguirían existiendo riesgos fundamentales. En su libro de 2015 “Homo Deus”, Harari ya apunta sobre la posibilidad de que, a medida que la inteligencia artificial tome el mando de las tareas más mecánicas (e incluso de otras tareas que no lo sean tanto), habrá una clase de humanos que no aportarán ningún valor productivo al conjunto de la sociedad y, por tanto, resultarán prescindibles. Algunas teorías, como la defendida por Rutger Bregman en su libro “Utopía para realistas” de 2016, apuntan a la renta básica universal como una solución para que estas personas puedan seguir formando parte de la sociedad de una forma digna. Sin embargo, con la lógica de la IA que cura el cáncer a las bravas, ¿por qué íbamos a gastar recursos en personas que no aportan nada a la sociedad? ¿por qué pagarle una sanidad universal, una educación universal a alguien que es perfectamente prescindible?

Puede que la singularidad que explica Ray Kurzweil esté más cerca que nunca pero hoy por hoy seguimos siendo los seres más inteligentes del planeta. No podemos diseñar máquinas que no compartan nuestros valores humanos y filantrópicos. No podemos poner en manos artificiales la gobernanza de nuestras vidas. Y si es un paso inevitable en la evolución humana, al menos deberíamos asegurarnos de que, antes de hacerlo, los nuevos Homo Deus comparten con nosotros los valores básicos que nos hacen ser quienes somos y que constituyen la esencia del ser humano.

Comparto con vosotros esta reflexión de Irving John Good, de 1966, recogida en su libro “Speculations concerning the first ultraintelligent machine”: “Definamos una máquina ultrainteligente como una máquina capaz de sobrepasar todas las actividades intelectuales de cualquier hombre, independientemente de lo inteligente que ese hombre sea. Dado que el diseño de las máquinas es una de esas actividades intelectuales, una máquina así podría diseñar máquinas todavía mejores que ella. Entonces se produciría una explosión de inteligencia, y la inteligencia del hombre sería dejada muy atrás. Por eso la primera máquina ultrainteligente es el último invento que el hombre tendrá que hacer”.

Las diferencias entre una política orientada a resultados y una política orientada a soluciones

Cuando escribí el artículo «Hacia una política vasca de I+D+i orientada a soluciones«, recibí algunos comentarios muy interesantes centrados en el concepto: «lo que planteas es muy parecido a lo que tenemos ahora, ¿cuál es la diferencia?…» o, «eso lo llevamos haciendo toda la vida en Euskadi, ¿dónde está el cambio?…«. Aquí va una reflexión para ilustrar mejor la diferencia entre pensar en resultados o pensar en soluciones.

Situación A. Subo a un taxi y le digo al taxista: «Hola, buenos días. Al aeropuerto, por favor». Llegamos al aeropuerto y le pago la carrera.

Situación B. Subo a un taxi y le digo al taxista: «Hola, buenos días. Vaya hasta el final de esta calle, por favor, y después gire a la derecha. Cuando llegue a la rotonda continúe recto y tome la primera salida a la derecha. Pare en el ceda. Conduzca a cien kilómetros hora durante quince minutos hasta que encuentre una salida donde pone aeropuerto, tome el carril de la izquierda y conduzca otros diez kilómetros hasta que vea unas luces y una torre muy alta. Tome el carril de llegadas y aparque en la zona donde pone taxis.». Llegamos al aeropuerto y le pago la carrera.

Para un observador externo las dos situaciones son exactamente iguales: me subo a un taxi, llego a mi destino y le pago al taxista su carrera. Pero en realidad hay importantes diferencias entre ambas situaciones:

Diferencia 1. LA CONFIANZA ENTRE LOS AGENTES.

Hay dos motivos para que suceda la situación B: 1), que crea que el taxista no tiene ni idea de cómo se llega al aeropuerto o 2), que crea que el taxista es un sinvergüenza que va a dar cien vueltas para cobrarme el doble. En cualquiera de los dos casos, está claro que no confío ni en la experiencia ni en el conocimiento del taxista o, peor aún, que creo que yo soy capaz de hacer su trabajo mejor que él.

Diferencia 2. LA INFORMACIÓN DISPONIBLE.

El taxista no tiene ni idea del destino final. Si el taxista hubiera sabido desde el principio que íbamos al aeropuerto, probablemente me habría avisado del atasco que se forma cada día en la autopista a esa hora, y me habría propuesto una ruta alternativa para llegar antes. Como no sabía el destino, no ha podido usar su conocimiento ni su experiencia para hacer que el viaje sea óptimo para él (acaba antes y puede hacer otra carrera) y para mí (que voy a perder el avión por llegar tarde).

Diferencia 3. LA OPTIMIZACIÓN DE LAS CAPACIDADES

Igual conozco el camino al aeropuerto de Bilbao como la palma de mi mano. Pero si trato de hacer lo mismo cuando tenga que tomar un avión en Nueva York, en Berlín o en Tokio, más me vale que aprenda a teletransportarme. Voy a dar más vueltas que un tiovivo, me voy a gastar un dineral y lo más probable es que no llegue al aeropuerto jamás.

Diferencia 4. LA DIRECCIONALIDAD
En el segundo caso tengo todos los boletos para que el taxista me eche mal de ojo o me deje tirada en medio de la autopista, por pesada. En el primer caso, estoy asumiendo implícitamente que coger un taxi es la mejor opción porque odio los autobuses y, si cojo mi coche, luego tendré que volverme loca para aparcarlo y, además, me costará un dineral. Confío en que el taxista conoce ese trayecto y va a tomar las mejores decisiones para llegar lo antes posible. Así que solo le digo: «lléveme al aeropuerto» y confío en que él sabrá cómo hacerlo.

La vida real.

Si soy un gobierno con una política orientada a resultados me voy a sentar con mi sistema de innovación y les voy a decir: «¡patentad, publicad, colaborad, innovad!» (a la derecha, todo recto, a la izquierda). Y si tengo un buen sistema de innovación -y el vasco lo es- mis agentes publicarán, patentarán, colaborarán e innovarán.

Si soy un gobierno con una política de innovación orientada a soluciones, me voy a sentar con mi sistema de innovación y les voy a decir: «¡encontrad una cura para el Alzheimer en 5 años!» (¡llevadme al aeropuerto!) Y si tengo un buen sistema de innovación -¿tengo que insistir en que el vasco lo es?- encontrarán la cura, y para ello no les quedará más remedio que generar nuevo conocimiento (y publicarlo), colaborar entre ellos y con otras instituciones internacionales mejores que ellos, y generar nuevos productos y nuevas tecnologías (así que innovarán y también patentarán).

Por supuesto, cuando tomo un taxi tengo que pagar y mi dinero cubre el trabajo del taxista, la gasolina y el desgaste de las piezas del coche. Cuando oriento al sistema hacia soluciones concretas, como gobierno también tengo que pagar. El sistema me va a pedir infraestructuras, me va a pedir que cambie la legislación para facilitar la entrada de productos en el mercado, me va a pedir un mercado donde colocar sus productos, me va a pedir programas de ayuda específicos para generar conocimiento y transferirlo. Me va a pedir, en definitiva, que mantenga una política de oferta, una política de demanda y una política de resultados. Y ese será mi trabajo como administración: dotar de direccionalidad al sistema, establecer las condiciones de entorno adecuadas y crear nuevos mercados.

Como os conozco, sé que estaréis pensando: «el sistema vasco de innovación no es un taxista que se limite a cumplir el mandato del gobierno«. Y tenéis razón, no lo es. Lo bueno de los taxistas es que conocen tan bien su ciudad, que no solo saben cuál es el mejor camino para llegar al destino marcado, también conocen montones de sitios interesantes a los que llevarte y (aún más importante) te pueden decir en qué parte de la ciudad es mejor que ni pongas los pies. Así que ahí va mi último consejo: escucha al taxista. Y fíate de él.

Sé feliz y estudia lo que te dé la gana

Cuando mi hijo cumplió cinco años, su padre y yo nos enfrentamos al apasionante mundo de las actividades extraescolares. Durante un par de semanas hicimos un máster de pelota vasca, de baile, de baloncesto y de idiomas para decidir a qué íbamos a dedicar las tardes en esta familia.Lo tuvimos claro cuando llegamos a la charla de presentación del club de fútbol: “si queréis que vuestros hijos jueguen en el Athletic, ya podéis llevarlos a otro sitio. Aquí no les vamos a enseñar fútbol, aquí les vamos a enseñar valores. Que sean solidarios, autónomos, responsables. Que trabajen en equipo”. Dos meses después nos enviaron a casa el calendario 2018-2019 con la foto de todos los jugadores del club: 205 niños y 2 niñas. Mientras miraba la foto pensé: ¿será que las niñas no necesitan aprender valores?

Os propongo un experimento: teclead en Google Imágenes “Chief Executive Officer”. Lo más probable es que encontréis un montón de fotos de hombres de mediana edad, blancos, sonrientes y con trajes oscuros. Si tenéis suerte es posible que veáis entre ellas alguna foto de mujer. O no. Este experimento se realizó por primera vez en 2015 en un estudio liderado por la Universidad de Washington. Los investigadores tuvieron que navegar a través de cientos y cientos de fotos de hombres blancos trajeados en negro hasta dar con la primera cara femenina de la lista: era la Barbie Directora General.

En 2016, un equipo liderado por la Universidad de Boston y Microsoft Research alimentó un algoritmo con más de tres millones de palabras obtenidas del servicio de noticias de Google, centrándose en las de uso más común. Después retaron a la máquina a finalizar la siguiente frase: “el hombre es la programación, como la mujer es a…”  y la máquina arrojó el siguiente resultado: “el hombre es a la programación como la mujer es a las labores de casa”.

¿Qué les pasa a las máquinas?

En realidad, todo esto tiene una explicación muy sencilla: las máquinas funcionan con algoritmos y los algoritmos se alimentan con datos reales. Si echamos un vistazo a estos datos entenderemos por qué las máquinas se empeñan en discriminar a las mujeres. Por ejemplo, las mujeres tienen presencia únicamente en el 8 % de las jefaturas de estado del mundo, en el 18 % de los ministerios y en el 24 % de los parlamentos. Únicamente el 34 % de los puestos de alta dirección empresarial están ocupados por mujeres. Ningún país ha alcanzado la paridad entre hombres y mujeres. De media, el mundo está al 68 % del objetivo de paridad, un porcentaje que asciende al 82 % si se tienen en cuenta solo los países con mejores índices de igualdad (Noruega, Islandia, Suecia y Finlandia).

Otro dato interesante apunta a que, en España, el 100 % de los hombres vuelven al trabajo después de su baja paternal. En el caso de las mujeres, este ratio desciende al 55 %. Hay más mujeres españolas con educación secundaria y terciaria, pero de media, ganan un 30 % menos. Eso las convierte en las primeras candidatas de la familia para acogerse a medidas de conciliación, lo que a menudo supone renunciar a su carrera profesional o, al menos, cortar de raíz sus posibilidades de promoción.

¿Por qué las mujeres ganan menos?

No hay una única causa que lo explique, pero sí que existe una clara tendencia por parte de las mujeres a elegir unas carreras frente a otras. Aunque suelen tener las notas más altas de acceso a la universidad y, por lo tanto, pueden acceder a las carreras que prefieran, el 79 % del alumnado en estudios superiores de educación son mujeres, y también el 72 % en los estudios de salud y bienestar. Sin embargo, apenas suponen el 25 % del alumnado en las carreras de ingeniería y de arquitectura. En el caso de la formación profesional, el patrón se repite: los grados con mayor nivel de empleabilidad (automoción, informática, fabricación mecánica y electricidad y electrónica) apenas cuentan con un 3 % de alumnado femenino, que preferentemente se decanta por los estudios vinculados a la imagen personal, a la sanidad y al turismo.

Un estudio publicado por Science en 2017 demostró que, a los seis años, las niñas ya empiezan a verse a sí mismas como menos inteligentes frente a los niños. Cuando se les habla de un personaje de cuento “muy, muy listo” y se les pide que señalen de entre varias fotos quién podría ser, menos de la mitad eligen un personaje femenino. Este video refleja muy bien este resultado.

Los estereotipos de género se definen entre los cinco y los siete años. Los pilotos, los bomberos y los cirujanos son hombres. Los CEOs también son hombres. Los niños van a fútbol y las niñas a danzas vascas (si crees que, a los cinco años, los niños eligen sus extraescolares, déjame decirte que estás muy equivocada). Si las niñas no identifican el liderazgo como una habilidad propia de las mujeres, difícilmente llegarán a ser líderes ellas mismas.  Necesitan referentes, figuras que les recuerden que ellas pueden ser todo lo que quieran ser.

¿Y si a pesar de todo la niña quiere ser enfermera?

Igual algunos de vosotros estáis pensando en la cara de éxtasis que ponen vuestras hijas cuando las vestís con diademas de brillis y tutús rosas. Existe una extensa literatura que estudia el efecto que la biología tiene sobre las elecciones de las mujeres y de los hombres. Parece que los hombres tienen mejor visión espacial que las mujeres, pero las mujeres se comunican mejor que los hombres. También hay que quien afirma que las mujeres se sienten más atraídas por las personas, mientras que los hombres prefieren actuar con herramientas y con cacharrería.  En realidad, hay tantos factores que influyen (factores biológicos, experiencias tempranas, educación recibida, referentes, contexto cultural), que resulta complicado separar el efecto que cada uno de ellos tiene sobre las elecciones que hacemos.

Lo que sí parece cierto es que la igualdad nos hace diferentes. Las diferencias de género están fuertemente correlacionadas con el desarrollo económico. O, dicho de otra forma, en los países donde las mujeres son libres de elegir, las mujeres eligen que no quieren ser ingenieras. Y eso explica que en Arabia Saudí el 45 % de los informáticos son mujeres, pero en Suecia no llegan ni al 15 %.

Si las niñas asumen que son tan inteligentes y tan capaces como los niños, si las niñas tienen referentes en los que verse reflejadas, pero a pesar de todo deciden disfrazarse de Frozen en lugar de hacerlo de Dark Vader, están en su derecho de hacerlo. No es un fracaso que elijan ser enfermeras, periodistas o profesoras de educación infantil, en lugar de pasarse todo el día escribiendo líneas de código delante de una pantalla.  Hay una sutil pero clara diferencia entre facilitarle a alguien la entrada, y meterlo dentro a empujones.

La verdadera igualdad no consiste en tener tantos ingenieros como ingenieras, la verdadera igualdad consiste en poder elegir qué queremos ser. No importa si nuestras niñas quieren ser médicos o químicas. Lo que importa, lo que de verdad importa, es que sean felices. Y que sean libres para elegir lo que les dé la gana ser.

Este post fue originalmente publicado el 7 de marzo de 2019 en el blog de TECNALIA